27 abril 2009

Penetraciones (no sexuales), métodos de barrera (de potencial) y la cuarta dimensión

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Tal y como os contaba en el post anterior, a Scott Nelson o a Kitty Pryde les resultará verdaderamente complicado atravesar paredes sólidas si es que pretenden hacerlo utilizando el efecto túnel cuántico. La razón es que, afortunada o desafortunadamente, los cuerpos de tamaño macroscópico como son las personas no pueden manifestar comportamientos ondulatorios observables debido a que las longitudes de onda asociadas son extremadamente pequeñas y, por tanto, resulta prácticamente imposible extrapolar los resultados que predice la mecánica cuántica para partículas subatómicas cuyas longitudes de onda asociadas son mucho mayores. Ni siquiera servirían las “nanoparedes” de la película Doom de la que ya os hablé en el primer post de esta serie. En efecto, un posible mecanismo de funcionamiento de estas “nanoparedes” podría consistir en que cuando se conecta el interruptor para atravesarlas, lo que estaríamos haciendo sería probablemente reducir drásticamente la diferencia energética entre la barrera de potencial y el cuerpo que se dispusiera a pasar a su través, incrementándose sustancialmente la probabilidad de éxito del efecto túnel. Lo malo es que para aumentar una probabilidad de uno entre un uno seguido de diez mil millones de cuatrillones de ceros, hay que reducir mucho, mucho, mucho, la barrerita de marras. Y todo ello sin decir nada de nada sobre cómo hacer para reducir la altura de la barrera. ¿Transformando la fuerza repulsiva en atractiva mediante manipulación de los espines de las partículas subatómicas? ¡Buuu, qué miedo!



De todas formas, imaginaos por un momento que fuese posible un fenómeno como el efecto túnel cuántico macroscópico, es decir, para cuerpos de gran tamaño. ¿Cómo es posible que nuestros audaces protagonistas puedan atravesar un muro sólido que se encuentra frente a ellos y, sin embargo, sean capaces de caminar sobre el suelo al mismo tiempo? ¿No estamos ante una inconsistencia lógica flagrante? Parece evidente que, en efecto, así es. Pero, en cambio, si profundizamos un poco más en los misterios de la física cuántica, lo anterior no parece tan evidente. Al menos, así opina James Kakalios en su fascinante libro La física de los superhéroes. Para el profesor Kakalios, lo que hacen tanto el doctor Nelson como la X-woman se ajusta perfectamente a las leyes físicas, siempre que se admita que tales personajes poseen el poder cuántico, ya sea mutante o adquirido mediante dispositivos diseñados a tal efecto. La explicación es bastante simple. Veréis, resulta que el fenómeno del efecto túnel tan sólo puede tener lugar cuando la energía de la partícula que atraviesa la barrera de potencial es exactamente igual a los dos lados de ésta. ¿Qué quiere decir esto? Pues sencillamente que la partícula no puede de ninguna manera intercambiar energía mientras tiene lugar el extraordinario acontecimiento de la penetración. ¿No es el sueño de todo actor de cine porno, quiero decir, llevar a cabo penetración tras penetración (aunque sea con barreras y éstas sean de potencial) sin consumir energía y estar siempre "dispuesto"? Vaya, ya empiezo otra vez a irme por las ramas. Bien, vuelvo al asunto. Suponed, por un momento, que nuestro osado científico Scott Nelson cayese a través del suelo mientras cruza de un extremo al otro la pared sólida. Al acelerar hacia abajo debido a la acción de la gravedad, su velocidad aumentaría y, consecuentemente, su energía cinética. Así pues, al llegar al otro lado de la pared, su energía se habrá incrementado, violando su conservación que establecí un poco más arriba. Por otro lado, en caso de querer frenar, debería transferir parte de su energía cinética a sus alrededores, con lo que estaríamos de nuevo en el mismo problema. Según el profesor Kakalios, tanto Nelson como Kitty Pryde no podrían caminar mientras atraviesan las paredes (por lo que acabamos de ver). Entonces, ¿cómo deberían proceder para conseguir su propósito? Pues muy sencillo, ya que únicamente deberían caminar normalmente mientras se aproximan al obstáculo que quieren franquear; a continuación “sintonizan” su “poder cuántico” (funcione éste como funcione), saliendo, finalmente, al otro lado con la misma energía con la que llegaron. En caso de que necesitasen atravesar el suelo, no tendrían más que saltar hacia arriba ligeramente (con el sintonizador cuántico apagado) y justamente antes de que sus pies contactasen, conectar el poder. Cuando saliesen por la parte de abajo del suelo, su energía sería la misma que en el instante en que entraron; ahí mismo adquirirán su aspecto normal (apagando el sintonizador) y comenzarán a acelerar hacia abajo como consecuencia del efecto de la gravedad. Si hubiese una gran distancia hasta el siguiente nivel inferior, lo más razonable sería mantener el sintonizador del superpoder encendido hasta llegar al punto de contacto con el suelo, ya que, en caso contrario, los efectos secundarios de la penetración podrían no tener un efecto relajante en absoluto, recordando más bien al acto sexual de los conejos, los cuales sufren caídas peligrosas tras el acto.



