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La guerra de dos mundos

Del misterio de las atmósferas desaparecidas a la terraformación

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Os había planteado en el post anterior el enigma de la aparentemente misteriosa ausencia de atmósferas densas en determinados cuerpos celestes, como Mercurio, la Luna o Marte, por citar algunos. Los argumentos que había empleado para convenceros estaban relacionados con dos conceptos cinemáticos como son la velocidad de escape y la velocidad cuadrática media de las partículas que forman parte de los gases en cuestión. Si recordáis, os intenté explicar que cuando la primera de esas dos magnitudes superaba a la segunda, los gases nunca podrían escapar de la atracción gravitatoria del planeta y éste presentaría una atmósfera hecha y derecha. En el caso contrario, es decir, si las moléculas se moviesen, en promedio, con velocidades más grandes que la de escape, entonces abandonarían sin remedio el planeta, desapareciendo para siempre en el vacío del espacio interestelar. Sin embargo, al hacer cuentas, pudimos ver que a pesar de que cuerpos como Mercurio, la Luna o Marte poseían velocidades de escape superiores a las incorregibles ganas de juerga de las moléculas de gases como el oxígeno, nitrógeno, hidrógeno o helio, aun así dichos planetas o satélites no presentaban estos gases en sus coberturas gaseosas. ¿Dónde está la respuesta a semejante contradicción aparente?

Había terminado, malvadamente, el último post diciendo que no os había contado toda la verdad. ¿Por qué? Pues principalmente porque tengo un poco de mala leche y quería que pensaseis en ello vosotros solitos y especulaseis o buscaseis información por vuestra cuenta. No sé si lo habré conseguido, pues el número de comentarios dejados ha sido más pequeño de lo que yo había previsto. Supongo que como sabíais que os lo iba a solucionar en unos días, pues no merecía mucho la pena perder tiempo en investigar. Además, se perdería la emoción de este post.

Bien, dejando las regañinas a un lado, procederé sin pausa a relataros el desenlace de esta nueva aventura de FCF. La solución al enigma la había apuntado muy certeramente uno de vosotros en los comentarios y tiene que ver con que las velocidades de las moléculas vienen dadas por una función de distribución (la de Maxwell, en este caso). ¿Qué significa esto? Dicho de forma llana y sencilla, que no todas ellas se están moviendo con la misma velocidad. La velocidad cuadrática media, como su propio apellido indica, representa un valor promedio, no un valor instantáneo ni un valor exacto. De hecho, se pueden definir otras velocidades de forma análoga a como hicimos con la velocidad cuadrática media. Por ejemplo, suele ser habitual definir la velocidad media o también la velocidad más probable, que es aquélla para la cual la distribución de Maxwell presenta un máximo, es decir, representa la velocidad que poseen una mayor fracción de las moléculas. Por ejemplo, para el mismo caso del post anterior (gases a 0 ºC) las velocidades más probables para el hidrógeno, el oxígeno, el nitrógeno y el helio resultan ser 1506 m/s, 376 m/s, 402 m/s y 1065 m/s, respectivamente. Pero aún se puede ir más allá. Resulta que a pesar de que la mayor parte de las moléculas se mueven con las velocidades anteriores, también existe una porción o fracción de las mismas que puede ser más o menos grande (dependiendo del gas en particular y, sobre todo, de la temperatura) con velocidades muy superiores. Estas velocidades pueden, según los casos, ser del mismo orden que la velocidad de escape. Como consecuencia, estarían en disposición de huir de la gravedad que intenta retenerlas. Al escapar, las moléculas restantes volverían a redistribuir sus velocidades para adaptarse de nuevo a la función de Maxwell y el proceso de escape se repetiría incesantemente hasta la práctica desaparición total de las moléculas. Es algo parecido a lo que ocurre cuando calentáis al fuego un recipiente con agua. A medida que asciende la temperatura, parte de las moléculas de agua que están en la superficie del líquido adquieren más velocidad que el resto y pueden pasar al estado gaseoso (al aire). Al desaparecer, dejan sitio libre a otras que ascienden hasta la superficie y el mismo proceso vuelve a tener lugar. Si se espera el tiempo suficiente, el recipiente quedará vacío, es decir, la totalidad del agua se habrá evaporado.

