Eleanor “Ellie” Arroway había fantaseado desde niña con las estrellas, los planetas, las galaxias. Siempre acompañada por su padre, adquirió una emisora de radio con la que poder comunicarse con otras personas al otro lado del país. Pero su sueño siempre había sido poder hablar con su madre, fallecida siendo Ellie muy pequeña, hablar con otros seres en otros mundos lejanos, en otras partes del universo. Después de fallecer también su padre, Ellie aprendió a vivir sola, a pensar sola, desterró de su mente la idea de Dios. Todo debía tener una explicación racional, científica, no había sitio para la fe. Con el paso de los años, Ellie creció y se convirtió en la doctora Eleanor Arroway, astrofísica. Su trabajo, ninguneado por la gran mayoría de sus colegas, consistía en escuchar señales de radio procedentes del espacio profundo, de otras estrellas. Ellie era una investigadora del proyecto SETI (Search of Extra Terrestrial Intelligence). Una noche, cuando la paciencia y el apoyo económico estaban a punto de desaparecer, en el radiotelescopio del observatorio, de repente, se escucha una señal extraterrestre procedente de la estrella Vega, en la constelación de Lyra, a 26 años luz de la Tierra. Codificadas en esta señal, aparecen cientos de páginas llenas de instrucciones precisas para construir lo que parece ser una nave espacial.El párrafo anterior hace alusión a la película Contact (Contact, 1997) dirigida por Robert Zemeckis y basada en la novela homónima de Carl Sagan, publicada en 1985. La historia de la gestación de esta novela es enormemente curiosa. Durante la primavera de 1985, Sagan llamó por teléfono a su amigo Kip S. Thorne, que por aquel entonces se encontraba trabajando en el Instituto Tecnológico de California, para pedirle consejo y asesoramiento sobre la física involucrada en su novela. Sagan quería que la ciencia de su novela fuese lo más correcta posible, ya que la forma de viajar hasta Vega que proponía consistía en utilizar agujeros negros como medios de transporte y Thorne era un experto reconocido mundialmente en la física de los agujeros negros. Pero Thorne se dio cuenta inmediatamente que aquella forma de viaje interestelar presentaba muchos y serios inconvenientes.

En efecto, los agujeros negros eran soluciones de las ecuaciones de campo de la Relatividad General de Einstein, formulada en 1915. Estas primeras soluciones habían sido encontradas por Karl Schwarzschild (él nunca utilizó el término "agujero negro", que fue acuñado por John Wheeler en 1967) mientras se encontraba de servicio en las trincheras durante la Primera Guerra Mundial. Schwarzschild estaba interesado en estudiar el comportamiento del espacio-tiempo en las proximidades de una estrella muy compacta. Encontró que cuando el tamaño de una de estas estrellas se reducía por debajo de un cierto límite, su propia gravedad no se vería frenada por ninguna otra fuerza del universo, produciéndose un colapso que acabaría en lo que se denominaba una singularidad del espacio-tiempo, un punto sin volumen y con una densidad infinita. Las fuerzas de marea gravitatorias en el interior de un agujero negro serían inmensas, descomunales y absolutamente nada ni nadie podría resistirlas sin ser reducido a pura radiación; ni siquiera la misma luz podría escapar de las cercanías de un agujero negro.
En la década de los años 1980, Thorne conocía estos inconvenientes y por ello aconsejó a Sagan que utilizase como medio de transporte interestelar unos objetos surgidos también de las ecuaciones de la Relatividad General y mucho más prometedores que los agujeros negros. Estos objetos, puramente teóricos, habían sido encontrados por el físico austríaco Ludwig Flamm en 1916, tan sólo un año después de la formulación de la teoría de Einstein. Constituían una especie de atajos entre dos puntos arbitrariamente distantes del espacio-tiempo. En 1957, el físico John Wheeler, denominó a estos objetos, “agujeros de gusano”, término que se ha mantenido hasta hoy. Los denominó así porque semejaban a los agujeros practicados por un gusano con el fin de trasladarse por un camino más corto de un extremo a otro de una manzana a través de su interior, reduciendo considerablemente el camino recorrido si lo hubiera hecho desplazándose por la superficie de la misma.

Ellie Arroway tenía su nave espacial. Pero aún faltaban muchos inconvenientes por resolver. De aquella consulta de Carl Sagan a su amigo Kip Thorne surgiría una época de brillantes, audaces ideas; se desarrollaría la física de los agujeros de gusano. Allí mismo habían nacido las primeras ideas para construir… una MÁQUINA DEL TIEMPO.