Sea cual sea el mecanismo o el fenómeno físico mediante el que nuestros protagonistas disfrutan de esa extraordinaria capacidad para evitar obstáculos de naturaleza sólida y no verlos delante, el hecho es que el efecto túnel cuántico, aunque permite explicar algunos de los comportamientos observados, no ocurre lo mismo con otros. Me estoy refiriendo en concreto a los efectos secundarios que experimenta el doctor Nelson cuando atraviesa muros y demás adoquines, envejeciendo súbitamente. En la actualidad no se conoce ningún efecto túnel cuántico que provoque canas y mucho menos uno que las elimine tras atravesar a una persona viva de pecho a espalda. Habrá, pues, que seguir utilizando productos químicos rejuvenecedores como “Just for Men” o “Grecian 2000”.

¿Habrá alguna otra alternativa que sea más plausible a la hora de dejar secos y listos para el cajón de pino de turno a los “atravesados”? Puede que sí. Puestos a especular, imaginad por un instante que Scott Nelson poseyese el poder de transformar cada átomo o partícula material de su cuerpo en radiación electromagnética de altísima frecuencia. Todos habéis visto en alguna ocasión lo que hace la radiación de alta frecuencia ultravioleta con nuestra piel y no digamos ya los poderosos rayos X, capaces de atravesar tejidos blandos, pero no los óseos. Si seguimos ascendiendo en frecuencias, llegamos a la terrible y temible radiación gamma, la cual atraviesa sin ninguna dificultad materiales sólidos, como pueden ser paredes convencionales o cuerpos humanos. Evidentemente, esa misma radiación gamma podría provocar unos enormes daños biológicos en los tejidos de un cuerpo humano, matándolo en un lapso de tiempo relativamente corto, dependiendo de la dosis recibida. Si una fracción de la radiación de alta frecuencia que conforma el cuerpo del doctor Nelson quedase atrapada al ser absorbida por la pared correspondiente, esto también podría explicar su envejecimiento transitorio, por lo menos en un cierto sentido más cienciaficcionero que otra cosa.