Bien, parece que el misterio de la desaparición de las atmósferas planetarias ha quedado, al fin, resuelto. Sólo me resta daros un ejemplo numérico de las afirmaciones anteriores. Veréis. Resulta que la atmósfera terrestre está constituida por varias capas. De abajo arriba nos encontramos primero con la troposfera, que se extiende hasta unos 10-15 km de altura, luego está la estratosfera (hasta unos 40-50 km), la mesosfera (90 km), termosfera y, finalmente, la exosfera. Casi un 99,9 % de la masa de nuestra atmósfera se encuentra en la troposfera, pero eso no significa que las otras zonas no sean importantes. De hecho, el ozono que nos protege de la dañina radiación ultravioleta procedente del Sol se encuentra en la estratosfera. ¿Por qué os cuento esto ahora? Pues sencillamente porque es justamente la ausencia de moléculas en las capas altas de la atmósfera lo que permite que allí las temperaturas (el Sol zumba allí de lo lindo) sean tan elevadas que pueden ser incluso de muchos cientos e incluso miles de grados centígrados. Por ejemplo, a unos 500 km de altura se pueden alcanzar fácilmente los 600 ºC. Si se calcula la velocidad más probable de las moléculas de hidrógeno y oxígeno para este valor resultan ser de unos increíbles 3000 m/s para el primero y 800 m/s para el segundo. Utilizando la función de distribución de velocidades de Maxwell, se puede determinar que la fracción de moléculas que poseen una velocidad igual a la de escape es de 1 entre 1.000.000 para el hidrógeno y de 1 entre 1.000.000(y otros 78 ceros más) para el oxígeno. ¿Qué quiere decir esto? Nada más y nada menos que el hidrógeno, en caso de que hubiera estado presente en nuestra atmósfera primigenia, se nos habría ido escapando muy lentamente a lo largo de muchos eones, mientras que el oxígeno lo ha tenido trillones de trillones de trillones (y más trillones) de veces más difícil y por eso, aún sigue presente y permitiéndonos que lo esnifemos por mucho tiempo.

Para terminar, me gustaría contestar a los que habéis planteado en los comentarios la cuestión de la tectónica de placas para explicar la ausencia de atmósferas en sitios como Mercurio o la Luna. Efectivamente, determinados gases están presentes en las atmósferas planetarias debido a que han escapado del interior de los mismos mediante procesos de tipo geológico, como pueden ser la actividad volcánica. Sin ir más lejos, éste es el caso de la Tierra. En cambio, otros gases como el oxígeno proceden de procesos como la disociación de las moléculas del agua por la acción de los rayos ultravioleta solares o de procesos biológicos como la fotosíntesis. Evidentemente, no tenemos evidencia alguna sobre la existencia de vida en Mercurio, con lo cual la presencia potencial de gases en él debería tener su origen en fenómenos de otro tipo.

Volviendo, sólo por un instante, al mundo de la ciencia ficción, parece ya evidente que la solución para que todos nuestros amigos de las películas puedan caminar en paz y tranquilidad de forma confortable por las exóticas superficies de otros mundos puede consistir en adoptar dos posturas: o bien nos adaptamos a esos otros mundos o, por el contrario, los modificamos de acuerdo a nuestras necesidades. Este proceso recibe el nombre de “terraformación” y será el tema de mi(s) próximo(s) post(s)…

¡Respirad, respirad, malditos!

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Flash Gordon se enfrenta al malvado emperador Ming en el imaginario mundo de Mongo en Flash Gordon (Flash Gordon, 1980); los últimos supervivientes del cataclismo provocado por la estrella Bellus llegan a su planeta compañero Zyra en Cuando los mundos chocan (When worlds collide, 1951); el doctor Meacham intenta desesperadamente evitar la conquista de la Tierra desde el planeta Metaluna en Retorno a la Tierra (This island Earth, 1955); los tripulantes de la nave Planetas Unidos C-57D acuden al rescate del doctor Morbius y de su hija, atrapados en Altair IV, en Planeta prohibido (Forbidden planet, 1956). ¿Qué tienen en común todas estas películas? ¿Lo adivináis? ¿No? Entonces, continúo.

