24 septiembre 2009

Aprendiendo a ser Dios (2ª parte)

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Dedicatoria: Para Sophie también. Quedaba un poco feo incompleto, ¿verdad?

La historia de Frankenstein o el moderno Prometeo es bien conocida. Su autora, una jovencísima Mary Shelley, se había casado en 1816 con el poeta Percy B. Shelley. Durante el verano de 1816, la feliz pareja estaba pasando unos días de asueto en la Villa Diodati, la casa de Lord Byron cerca del lago Ginebra (Suiza), en compañía del médico de Byron, John W. Polidori y de Claire Clairmont, embarazada del poeta. En una tarde de tormenta, que imposibilitaba el paseo, decidieron permanecer en casa. Para combatir el tedio, se propuso que todos y cada uno escribiesen una historia de terror. Dos años más tarde, una de las más célebres novelas de la Historia vería la luz.

El protagonista de la novela, el joven suizo Victor Frankenstein viaja a la universidad de Ingolstadt para estudiar medicina. Su obsesión es la "fuente", la "chispa" capaz de generar la vida. Su idea le lleva a juntar partes distintas de cuerpos pertenecientes a cadáveres y a galvanizarlos.

Aunque ahora mismo no recuerdo si en la novela Mary Shelley hace usar la electricidad al doctor Frankenstein para animar a su criatura, la verdad es que Mary no sacó sus ideas de la nada. Su marido, Percy Shelley, siempre había mostrado interés por la alquimia y, en especial, por el trabajo de Paracelso, un controvertido médico del siglo XVI. Éste había sugerido que utilizando esperma humano magnetizado (se necesita ser guarro para ponerse un imán en las pelotas) se podía crear un "homúnculo", un hombre sin alma idéntico a su creador y que se alimenta de su sangre, casi no duerme y se le puede reconocer fácilmente por su tamaño, pues no supera los 30 cm.

La receta exacta para crear un homúnculo consistía en disponer una bolsa en la que se introducían huesos, esperma, fragmentos de piel y pelo de animal. Se enterraba todo rodeado de estiércol de caballo durante 40 días y listo. El problema del descenso demográfico solucionado. Existían, asimismo, variantes del procedimiento anterior. Una de ellas tenía que ver con la mandrágora, ya que se creía que esta planta crecía en la tierra donde se derramaba el semen de los ahorcados (¿todos los ahorcados mueren empalmados?). La raíz de la mandrágora debía alimentarse con leche y miel, o incluso con sangre (en la película El laberinto del fauno se puede encontrar una escena donde se pone de manifiesto semejante costumbre). Por último, otra variante comúnmente empleada para crear homúnculos era introducir esperma humano en el interior de un huevo de gallina negra y dejar germinar el potingue así generado. Al igual que la criatura del doctor Frankenstein, los homúnculos se rebelaban contra sus creadores y huían al poco tiempo de haber sido creados.

Aunque se sabe que Mary Shelley tenía conocimiento de todas estas creencias y también de los experimentos de Galvani, Volta, Aldini y otros, con su doctor Victor Frankenstein las fuentes de su inspiración no parecen tan claras. Podría quizá haber sabido de las andanzas de un tal Karl August Weinhold, quien había sido el médico real de Prusia desde 1817 hasta su muerte, en 1829. El aspecto físico de Weinhold era un tanto "peculiar". Tenía una cabeza más bien pequeña y los brazos y piernas muy largos en comparación, carecía absolutamente de barba, con un aspecto feminoide y, según su autopsia, los genitales visiblemente deformes. Este individuo preconizaba como método para acabar con la pobreza la supresión del alimento a los pobres, a los mendigos y propugnaba la contracepción mediante la colocación de un aro o anillo alrededor del escroto de los mismos. Insistía en que la electricidad podría devolver los muertos a la vida; de hecho, afirmaba haberlo conseguido en su laboratorio utilizando gatos en sus experimentos, a los que les extirpaba el cerebro y la médula espinal, sustituyéndola por baterías eléctricas bimetálicas. Weinhold aseguraba que sus gatos resucitados podían incluso ver y oír.

El asunto de formar una criatura a partir de pedazos de cadáveres provoca nuestros miedos más profundamente arraigados. El ser monstruoso, el engendro creado por el doctor Frankenstein representa uno de los iconos más reconocibles del terror. Los experimentos sobre galvanismo se practicaban con la creencia en que la materia inanimada podía ser devuelta, de alguna manera, a la vida y la materia prima más adecuada con la que poder demostrar las teorías eran los cadáveres de los ajusticiados o de otras personas fallecidas cuyos cuerpos eran vendidos por sus familiares para poder sufragar los costes de sus propios funerales. Estos cuerpos, normalmente, eran adquiridos por las facultades de medicina, donde los estudiantes asistían a disecciones siempre practicadas por un profesor de anatomía. A principios del siglo XIX, en Londres el tiempo de espera de un estudiante para poder asistir a una disección rondaba los 30 días, mientras que en Glasgow este plazo se reducía a tan sólo 3-4 días. Las únicas vías legales de conseguir cuerpos era a través del consentimiento de la familia o provenientes de los patíbulos. De esta manera, empezaron los robos de cadáveres de las tumbas llevados a cabo por los a partir de entonces conocidos como los "resurreccionistas" o "resucitadores", siempre amparados por la falta de alumbrado eléctrico en aquella época. Estos individuos tenían atemorizada a la ciudad hasta tal punto que llegaron a instalarse trampas en las tumbas, con pistolas que se disparaban automáticamente sobre el que osara profanarlas.