¿Y qué decir de nuestro enamorado fantasma, el ñoño Sam “Ghost” Wheat? Otro tipejo soso, meloso, baboso y lloroso que pasa por puertas, ventanas y demás puntos de acceso, a la vez que es capaz de asentar sus inmateriales posaderas sobre el taburete de la cocina sin darse directamente un buen mamporro en los cuartos traseros. En este caso, el asunto científico es algo diferente de los ejemplos anteriores, ya que Sam no es una persona al uso, sino que es lo que se conoce vulgarmente como espectro o fantasma; vamos, que no llega a ectoplasma por poco. Pues bien, si se parte de la definición bastante lógica de que la inmaterialidad es la ausencia de interacción con otras sustancias materiales, ¿cómo se encaja esto en la forma de andar por el suelo de nuestro espectro melindroso? Para caminar, los pies deben ejercer necesariamente una fuerza sobre el suelo, empujando a éste hacia atrás. La tercera ley de Newton de los cuerpos no inmateriales afirma que el suelo (el rozamiento entre él y el pie) debe impulsar al pie hacia delante con la misma fuerza. Luego, si el suelo que es una entidad material interacciona con un pie de espectro, que se supone inmaterial por definición, y viceversa, ¿no estamos pasándonos por el arco de triunfo la naturaleza inmaterial del fantasma? ¿En qué quedamos, es material o es inmaterial? En el segundo caso, se violan las leyes archiconocidas y archidemostradas de la mecánica clásica. En el primer caso, si el espectro, efectivamente, interacciona con nuestro mundo material, ¿cómo es que no podemos verlo ni tocarlo, a no ser a través de la chafardera y casposa médium Whoopi Goldberg?



Recapitulando, si las barreras de potencial y los efectos túnel cuánticos no sirven; si las nanoparedes no parecen solucionar el problema; si la conversión de materia en radiación electromagnética de muy alta frecuencia tan sólo justifica parcialmente determinados fenómenos cuasiparanormales y si los seres inmateriales pierden su cacareada inmaterialidad ante las leyes básicas de la física conocida, ¿qué solución nos queda? ¿El acceso o paso a una dimensión espacial superior? ¿La cuarta dimensión? ¿Os acordáis de lo que le acontecía a Gottfried Plattner, el profesor de química protagonista del relato de H.G. Wells? Durante uno de sus experimentos en presencia de sus alumnos, desapareció repentinamente durante nueve días. Al regresar, sus rasgos anatómicos se habían invertido de derecha a izquierda y viceversa. Había sido testigo de acontecimientos increíbles y asombrosos, como presenciar su cuerpo siendo atravesado por algunos de sus estudiantes o como ver sin ser visto. ¿Qué le había sucedido? ¿Había quedado atrapado en la cuarta dimensión durante todo aquel tiempo, nueve largos días?



¿Qué podría contarnos un ser que procediese de una dimensión superior a la nuestra? Para responder esta pregunta, resulta muy gráfico pensar en dos dimensiones. Imaginad que existiese un planeta parecido al que describe Hal Clement en su novela Misión de gravedad (Mission of Gravity, 1954), con un campo gravitatorio en la superficie tan intenso que todos sus habitantes fuesen animales muy largos y aplastados, como una especie de gusanos planos. Para estos seres la tercera dimensión sería prácticamente una fantasía, una idea como poco extravagante y producto de la loca imaginación de algunos científicos chiflados. Pues bien, los gusanos planos, es decir, bidimensionales quedarían completamente perplejos ante fenómenos como los protagonizados por Scott Nelson o Kitty Pryde. Veamos. Suponed que los gusanos viven en guaridas planas en forma de hexágono. La única manera que tienen de salir o entrar en su hogar es abriendo una de las seis paredes de las que consta. ¿Qué ocurriría si un ser humano y, por tanto, tridimensional, cogiese en su mano a uno de estos gusanos en su guarida (con todas las puertas cerradas), lo acercase hasta tocar una de las paredes y a continuación lo levantase por el aire, sacándolo de allí y volviendo a depositarlo al lado de la misma pared pero por la parte exterior de la casa? Su gusano esposa, totalmente ajena a lo que nosotros llamamos tercera dimensión, habría observado cómo su gusano marido desaparecía del domicilio conyugal, haciendo acto de presencia por el lado de fuera, dando la sensación de haber atravesado la pared como un cuchillo al penetrar en la mantequilla. Y no solamente eso, suponiendo que estos gusanos bidimensionales tuviesen corazón y lo tuviesen en el lado izquierdo de su tórax y suponiendo que el ser humano que lo transportó por la tercera dimensión espacial le diese intencionada o equivocadamente la vuelta por el aire para depositarlo al otro lado de la pared, ¿dónde estaría ahora situado el corazón del gusano? ¿No aparecería extraña y misteriosamente en el lado derecho del pecho? Entonces, si Plattner es un hombre tridimensional y existiese una cuarta dimensión o seres suprahumanos tetradimensionales, ¿qué sucedería?