El afable alienígena Klaatu aterriza con su platillo volante en Washington para advertirnos sobre los peligros y las consecuencias que tiene experimentar con armas atómicas en Ultimátum a la Tierra (The day the Earth stood still, 1951); los malvados marcianos llegan a bordo de cilindros tripulados con el fin de apropiarse de nuestro planeta y llevar a cabo la aniquilación de la raza humana en La guerra de los mundos (The war of the worlds, 1952); una extraña criatura vegetal humanoide siembra el terror en una base científica del polo norte en El enigma… ¡de otro mundo! (The thing… from another world!, 1951); un depredador despiadado dotado de sangre corrosiva se infiltra en la nave Nostromo en Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979); dos seres procedentes de mundos muy diferentes encuentran la amistad más sincera tras un accidente en la superficie del planeta Fryine IV en Enemigo mío (Enemy mine, 1985); un indescriptible ser de largo cuello y ojos saltones hace las delicias del niño Elliott en E.T., el extraterrestre (E.T.: the extra-terrestrial, 1982). Bien, podría seguir prácticamente de forma indefinida, pero creo que es suficiente. ¿Habéis adivinado ya? ¿Aun no? ¿Desconcertados? ¿Os rendís? Está bien, os lo diré.

La completa totalidad de todas estas películas y muchas más que no quiero escribir para no aburriros en exceso presentan dos variantes de una misma característica común: los protagonistas son o bien terrícolas que respiran en la atmósfera de un planeta distinto a la Tierra o, por el contrario, se trata de alienígenas que respiran perfectamente el aire de la atmósfera terrestre. ¿Era difícil la adivinanza, eh? Sin embargo, me sirve muy bien para contaros con un poco de detalle el porqué de que unos cuerpos celestes posean atmósferas y otros, en cambio, carezcan absolutamente de ellas o éstas sean muy tenues.

La respuesta a la cuestión, aunque resulta muy simple, quizá no es todo lo conocida que debería y probablemente hayan bastantes personas que crean o piensen que moverse sin escafandra por las exóticas superficies de otros mundos podría ser algo relativamente fácil y rutinario. Sin embargo, esto no es así. Muy al contrario, la existencia de una atmósfera depende, esencialmente, de dos magnitudes físicas como son la velocidad de las moléculas gaseosas que constituyen aquélla y de la velocidad de escape del cuerpo celeste en cuestión. Además, la mera existencia de atmósfera tampoco asegura que ésta resulte respirable para una criatura adaptada a respirar y vivir en otra que puede ser muy diferente en densidad y composición. Si un ser humano intentase respirar en la Luna, como hacen los osados protagonistas de La mujer en la Luna (Frau im Mond, 1929), aunque hipotéticamente hubiese oro bajo su superficie, enseguida comprobaría cómo las gasta nuestro satélite. Y no digamos nada sobre nuestros héroes favoritos de la saga de la guerra de las galaxias, quienes se mueven por mundos de todo tipo, todos ellos con gravedades parecidas y con unas atmósferas amigables a más no poder. Algo parecido es de imaginar que les sucedería a los habitantes de esos otros mundos si decidiesen visitarnos a nosotros y a nuestra acogedora y cálida atmósfera.

