Tal y como os contaba en el post anterior, a Scott Nelson o a Kitty Pryde les resultará verdaderamente complicado atravesar paredes sólidas si es que pretenden hacerlo utilizando el efecto túnel cuántico. La razón es que, afortunada o desafortunadamente, los cuerpos de tamaño macroscópico como son las personas no pueden manifestar comportamientos ondulatorios observables debido a que las longitudes de onda asociadas son extremadamente pequeñas y, por tanto, resulta prácticamente imposible extrapolar los resultados que predice la mecánica cuántica para partículas subatómicas cuyas longitudes de onda asociadas son mucho mayores. Ni siquiera servirían las “nanoparedes” de la película Doom de la que ya os hablé en el primer post de esta serie. En efecto, un posible mecanismo de funcionamiento de estas “nanoparedes” podría consistir en que cuando se conecta el interruptor para atravesarlas, lo que estaríamos haciendo sería probablemente reducir drásticamente la diferencia energética entre la barrera de potencial y el cuerpo que se dispusiera a pasar a su través, incrementándose sustancialmente la probabilidad de éxito del efecto túnel. Lo malo es que para aumentar una probabilidad de uno entre un uno seguido de diez mil millones de cuatrillones de ceros, hay que reducir mucho, mucho, mucho, la barrerita de marras. Y todo ello sin decir nada de nada sobre cómo hacer para reducir la altura de la barrera. ¿Transformando la fuerza repulsiva en atractiva mediante manipulación de los espines de las partículas subatómicas? ¡Buuu, qué miedo!
De todas formas, imaginaos por un momento que fuese posible un fenómeno como el efecto túnel cuántico macroscópico, es decir, para cuerpos de gran tamaño. ¿Cómo es posible que nuestros audaces protagonistas puedan atravesar un muro sólido que se encuentra frente a ellos y, sin embargo, sean capaces de caminar sobre el suelo al mismo tiempo? ¿No estamos ante una inconsistencia lógica flagrante? Parece evidente que, en efecto, así es. Pero, en cambio, si profundizamos un poco más en los misterios de la física cuántica, lo anterior no parece tan evidente. Al menos, así opina James Kakalios en su fascinante libro La física de los superhéroes. Para el profesor Kakalios, lo que hacen tanto el doctor Nelson como la X-woman se ajusta perfectamente a las leyes físicas, siempre que se admita que tales personajes poseen el poder cuántico, ya sea mutante o adquirido mediante dispositivos diseñados a tal efecto. La explicación es bastante simple. Veréis, resulta que el fenómeno del efecto túnel tan sólo puede tener lugar cuando la energía de la partícula que atraviesa la barrera de potencial es exactamente igual a los dos lados de ésta. ¿Qué quiere decir esto? Pues sencillamente que la partícula no puede de ninguna manera intercambiar energía mientras tiene lugar el extraordinario acontecimiento de la penetración. ¿No es el sueño de todo actor de cine porno, quiero decir, llevar a cabo penetración tras penetración (aunque sea con barreras y éstas sean de potencial) sin consumir energía y estar siempre "dispuesto"? Vaya, ya empiezo otra vez a irme por las ramas. Bien, vuelvo al asunto. Suponed, por un momento, que nuestro osado científico Scott Nelson cayese a través del suelo mientras cruza de un extremo al otro la pared sólida. Al acelerar hacia abajo debido a la acción de la gravedad, su velocidad aumentaría y, consecuentemente, su energía cinética. Así pues, al llegar al otro lado de la pared, su energía se habrá incrementado, violando su conservación que establecí un poco más arriba. Por otro lado, en caso de querer frenar, debería transferir parte de su energía cinética a sus alrededores, con lo que estaríamos de nuevo en el mismo problema. Según el profesor Kakalios, tanto Nelson como Kitty Pryde no podrían caminar mientras atraviesan las paredes (por lo que acabamos de ver). Entonces, ¿cómo deberían proceder para conseguir su propósito? Pues muy sencillo, ya que únicamente deberían caminar normalmente mientras se aproximan al obstáculo que quieren franquear; a continuación “sintonizan” su “poder cuántico” (funcione éste como funcione), saliendo, finalmente, al otro lado con la misma energía con la que llegaron. En caso de que necesitasen atravesar el suelo, no tendrían más que saltar hacia arriba ligeramente (con el sintonizador cuántico apagado) y justamente antes de que sus pies contactasen, conectar el poder. Cuando saliesen por la parte de abajo del suelo, su energía sería la misma que en el instante en que entraron; ahí mismo adquirirán su aspecto normal (apagando el sintonizador) y comenzarán a acelerar hacia abajo como consecuencia del efecto de la gravedad. Si hubiese una gran distancia hasta el siguiente nivel inferior, lo más razonable sería mantener el sintonizador del superpoder encendido hasta llegar al punto de contacto con el suelo, ya que, en caso contrario, los efectos secundarios de la penetración podrían no tener un efecto relajante en absoluto, recordando más bien al acto sexual de los conejos, los cuales sufren caídas peligrosas tras el acto.