21 abril 2009

Cabezazos cuánticos o por qué Zidane nunca podrá atravesar a Materazzi ni en toda la edad del Universo

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¿Puede, entonces, una persona atravesar una pared sólida desde uno de sus lados y aparecer como si tal cosa al otro? ¿No sería fantástico poder observar lo que se oculta tras los muros del vestuario de los chicos o las chicas? ¿Qué me decís de introducir la mano a través de la ropa y que ésta no te moleste a la hora de acariciar lo que deseas? Hum, me estoy empezando a relamer de sólo imaginarlo. ¿Y sacarles de las entrañas las monedas a las máquinas tragaperras, sin necesidad de pagar un precio? Ah, qué sensación tan indescriptible al meter la mano en el cajón de la cómoda y extraer los calzoncillos limpios sin tener que abrir primero y cerrar después. Pasando a cosas no tan mundanas, pero en cambio con una mayor admiración social, ¿no sería genial poder operar a un paciente enfermo sin necesidad alguna de abrirlo en canal, simplemente introduciendo nuestras manos en su viscoso y pringoso interior? Oh, cuántas cosas podríamos llevar a cabo con unos poderes tan increíbles como los de Scott Nelson, Sam Wheat, Kitty Pryde, Flash o el mismísimo Plattner, los protagonistas del post anterior.

Bien, dejemos por un momento las idioteces (no creo que sea capaz, por mucho tiempo) y centrémonos un poco en la ciencia. ¿Realmente tenemos alguna posibilidad de llevar a cabo hazañas como las que he expresado un poco más arriba o semejantes proezas son tan solo el producto de los delirios de los guionistas de cine o los autores de ciencia ficción? Bien, veamos, como casi siempre sucede en este blog, habrá parte de rigor científico y parte de pura fantasía. Empecemos por el primero.



Quien más quien menos sabe o tiene la dolorosa experiencia de que si se dirige a una velocidad inusualmente alta y sitúa su bien formada cornamenta justo enfrente de un paredón de cemento, la consecuencia más leve puede ser, además del consabido mamporro, una deformación craneal de tipo ovoide con unas consecuencias tanto más graves cuanto mayor sea la energía cinética (dicho de forma más clara, la velocidad) del individuo en cuestión, o el grosor de la pared. Ni siquiera acomodarse el cuero cabelludo en el interior de un casco vikingo dotado de intimidadora cornamenta puede servir de ayuda para la consecución de un fin tan loable como el de atravesar el sólido muro a base de correr hacia él a todo lo que sean capaces de dar nuestras fornidas y bien torneadas extremidades inferiores.

Ahora bien, una treta que nos podría venir de perlas consistiría en construir un rayo miniaturizador y dispararnos con él a nosotros mismos hasta reducir nuestras dimensiones al tamaño de un minúsculo electrón, pongamos por caso. ¿Y por qué hacer esto, me diréis? Pues simplemente, para aprovecharnos de las bondades de la teoría cuántica. Veamos, cuando este modelo físico del mundo comenzó a desarrollarse allá por los primeros años del siglo pasado, un aristócrata francés llamado Louis de Broglie propuso (en su tesis doctoral) que cualquier objeto material se podía comportar también como una onda, con una longitud asociada que venía dada por el cociente entre la famosa constante de Planck y el momento lineal del propio objeto (el momento lineal es el producto de la masa por la velocidad del mismo). Semejante afirmación permitía explicar, entre otras muchas cosas, por qué las partículas atómicas y subatómicas parecían comportarse como corpúsculos en unas ocasiones y como ondas en otras; en cambio, una pelota, un animal o una persona difícilmente exhibían sus propiedades ondulatorias. La razón estaba en lo extremadamente pequeño del valor de la constante de Planck y lo extremadamente grande que era el valor del momento lineal de un cuerpo físico de tamaño macroscópico, como podía ser una persona. Como ejemplo aclarador, se puede ver de forma elemental que la longitud de onda asociada a una partícula como un electrón que se desplazase a una velocidad de 30,000 km/s sería de aproximadamente 0,25 angstroms (1 angstrom son 0,0000000001 metros), un valor que corresponde a los rayos X muy duros, casi en la frontera de la poderosa radiación gamma. En cambio, una persona de 80 kg que se desplazase a una velocidad de unos 20 km/h presentaría una longitud de onda de tan sólo la cuatrillonésima parte de una billonésima de metro (0,000000000000000000000000000000000001 metros). No existe en este mundo, ni en ninguno otro conocido, instrumento capaz de detectar una onda tan extremadamente minúscula como ésta. Luego, una persona siempre se comportará como un corpúsculo, a no ser que se incrementen de forma descomunal su masa o su velocidad.