Entre 1827 y 1828, dos asesinos en serie, William Burke y William Hare, llegaron a asesinar a 17 personas en Edimburgo (Escocia). Los cuerpos de los cadáveres fueron vendidos al doctor Robert Knox, del colegio médico de la misma ciudad. El precio estipulado por cada cuerpo ascendió a 15 libras. Hare testificó en el juicio contra su compañero de fechorías y Burke fue ajusticiado públicamente en enero de 1829. Tres años más tarde, en 1832, el Parlamento creó una ley para abastecer de cadáveres las aulas universitarias. Los cuerpos provendrían de trabajadores, hospitales, prisiones y familias pobres que accediesen a venderlos.

Mathew Clydesdale fue uno de esos condenados a muerte que, tras su ejecución el 4 de noviembre de 1818, sería puesto a disposición de los cirujanos James Jeffray y Andrew Ure. Conducido al cadalso por el verdugo Tammas Young, donde esperaba una gran multitud, fue colgado durante una hora, hasta asegurarse de su muerte. Una vez fallecido, su cuerpo fue conducido hasta la sala de disección, donde sería sometido a unas experiencias sobre galvanismo sin precedentes hasta aquella época. Sobre una silla, y ante la mirada atónita del público, el pecho de Clydesdale se hinchó al serle aplicada la corriente eléctrica, la lengua salió de la boca y sus ojos se abrieron. La cabeza, los brazos y las piernas se movieron e incluso hizo un débil gesto de levantarse de la silla sobre la que estaba sentado, todo ello como si hubiese vuelto a la vida desde más allá de las tinieblas de la muerte. Jeffray, horrorizado ante semejante visión, cogió un escalpelo y lo hundió en la yugular del reanimado Clydesdale, quien cayó estrepitosamente al suelo. Las convulsiones de su cuerpo eran tan fuertes que los miembros salieron despedidos en todas direcciones.

A pesar de la notoriedad que alcanzó con la disección y galvanización del cadáver de Mathew Clydesdale, el profesor Andrew Ure siempre admitió que su interés no era crear vida, sino más bien recuperarla, sobre todo en gente recién ahogada o que había fallecido hacía poco tiempo. Ure estableció las bases de lo que actualmente conocemos como desfibrilador.

El interés en el galvanismo decreció rápidamente a partir de 1830, quizás debido a la imposibilidad de reanimar el corazón. En 1849, Emil du Bois-Reymond desarrolló un galvanómetro capaz de medir la corriente eléctrica de la actividad muscular. Al año siguiente, Hermann von Helmholtz demostró que la electricidad viajaba por los nervios de las ranas a velocidades comprendidas entre 35 y 40 metros por segundo, prácticamente igual que en los seres humanos. No fue hasta 1899 cuando dos científicos suizos, Jean-Louis Prévost y Frederic Battelli, descubrieron que una pequeña descarga eléctrica podía producir fibrilación ventricular en perros, mientras que otra algo mayor podía devolver el corazón a su ritmo normal. Frankenstein o el moderno Prometeo llevaba publicado más de 80 años y hacía casi siglo y medio que Benjamin Franklin había demostrado que los rayos de tormenta no eran otra cosa que un fenómeno eléctrico.


Fuente: Raising the Dead, by Andy Dougan. Birlinn Limited, 2008.

22 septiembre 2009

Jornadas Blogs & Ciencia de CosmoCaixa

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Pues sí, ya está aquí. Por fin ha llegado el día. No, no me estoy refiriendo al equinoccio de otoño, sino al comienzo del plazo de inscripción para asistir a las Jornadas de Blogs & Ciencia que organiza la Obra Social de la Fundación la Caixa en CosmoCaixa Madrid (Alcobendas) y que tendrán lugar los próximos días 2 y 3 de octubre.