Sea cual sea el mecanismo o el fenómeno físico mediante el que nuestros protagonistas disfrutan de esa extraordinaria capacidad para evitar obstáculos de naturaleza sólida y no verlos delante, el hecho es que el efecto túnel cuántico, aunque permite explicar algunos de los comportamientos observados, no ocurre lo mismo con otros. Me estoy refiriendo en concreto a los efectos secundarios que experimenta el doctor Nelson cuando atraviesa muros y demás adoquines, envejeciendo súbitamente. En la actualidad no se conoce ningún efecto túnel cuántico que provoque canas y mucho menos uno que las elimine tras atravesar a una persona viva de pecho a espalda. Habrá, pues, que seguir utilizando productos químicos rejuvenecedores como “Just for Men” o “Grecian 2000”.
¿Habrá alguna otra alternativa que sea más plausible a la hora de dejar secos y listos para el cajón de pino de turno a los “atravesados”? Puede que sí. Puestos a especular, imaginad por un instante que Scott Nelson poseyese el poder de transformar cada átomo o partícula material de su cuerpo en radiación electromagnética de altísima frecuencia. Todos habéis visto en alguna ocasión lo que hace la radiación de alta frecuencia ultravioleta con nuestra piel y no digamos ya los poderosos rayos X, capaces de atravesar tejidos blandos, pero no los óseos. Si seguimos ascendiendo en frecuencias, llegamos a la terrible y temible radiación gamma, la cual atraviesa sin ninguna dificultad materiales sólidos, como pueden ser paredes convencionales o cuerpos humanos. Evidentemente, esa misma radiación gamma podría provocar unos enormes daños biológicos en los tejidos de un cuerpo humano, matándolo en un lapso de tiempo relativamente corto, dependiendo de la dosis recibida. Si una fracción de la radiación de alta frecuencia que conforma el cuerpo del doctor Nelson quedase atrapada al ser absorbida por la pared correspondiente, esto también podría explicar su envejecimiento transitorio, por lo menos en un cierto sentido más cienciaficcionero que otra cosa.

¿Y qué decir de nuestro enamorado fantasma, el ñoño Sam “Ghost” Wheat? Otro tipejo soso, meloso, baboso y lloroso que pasa por puertas, ventanas y demás puntos de acceso, a la vez que es capaz de asentar sus inmateriales posaderas sobre el taburete de la cocina sin darse directamente un buen mamporro en los cuartos traseros. En este caso, el asunto científico es algo diferente de los ejemplos anteriores, ya que Sam no es una persona al uso, sino que es lo que se conoce vulgarmente como espectro o fantasma; vamos, que no llega a ectoplasma por poco. Pues bien, si se parte de la definición bastante lógica de que la inmaterialidad es la ausencia de interacción con otras sustancias materiales, ¿cómo se encaja esto en la forma de andar por el suelo de nuestro espectro melindroso? Para caminar, los pies deben ejercer necesariamente una fuerza sobre el suelo, empujando a éste hacia atrás. La tercera ley de Newton de los cuerpos no inmateriales afirma que el suelo (el rozamiento entre él y el pie) debe impulsar al pie hacia delante con la misma fuerza. Luego, si el suelo que es una entidad material interacciona con un pie de espectro, que se supone inmaterial por definición, y viceversa, ¿no estamos pasándonos por el arco de triunfo la naturaleza inmaterial del fantasma? ¿En qué quedamos, es material o es inmaterial? En el segundo caso, se violan las leyes archiconocidas y archidemostradas de la mecánica clásica. En el primer caso, si el espectro, efectivamente, interacciona con nuestro mundo material, ¿cómo es que no podemos verlo ni tocarlo, a no ser a través de la chafardera y casposa médium Whoopi Goldberg?