Pues bien, cuando el comportamiento ondulatorio de un cuerpo físico se pone de manifiesto, la teoría cuántica predice consecuencias que, cuando menos, parecen violar el sentido común. Para entender lo anterior, imaginaos que disponéis de un alambre rectilíneo y horizontal y que lo presionáis en sentidos opuestos por cada extremo, de tal manera que se forme una especie de joroba en su parte central. Si ensartáis una esfera por un extremo y le proporcionáis un impulso pueden suceder dos cosas: si no le dais suficiente energía inicial, cuando la esfera llegue a la pendiente de subida no alcanzará la parte superior y volverá a descender por el mismo sitio con una velocidad inferior a la que llevaba inicialmente, invirtiendo el sentido de su marcha; en cambio, si le dais un empujón suficientemente grande, subirá por la parte ascendente de la joroba y descenderá por el otro lado, continuando su marcha a una velocidad ligeramente inferior (estas disminuciones en la velocidad de la esfera se deben al rozamiento que experimenta con el alambre). En física, denominamos a la joroba “barrera de potencial” y cuando la esfera pasa de un lado al otro de la misma decimos que ha atravesado la barrera de potencial. Continuando con la analogía, una pared también representa una barrera de potencial y la única diferencia ahora con respecto al ejemplo anterior es que dicha barrera es formidable. ¿Por qué? Pues simple y llanamente porque si la pretendiésemos atravesar deberíamos vencer las igualmente formidables fuerzas de repulsión eléctricas que aparecerían entre los electrones que conforman los átomos de nuestro cuerpo y los de la pared. Ahora bien, consideremos el caso de un único electrón que se enfrente a una única barrera de potencial (un ejemplo sería un electrón que se mueve libremente por la superficie de un metal. En este caso, la superficie representa la barrera de potencial). La mecánica cuántica afirma que aun cuando la velocidad a la que el electrón se acerca a la superficie metálica no es suficientemente elevada como para superar el valor de la fuerza de repulsión ejercida por la superficie del metal, el electrón tiene una cierta probabilidad de saltar y alcanzar la libertad, escapando del metal. En el ejemplo del alambre, sería equivalente a que cuando se lanzase la esfera con una velocidad muy pequeña, ésta de repente apareciese al otro lado de la joroba, aunque ésta fuese arbitrariamente alta. Semejante fenómeno recibe el nombre de “efecto túnel cuántico”.



Evidentemente, el electrón tendrá una probabilidad de salir del metal tanto mayor cuanto más elevada sea su velocidad. Análogamente, cuanto más ancha y más alta sea la barrera de potencial, más dificultosa será la huída del electrón. Lo más curioso del caso es que la experiencia ha corroborado en innumerables ocasiones que todo lo anterior es cierto y sucede en el mundo real (toda la electrónica actual, los microscopios de efecto túnel, etc. funcionan siguiendo escrupulosamente estos principios). Como es obvio, hablar de probabilidades es hablar de estadística. No es que el electrón escape siempre y atraviese la barrera de potencial, sino que como se encuentra siempre vibrando y moviéndose a velocidades elevadas, el número de veces que choca contra la pared por unidad de tiempo es muy elevado y, claro, en alguna de estos incontables intentos lo consigue. Sin embargo, una persona o una pelota que se lanzasen al estilo kamikaze contra un muro de hormigón armado, necesitarían velocidades inimaginablemente elevadas (incluso aunque la pared fuese de un grosor mínimo) y así y todo el número de intentos previo al éxito sería tan grande que, total, para llegar al otro lado con la cabeza hecha mantequilla derretida, casi no merece muy mucho la pena el esfuerzo.