Volvamos, pues, a la cuestión principal. ¿Por qué planetas como la Tierra, Venus, o Marte poseen cubiertas gaseosas y, en cambio, otros como Mercurio carecen de ella? Como ya os indiqué unas líneas más arriba, el meollo del tema se encuentra en la interrelación que existe entre la velocidad de escape del planeta y las velocidades con las que se desplazan las moléculas que constituyen la composición gaseosa que da lugar a la atmósfera. La primera de estas dos magnitudes se define como aquella velocidad mínima que precisa un cuerpo para abandonar el campo gravitatorio en el que se encuentra inmerso. Como la intensidad de éste depende de la distancia al centro del planeta, asimismo le sucede a la velocidad de escape. Así, en la superficie de la Tierra, tiene el valor de 11,2 km/s y va disminuyendo paulatinamente a medida que nos alejamos de la misma. Cuando proporcionamos a un objeto una energía tal que le haga adquirir una velocidad superior a esos algo más de 11 km/s nos abandonará sin remedio (a no ser que planeemos concienzudamente su trayectoria, como hacemos con los cohetes espaciales). Cuando la velocidad del objeto no supera a la de escape, éste puede quedar atrapado en una órbita elíptica o, incluso, volver a caer a tierra. Consideremos ahora las partículas que forman los gases de una atmósfera. Por el simple hecho de encontrarse a una cierta temperatura, adquieren velocidades que dependen, a su vez, de sus masas. Esto parece bastante lógico, ¿verdad? Cuanto más pesadas son las moléculas del gas más lentamente se moverán. Pero hay que hacer una salvedad. Un gas está constituido, normalmente, por un número ingente de átomos o moléculas. Por ejemplo, en un solo metro cúbico de aire que se encuentre al nivel del mar y a una temperatura de 0 ºC se pueden contar 27 billones de billones de moléculas. Como consecuencia, se encuentran colisionando continuamente unas con otras, tras recorrer únicamente distancias de una décima de micra, a un ritmo de varios miles de millones de veces por segundo, lo que hace que no todas ellas se muevan con la misma velocidad. Rigurosamente, siguen la llamada ley de distribución de velocidades de Maxwell, que es una función matemática que nos dice cómo están repartidas las distintas velocidades de las moléculas para una temperatura determinada y una masa molar fija (la masa que hay en un mol, que es la cantidad de sustancia donde hay algo más de 600.000 millones de billones de partículas); proporciona la fracción de moléculas con una velocidad determinada. Debido a los enormes números que se manejan, la física de los gases viene gobernada por leyes de tipo estadístico. Así, se suele trabajar con la denominada velocidad cuadrática media, que se obtiene calculando la raíz cuadrada del valor medio de los cuadrados de cada una de las velocidades de las partículas. Es ésta velocidad cuadrática media de las moléculas del gas la que se compara con la velocidad de escape y, en caso de que la supere, la fuerza de gravedad del planeta nunca será capaz de retener las partículas formando parte de su atmósfera y éstas escaparán, más o menos rápidamente, al espacio. Ejemplos numéricos de velocidades cuadráticas medias son los siguientes: a 0 ºC para el oxígeno es de 461 m/s, para el nitrógeno 493 m/s, para el helio 1304 m/s y para el hidrógeno 1845 m/s. Si la temperatura asciende hasta los 600 ºC, el incremento en las velocidades de las moléculas sería de casi el 80 %. Aquí se puede ver perfectamente que los gases más ligeros (hidrógeno y helio) se mueven, en promedio, más velozmente que los más pesados (nitrógeno y oxígeno). Si se comparan estos valores con los 11.200 m/s requeridos para que las partículas abandonasen el campo gravitatorio terrestre, enseguida resulta evidente que se encuentran bastante alejados. Por lo tanto, nuestro planeta tiene la capacidad para retener a estos gases formando parte de su envoltura gaseosa, de la cual disfrutamos afortunadamente todos los habitantes de este increíble mundo azul.

Pero, no quiero terminar por hoy en este punto. Me gustaría llamar vuestra atención sobre lo siguiente. Comparemos los valores de las velocidades moleculares anteriores con las velocidades de escape en otros mundos, como la Luna o Mercurio. Éstas resultan ser de 2.400 m/s y 4.250 m/s, respectivamente. Igualmente muy por encima de las correspondientes velocidades cuadráticas medias de los gases consideradas anteriormente. Entonces, ¿por qué no poseen atmósferas estos dos astros? La razón es que no os he contado toda la verdad…

Mis adoravles halumnos de FCF

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Habréis notado que esta semana estoy especialmente remolón a la hora de dejaros un post de esos que dan sentido a vuestras aburridas vidas. Pues bien, puedo explicarme. Resulta que, como todos los años, se está celebrando la Semana de la Ciencia y la Tecnología en mi universidad (ésta es su séptima edición). Como soy un profesor ejemplar (no como otros), procuro participar año tras año en el evento. En esta ocasión estoy contribuyendo con la impartición de tres conferencias dirigidas a los estudiantes de E.S.O. y Bachillerato. El título de las mismas es "Lo que no puede ser no puede ser y, además, es imposible: la física de Santa Claus, el principito, los alienígenas, los fantasmas y otros seres extraños". Y, claro, mi tiempo de ocio cienciaficcioneroblogueril se ha visto seriamente reducido y comprometido. Sin embargo, como no quiero dejaros demasiados días en estado catatónico, os voy a colgar aquí y ahora las direcciones web de los blogs que están preparando mis estudiantes de FCF de este curso y que les he encargado como trabajos para poder superar la asignatura. En ellos tratan de volcar sus fantasías más enloquecidas y sus pensamientos más audaces, es decir, todo aquello que siempre desearon decir en sus otras asignaturas y nunca se atrevieron o sus profesores no les dejaron. Espero que os guste y os invito a tod@s a que los leáis y juzguéis por vosotros mismos. No os extrañéis de algunas de las cosas que allí encontréis, pues he tratado de respetar todas sus faltas de ortografía lo más fielmente posible. Al fin y al cabo, son estudiantes universitarios, aun demasiado jóvenes y tiernos como para dominar las intrincadas reglas de la lengua española. A propósito, y ya de paso, podéis sugerirme cuáles de ellos merecen suspender sin piedad. ¡Hasta dentro de unos días!