Recapitulando, si las barreras de potencial y los efectos túnel cuánticos no sirven; si las nanoparedes no parecen solucionar el problema; si la conversión de materia en radiación electromagnética de muy alta frecuencia tan sólo justifica parcialmente determinados fenómenos cuasiparanormales y si los seres inmateriales pierden su cacareada inmaterialidad ante las leyes básicas de la física conocida, ¿qué solución nos queda? ¿El acceso o paso a una dimensión espacial superior? ¿La cuarta dimensión? ¿Os acordáis de lo que le acontecía a Gottfried Plattner, el profesor de química protagonista del relato de H.G. Wells? Durante uno de sus experimentos en presencia de sus alumnos, desapareció repentinamente durante nueve días. Al regresar, sus rasgos anatómicos se habían invertido de derecha a izquierda y viceversa. Había sido testigo de acontecimientos increíbles y asombrosos, como presenciar su cuerpo siendo atravesado por algunos de sus estudiantes o como ver sin ser visto. ¿Qué le había sucedido? ¿Había quedado atrapado en la cuarta dimensión durante todo aquel tiempo, nueve largos días?

¿Qué podría contarnos un ser que procediese de una dimensión superior a la nuestra? Para responder esta pregunta, resulta muy gráfico pensar en dos dimensiones. Imaginad que existiese un planeta parecido al que describe Hal Clement en su novela Misión de gravedad (Mission of Gravity, 1954), con un campo gravitatorio en la superficie tan intenso que todos sus habitantes fuesen animales muy largos y aplastados, como una especie de gusanos planos. Para estos seres la tercera dimensión sería prácticamente una fantasía, una idea como poco extravagante y producto de la loca imaginación de algunos científicos chiflados. Pues bien, los gusanos planos, es decir, bidimensionales quedarían completamente perplejos ante fenómenos como los protagonizados por Scott Nelson o Kitty Pryde. Veamos. Suponed que los gusanos viven en guaridas planas en forma de hexágono. La única manera que tienen de salir o entrar en su hogar es abriendo una de las seis paredes de las que consta. ¿Qué ocurriría si un ser humano y, por tanto, tridimensional, cogiese en su mano a uno de estos gusanos en su guarida (con todas las puertas cerradas), lo acercase hasta tocar una de las paredes y a continuación lo levantase por el aire, sacándolo de allí y volviendo a depositarlo al lado de la misma pared pero por la parte exterior de la casa? Su gusano esposa, totalmente ajena a lo que nosotros llamamos tercera dimensión, habría observado cómo su gusano marido desaparecía del domicilio conyugal, haciendo acto de presencia por el lado de fuera, dando la sensación de haber atravesado la pared como un cuchillo al penetrar en la mantequilla. Y no solamente eso, suponiendo que estos gusanos bidimensionales tuviesen corazón y lo tuviesen en el lado izquierdo de su tórax y suponiendo que el ser humano que lo transportó por la tercera dimensión espacial le diese intencionada o equivocadamente la vuelta por el aire para depositarlo al otro lado de la pared, ¿dónde estaría ahora situado el corazón del gusano? ¿No aparecería extraña y misteriosamente en el lado derecho del pecho? Entonces, si Plattner es un hombre tridimensional y existiese una cuarta dimensión o seres suprahumanos tetradimensionales, ¿qué sucedería?