Para finalizar por hoy, os pondré unos ejemplos numéricos que os parecerán del todo reveladores. Para un electrón que pretendiese pasar al otro lado de una barrera de 1 angstrom de espesor y una altura de 1 electrón-volt (más o menos la energía que se necesita para mantener unidas a dos moléculas) y dispusiese de una energía cinética de tan sólo 0,999 electrón-volts, su probabilidad de éxito ascendería hasta el 97%, es decir, de cada cien intentos, sólo fracasaría en tres. Una persona de 75 kg caminando hacia una pared de 15 cm de grosor a una velocidad de 7 km/h, aun cuando la altura de la pared fuese tan solo de 1 joule por encima de la energía cinética de la persona, tendría una sola oportunidad de éxito entre x (siendo x un 1 seguido de diez mil millones de cuatrillones de ceros). Demasiados coscorrones para espiar los cálidos y húmedos vestuarios. Mejor probar suerte con las apuestas…

16 abril 2009

Curso de verano

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Pues sí, este curso maldito 2008-2009 me lanzo de nuevo al proceloso océano de los Cursos de Extensión Universitaria de la Universidad de Oviedo. Y, al igual que el curso pasado, será en la bellísima y asturianísima localidad del deslumbrante occidente asturiano, en La Caridad, donde todos los que asistan disfrutarán de ALOJAMIENTO GRATUITO.

En esta ocasión el curso tiene como título "La magia de la física: realidad o ficción" y será impartido (si es que conseguimos que la gente se matricule) entre los días 13 y 17 de julio próximo. En lo que a mí concierne, impartiré dos charlas insuperables (por lo menos hasta que prepare la siguiente) bajo los títulos respectivos de "¿Y si los superhéroes supiesen física?" y "Morid, morid, malditos: alguna que otra forma (o no) de aniquilar la vida sobre la Tierra".

Obvio deciros que hay muchas más charlas, visitas a museos, prácticas, experiencias y hasta la elaboración de un corto de cine. Todo ello bajo la supervisión de estupendos profesionales. De todas formas, como ya sucedió un año atrás, la estrella más fulgurante será un servidor, con su modestia y maestría en el arte de transmitir el conocimiento de esta ciencia tan denostada hoy en día que es la física. ¡Ale, a matricularse!

13 abril 2009

Penetraciones profundas (hasta la cuarta dimensión y más adentro)

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En la película de 1959 4D Man (algo así como El hombre de la cuarta dimensión), el brillante científico Tony Nelson investiga una nueva propiedad de la materia. Mediante el empleo de una especie de amplificador consigue que cualquier objeto adquiera unas propiedades increíbles y que consisten nada más y nada menos que en poder pasar a través de cualquier otro cuerpo con el que se pone en contacto. Inesperadamente, un accidente en el laboratorio provoca el traslado de Nelson a otro centro de investigación donde trabaja su hermano Scott, quien ha descubierto un nuevo material denominado cargonita cuya densidad resulta ser tan grande que lo hace prácticamente impenetrable (una de esas casualidades que suelen darse en las películas de serie B). Pero, ay amigo, que no todo tenía que ser devoción científica y es que resulta que en el mismo laboratorio trabaja asimismo la novia de Scott, una chica maja de verdad. Y claro, al hermano de Scott no se le ocurre otra cosa que birlársela en sus propias científicas narices.