Blogs de estudiantes de FCF en la universidad de Oviedo. Curso 2007-2008:
Aprende fisica De un Modo divertido
ASTURPHYSICS: el blog de física escrito en Asturias
Banpen Fugyo
becares88
Ciencia Afición
Ciencia o Ficción
Cowabunga
Crítica y fomento de la ciencia ficción
Despedazando superhéroes
El blog de JR
El Juego de Ender
En otros vientos
Fisica de la Ciencia Ficcion
Fisica de la ciencia ficcion
Fisica en la ciencia ficcion
Física en la Ciencia Ficción
Física+CF
la física en la ciencia ficción
La Física en la Ciencia-Ficción
Los Viajes de Adan
mgl-cf
Mi espacio de ciencia ficción
Mi Primera y Última Cena
Original Yorch's Site
Trabajos de Películas de Ciencia-Ficción
Un Mundo Diferente
Wis Physics

(Surfeando) con tablas y a lo loco

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El Universo está llegando a sus últimos días de existencia, antes de desaparecer precipitándose hacia un punto central de densidad infinita, de donde volverá a renacer tras una gran explosión. En este momento crítico de la historia cósmica, el planeta Taa alberga la civilización más avanzada del Universo. Galan, un explorador encargado de buscar una salvación para su mundo, fracasa en su intento adquiriendo a cambio una nueva forma desconocida de energía y regresando al recién formado nuevo Cosmos bajo la forma de Galactus, el devorador de mundos. Después de vagar durante eones en su nave mundo del tamaño de un sistema solar, fue evolucionando hasta adquirir el aspecto de la raza que lo está observando, con una estatura de casi 9 metros y un peso de más de 18 toneladas y el poder de consumir toda la energía de otros planetas. Al principio, estos mundos estaban deshabitados y el apetito de Galactus no era demasiado voraz pero, con el tiempo, la cosa cambió. En uno de sus ataques, se dirigió al planeta Zenn-La, hogar de una raza de seres con aspecto humano de existencia pacífica y despreocupada. Allí, huérfano desde muy joven, Norrin Radd soñaba, junto a su amada Shalla-Bal, con una vida plena de aventuras y emociones. En un intento desesperado por salvar su planeta, Norrin consiguió convencer a Galactus para que lo perdonase. A cambio, le prometió convertirse en su heraldo, comprometiéndose a buscarle otros mundos con los que saciar su implacable hambre. Galactus aceptó y lo transformó en “el surfista plateado”, un ser imbuido de un poder cósmico que le otorga la capacidad de viajar por el hiperespacio a bordo de una tabla virtualmente indestructible.

A grandes rasgos esta es la presentación, tal y como aparecía en el número 48 de Fantastic Four I (1966), de Galactus y su heraldo o mensajero, el surfista plateado, también conocido como “estela plateada” o “silver surfer”. Una historia que, muy poco afortunadamente, queda diluida en la oscuridad nebulosa de la reciente última entrega cinematográfica hasta el momento de los 4 fantásticos, titulada precisamente Los 4 fantásticos y el silver surfer (The fantastic four. Rise of the silver surfer, 2007). En ella, aparte de no dejar claros los motivos por los que Radd se unió a Galactus y la razón por la que éste se dedica a devorar planetas, fijando ahora su objetivo en nuestro mundo, se da a entender que su amada pereció durante el ataque a Zenn-La, cosa que no ocurre en el cómic original donde es, por otro lado, Alicia Masters (la compañera ciega de Ben “La cosa” Grimm) la que le convence de que reflexione sobre lo que intenta hacer con los inocentes habitantes de la Tierra. En la película este mérito se le atribuye a Susan Storm (la chica invisible), lo que le cuesta una muerte temporal, pues el surfista, conmovido, le devuelve la vida haciendo uso de su poder cósmico. Al final tampoco resulta evidente cuál es el destino que corre Galactus, si es destruido (poco creíble) o tan sólo es alejado de nuestro sistema solar. Por cierto, y esta es una opinión muy personal, considero un acierto la forma bajo la que se muestra a Galactus en la pantalla, sin un aspecto claramente definido, como sí ocurría en las páginas del cómic, confiriéndole un halo de misterio y una sensación de terror realmente estremecedora.