Indignado y herido en lo más profundo de su ser, con un deseo sobrehumano y desmedido por la penetración (de los cuerpos) Scott Nelson decide experimentar en sus carnes el poderío del dispositivo amplificador diseñado por Tony, consiguiendo no solamente adquirir la habilidad de traspasar las paredes, sino también la impenetrable y hasta entonces virginal cargonita (a falta de pan, buenas son tortas). Pero como todo ser humano imbuido de un poder cuasidivino, la ambición, el poder, la sed de venganza y toda una lista de cosas malas malísimas se apoderan de su persona. Dotado de la capacidad para atravesar paredes a voluntad, los primeros escarceos resultan un tanto inocentes, como introducir las manos en un buzón de correos y extraer la correspondencia (¿cómo habrán adquirido las cartas el poder de pasar a la cuarta dimensión?). Sin embargo, no todo resulta ser de color de rosa. De forma accidental, Scott descubre amargamente que su poder va acompañado de la maldición. En efecto, cada vez que hace uso de su recién adquirida habilidad, su cuerpo experimenta un envejecimiento enormemente acelerado. La terrible solución no se hace esperar. La única manera de no morir consiste en asesinar a otros al atravesar sus cuerpos y apoderarse de su “energía vital”. En un último y desesperado acto de lucidez, Scott Nelson decide poner fin a su propia existencia al materializarse en la aburrida tercera dimensión justo en el preciso momento de traspasar uno de los sólidos muros de su laboratorio.



Y ahora que ya he conseguido felizmente chafaros toda la película, paso a comentar otras cosas no menos interesantes. Bien, los que seáis fans de los cómics seguramente conozcáis las fantásticas habilidades de superhéroes como Flash (no el Gordon, sino el otro, el velocípedo), capaz de desplazarse a tal velocidad que, haciendo vibrar de forma harto vertiginosa las moléculas de su cuerpo, podía hacer gala de los mismos beneficios materiales que nuestro amigo Scott Nelson. Asimismo, Kitty Pryde o Gata Sombra (en hispano de toda la vida), una de las heroínas de los indescriptibles X-Men, posee el dominio del estado de agitación de todas las partículas de su cuerpo serrano, de tal forma que entre ellas puedan desplazarse las de otros, ya sean igual de serranos o no. Otro tipo agraciado con el don de la penetrabilidad en la cuarta dimensión, pero éste ya no perteneciente al campo de la ciencia ficción, sino más bien al de la lágrima fácil y sensiblera, es Sam Wheat, el Ghost interpretado por el guaperas bailarín de poca monta Patrick Swayze en 1990. Por aquel entonces, el pobrecillo Sam sufría y sufría atravesando paredes, puertas y cuerpos de charlatanas con poderes paranormales, y lloraba y lloraba e incluso aprendía a patear y patear latas de refresco en la estación del metro, haciendo gala de una versatilidad sin parangón a la hora de dejar a voluntad la cuarta dimensión y entrar en la tercera como Peter by his house. Cuestión de concentración.

Más recientemente, la película Doom (Doom, 2005), basada en el videojuego del mismo nombre, aborda, como no podía ser de otra forma viniendo de donde venía, el tema del cruce genético entre humanos y marcianos para dar unos híbridos horripilantes y muy malos con los que los soldados de élite de turno tienen que acabar de la forma más sanguinaria y visceral posible equipados con el armamento más futurista y sofisticado. Pero, a lo que voy, los laboratorios de investigación biológica de las instalaciones en Marte, disponen de unas paredes enormemente curiosas, denominadas “nanoparedes”. Al conectar un interruptor, éstas adquieren la propiedad de ser fácilmente traspasables por otros cuerpos. La finalidad de dichas nanoparedes no queda muy clara, a no ser que se pretendiese con ellas atrapar a criaturas mutantes enloquecidas desconectando el interruptor cuando éstas intentasen atrapar a los incautos humanos al otro lado de las mismas. Capacidad de previsión, sin duda.



Finalmente, al menos en lo que respecta a mis conocimientos, y en el campo de la literatura, el prolífico H.G. Wells abordaba el tema de la cuarta dimensión espacial allá por el año 1897 (con el tiempo ya lo había hecho dos años antes en La máquina del tiempo, The Time Machine) en un relato breve titulado “La historia de Plattner”. En él se narra la odisea de un profesor de química quien, en el transcurso de un experimento con pólvora verde en su aula, sufre un accidente y desaparece durante nueve días. En su ausencia de “este mundo”, parece encontrarse en un extraño lugar que él mismo denomina el “Otro Mundo”, donde todo aparece bajo un tono verdoso debido a la luz solar del mismo color que posee el sol cuya luz inunda dicho mundo. Cuando el “Otro Mundo” se ilumina, el nuestro se oscurece y viceversa, resultando aquél invisible para éste. De esta manera, Plattner es capaz de observarnos, pero ni es observado ni tampoco puede comunicarse con los seres que ha dejado atrás.

Justo después de sufrir el accidente, Plattner experimentó cómo su cuerpo fue atravesado “como si éste estuviera hecho de niebla, como si fuese inmaterial”, por varios de sus alumnos. Al cabo de nueve días, Plattner regresaba de forma inesperada. Desde entonces, ya no parecía ser el mismo. Su corazón se encontraba ahora en el lado derecho del tórax, escribía de derecha a izquierda y también algunos de sus rasgos fisonómicos se habían invertido. Acababa de visitar a los “Vigilantes de los Vivos". Y hasta aquí puedo penetrar, quiero decir, contar. Mañana ya estaré recuperado...

06 abril 2009

El consultorio del profesor Enigma (5): Solución

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Bueno, bueno, bueno. Esta semana habéis estado de lo más acertado con el gazapo. Aunque algunos de vosotros habéis apuntado certeramente a más de un error, yo me referiré únicamente a uno en concreto. En efecto, si revisáis el vídeo clip hacia el final del primer minuto, se puede ver cómo Cale, el muchacho protagonista de la película, avanza por entre unas cuantas naves en lo que parece una especie de motocicleta espacial. Dejando de lado la peculiar forma de desplazarse de ésta, con unas maniobras cuando menos improbables en ausencia de propulsores laterales y frontales, tal y como sucede con los trajes especiales de los astronautas, me centraré sin embargo en lo que le ocurre a nuestro intrépido protagonista cuando colisiona contra el casco de una de las inmensas naves que deambulan por la zona. En ese mismo instante, Cale sale despedido del asiento de su motocicleta, se precipita sobre el fuselaje, rebota contra el mismo y vuelve a precipitarse varias veces. Pues bien, si nuestro bien amado y respetado sir Isaac Newton, el padre de la mecánica clásica que todos estudiamos en el colegio, instituto o universidad, levantase la cabeza, se sentiría como poco escandalizado de ver cómo los guionistas de Hollywood se saltan a la torera su magnífica e impresionante Primera Ley, es decir, aquella que afirma que un cuerpo permanecerá indefinidamente en reposo o, equivalentemente, con movimiento rectilíneo y a velocidad constante siempre que sobre él no actúe una fuerza neta (suma vectorial de todas las fuerzas presentes). Así pues, cuando un cuerpo cualquiera, sea una pelota, una cafetera, un tren o una persona colisione contra el casco de una nave en medio del espacio interestelar, suficientemente alejado de objetos masivos como planetas, estrellas, etc. debería salir despedido en el mismo sentido en el que actuase la fuerza causante del impacto, alejarse con una velocidad constante y ya no detenerse nunca a no ser que una nueva fuerza le obligase. Por lo tanto, nuestro amigo motorista nunca podría volver a caer sobre la nave una vez haya colisionado con ella, sino que en cuanto saliese rebotado, debería moverse continuamente en esa dirección para siempre, ya que no hay ninguna otra fuerza que le obligue a cambiar su estado de movimiento. La única opción que tendría (y ya la apuntastéis alguno de vosotros) para precipitarse una y otra vez sobre el fuselaje de la nave sería la de verse sometido a la gravedad debida a la propia masa de la misma. Sin embargo, la masa que debería tener la nave debería ser inmensa, del orden de la de un satélite como nuestra Luna o mayor, cosa que parece harto complicada, por no decir imposible.