Algo que parece bastante obvio es que la forma de desplazarse por el espacio interestelar que tiene nuestro primero cruel enemigo y luego salvador, el surfista plateado, debe diferir enormemente de la manera en la que lo hacen los muchachos de ojos azules y despeinadas cabelleras rubias agitadas por la brisa marina en las playas de Hawaii a bordo de sus tablas de surf. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón que, como todos sabéis, las tablas de surf necesitan de olas para ser lo que son y hacer lo que hacen y éstas resultan francamente difíciles de observar en el aire de la atmósfera terrestre y, más aun, en el vacío del espacio. Para poder hacer surf sobre el agua es preciso satisfacer dos condiciones físicas: la primera tiene que ver con la flotabilidad, es decir, que la tabla junto con su pasajero han de ser capaces de mantenerse sobre la superficie del agua por la que pretenden desplazarse; la segunda es un simple requerimiento de equilibrio, o sea, que la tabla no debe experimentar movimientos de rotación bruscos que la obliguen a liberarse de su surfista. Voy, a continuación, a detenerme brevemente en cada una de las dos anteriores circunstancias.

La flotabilidad viene impuesta por el principio de Arquímedes, el cual afirma que si un cuerpo se encuentra sumergido en un fluido (aquí se incluyen tanto los líquidos como los gases) siempre estará sometido a una fuerza (denominada empuje hidrostático) que le empujará verticalmente hacia arriba, obligándolo a abandonar el mismo, siendo la magnitud de esa fuerza igual al peso que tendría un volumen del fluido idéntico al que presenta la porción de cuerpo sumergida en él. Resulta, entonces, que un cuerpo flotará siempre que su peso sea igual o inferior al empuje hidrostático, hundiéndose en caso contrario. Si se aplica el principio de Arquímedes al caso concreto de una tabla de surf con pasajero incluido, se obtiene que la condición de flotabilidad se satisface cuando la suma de los pesos del surfista y de la tabla compense exactamente al empuje que actúa sobre esta última o, equivalentemente, cuando la presión ejercida por el agua sobre la base de la tabla de surf iguale a la presión ejercida por el surfista sobre el piso. Si se manipula algebraicamente la ecuación anterior se llega a la conclusión de que la densidad de la plancha de surf debe ser considerablemente inferior a la densidad del agua, difiriendo ambas tanto más cuanto más pequeño sea el peso del surfista o, igualmente, cuanto mayor sea el área superficial de la tabla. Sin embargo, esto último tiene como contrapartida una disminución en la maniobrabilidad. Para contrarrestar este inconveniente se utilizan materiales de alta tecnología, como las fibrias de vidrio, que permiten el uso de tablas más pequeñas, ligeras y manejables. En el caso de que la superficie de la plancha presentase un área de 1 metro cuadrado, un grosor de 5 centímetros (estando 3 de ellos por debajo de la superficie del agua) y el surfista pesase unos 70 kilogramos, la densidad debería ser casi la mitad que la del agua.

En lo que se refiere al equilibrio, éste viene impuesto por las leyes de Newton del movimiento. Dado que el centro de gravedad de la tabla está situado hacia la cola de la misma, donde se encuentra el timón, el pasajero debe adoptar una postura no demasiado adelantada para evitar una rotación hacia delante, pero tampoco demasiado atrasada, pues se produciría una rotación hacia atrás. Claro que todo esto no es riguroso, pues debe tenerse en cuenta, asimismo, la fuerza ejercida por el agua sobre la tabla. La consecuencia es que se producen dos torques o momentos que tienden a hacer girar el sistema en uno u otro sentido, dependiendo de sus valores relativos. Y no hay que olvidar que también se pueden producir rotaciones no deseadas a lo ancho de la tabla. Saber jugar con las posiciones del cuerpo, sacando provecho de estos movimientos rotacionales, tiene que ver con la pericia de cada deportista particular.

Con los dos párrafos anteriores ya sólo resta conocer ciertas características de las olas para comprender un poco mejor cómo es posible un deporte tan espectacular como el surf. Si pudiésemos ser capaces de observar una sección transversal de una ola, tanto por encima como por debajo de la superficie del agua, podríamos comprobar que las moléculas de fluido describen movimientos circulares. Si nos encontramos lejos de la costa, en aguas profundas, estas moléculas llevan a cabo su movimiento sin impedimento alguno. Si embargo, cuando las aguas tienen poca profundidad, como cerca de la playa, la parte inferior de la ola entra en contacto con el suelo marino, con lo cual el movimiento antes circular se hace ahora elíptico, provocando que la parte superior de la ola alcance y supere a la inferior, rompiendo por su propio peso. Según sea el perfil concreto de la playa y las características particulares del fondo marino, se establece lo que se llama “zona de surf”. Ésta suele coincidir a partir del punto donde la profundidad del agua es de unas 1,3 veces la altura de las olas. Cuando un surfista intenta coger una ola debe hacerlo intentando adaptar lo máximo posible su propia velocidad con la tabla a la velocidad de la ola. Esto requiere una cierta práctica, ya que puede demostrarse que a medida que aumenta el tamaño de las crestas así lo hace proporcionalmente la velocidad de las mismas. Un simple cálculo permite obtener que éstas pueden alcanzar unos cuantos metros por segundo, por lo que el deportista debe impulsarse fuertemente con los brazos hasta igualar su marcha con la de la ola.

Después de todo lo anterior, resulta aparente que el terrorífico heraldo de Galactus lo tiene algo más que complicado para navegar libre y velozmente tanto por el vacío sideral como por nuestra propia atmósfera. ¿Existe, pues, alguna solución para su medio de transporte intergaláctico? Dejando a un lado los problemas del equilibrio sobre la tabla (seguramente Galactus lo haya instruido debidamente al respecto), la condición de flotabilidad requeriría que la preciosa y reluciente plataforma plateada tuviese una densidad inferior a la del aire, cosa que se me hace harto complicada a no ser que estuviese constituida por algún otro gas, como el hidrógeno (altamente inflamable) o el helio, entre otros. Aunque eso no es lo que parece mostrarse en la película, está también la cuestión de cómo mantenerse en pie sobre un cuerpo gaseoso. Más bien, la tabla parece de naturaleza sólida y desprende su propia energía, que es utilizada por el propio surfista plateado para atacar o defenderse e incluso “absorber” todo el poder mortífero de un misil con el que es amenazado por el siempre eficaz y omnipresente ejército de los Estado Unidos. ¿Podría estar constituida la maravillosa tabla interestelar por algún material de bajísima densidad y, al mismo tiempo, altísima resistencia y consistencia sólida? Hay que tener en cuenta que el mensajero de Galactus ha de atravesar el vasto océano intergaláctico, soportando todo tipo de condiciones, como calor abrasador al pasar por las inmediaciones de alguna estrella o frío extremo en su periplo por el vacío existente entre unos y otros cuerpos astronómicos. Quizá la respuesta se encuentre en un nuevo material desconocido para los terrícolas, uno que podría no diferir demasiado de otro que, en cambio, sí tenemos aquí, en nuestro planeta y ahora mismo. Se trata del asombroso “aerogel”, sintetizado en 1931 por Samuel Kistler. Está formado por una pequeñísima proporción de sílice (también puede ser alguna otra sustancia como la alúmina o el circonio) y un 99,8 % de aire atrapado en una estructura que le proporciona una consistencia sólida, pero muy ligera y asombrosamente resistente. Debido a su apariencia se le denomina, en ocasiones, “humo azul” y su tacto es semejante a la espuma. Posee una densidad tan sólo tres veces superior a la del aire y figura en el libro Guinness de los records como el sólido con menor densidad. Entre sus propiedades destaca la ligereza, que le hace prácticamente flotar en el aire, una resistencia increíble que permite que soporte varios cientos de veces su peso colocado sobre su superficie, y una bajísima conductividad térmica que le hace extraordinariamente resistente a las temperaturas extremas, tanto varias decenas de grados por debajo de cero como varios miles por encima. ¿Y si Norrin “Silver Surfer” Radd dispusiese de una tabla hecha de “galactogel”, formada por un gas más ligero que nuestro aire atrapado en una sustancia sólida y manufacturada por una civilización avanzada, cuya existencia se remontase a una época antes del enésimo Big Bang?