Para la ocasión se ha invitado a una serie de criaturas de la blogosfera, de monstruos de la divulgación que harán las delicias de todos los asistentes. Allí podréis encontrar a Alvy (Microsiervos), Manuel Hernán (Ciencia Kanija), Miguel Artime (Maikelnai's blog), Iván García (Wis Physics), Iñaki Úcar (Enchufa2), Héctor Mediavilla (Museo de la Ciencia), Sergio Pérez (Tall & Cute), Rubén Pascual (Ocularis), Miguel A. Sabadell (La ciencia de tu vida), José A. Pérez (Mi mesa cojea), Ambrosio Liceaga (Ciencia de bolsillo), Eugenio Manuel Fernández (Ciencia en el XXI), quien se ha dado una paliza de campeonato preparando y organizando todo este tinglado, Jorge Alcalde (director de la revista Quo), Javier Armentia (Por la boca muere el pez) y, por supuesto, también a un servidor, que tendrá al gusto de compartir una mesa redonda con Eugenio y con Jorge.



Si estáis interesados en asistir, hoy mismo da comienzo el plazo para inscribirse, que terminará el próximo día 29 de setiembre. La asistencia es completamente libre para todo el mundo, sin excepción. Bueno, hay una: el límite del aforo. Espero que haya que ponerla en práctica, lo cual será una señal inequívoca de que las jornadas habrán sido un éxito. Así lo espero y allí os espero a todos dentro de unos poquitos días.

17 septiembre 2009

Aprendiendo a ser Dios

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Dedicatoria: Para Sophie, a quien una vez se lo prometí.


¿Existe Dios? ¿Se puede demostrar su existencia? ¿Y su inexistencia? ¿Cuál es la principal característica de Dios, crear vida? ¿Es Dios necesario para explicar el universo? ¿No podemos nosotros jugar a ser Dios y hacer lo que se supone que él ha hecho? ¿Dónde reside la vida, qué es, se puede crear sin necesidad de chingar o utilizar células vivas en un tubo de ensayo? ¿Seríamos capaces de dotar de vida la materia inanimada, resucitar a los que han muerto?

No, no temáis. No os habéis equivocado de blog, esto sigue siendo Física en la Ciencia Ficción. Aunque he empezado un tanto filosofador, esta página web sigue tratando sobre física y ciencia ficción (alguna que otra vez, escribo sobre lo que me viene en gana para cabreo de algún que otro troll o intransigente lector que sólo busca un poco de gresca). Dejadme, entonces, que continúe y al final ya me diréis si ha valido la pena o no. Comenzaré con un poco de rollito histórico.

Los antiguos romanos, esos tipos de las pelis de romanos que llevaban un cepillo de barrer en la parte superior del casco, con el que protegían sus duras cabezotas de conquistadores perennes, fueron los primeros en probar terapias sobre enfermos paralíticos mediante descargas eléctricas. Para ello, sumergían a éstos en lagunas donde abundaban peces eléctricos, como el electrophorus electricus.

Hacia el siglo III antes de Cristo, el anatomista griego Erasístrato de Ceos (304-250 a.C.) descubrió lo que llamó el "espíritu nervioso", que se transportaba desde el cerebro a los músculos por medio de los nervios. Erasístrato era un adelantado a su época y quiso ser uno de los primeros seres humanos en romper el tabú de diseccionar cadáveres. Cuando por fin se decidió a hacerlo, se encontró con un sistema de fibras delgadas de color plateado (previamente, habían sido interpretadas por otros como venas y arterias) formando una intrincada red que conectaba el cerebro con las otras partes del cuerpo. Entre sus demostraciones se encontraba una consistente en enmudecer a un cerdo (con lo difícil que resulta esto hoy en día) al pinchar los nervios encargados de controlar el movimiento de la laringe del animal. Erasístrato había descubierto lo que actualmente conocemos como sistema nervioso.

Casi 500 años más tarde, otro médico griego, Galeno (130-200), difundiría y ampliaría los hallazgos de Erasístrato. Hacia el año 180 estableció que los nervios estaban controlados por los "pneuma" o "espíritus" animales que se generaban en el cerebro y que eran transmitidos a través del cuerpo. También hoy en día conocemos estos "espíritus" animales como impulsos nerviosos.

Pero habría que esperar varios siglos hasta disponer de fuentes capaces de producir electricidad de forma artificial. Así, en el siglo XVII, Otto von Guericke construyó un generador que producía electricidad estática a gran escala, haciendo girar alrededor de un eje una esfera de azufre a altas velocidades. Sin embargo, dicha electricidad no podía almacenarse de ninguna manera conocida para ser utilizada más tarde. Hacia 1745 Ewald Jürgen Georg von Kleist lo conseguiría haciendo uso de un frasco forrado con láminas de plata por dentro y por fuera empleando la fricción. De no ser porque falleció hace más de 200 años, aún se estaría recuperando de la sacudida recibida. Más o menos por la misma época, Pieter van Musschenbroek, a la sazón, profesor de física y matemáticas en Leyden, construyó la famosa botella de Leyden. Tampoco se libraría de un buen meneo (y no me refiero al de ninguna red social) al andar enredando con las botellitas de marras. Incluso llegó a afirmar que jamás volvería a repetir la experiencia, aunque le ofrecieran todo el reino de Francia.

Cuando se unían entre sí de forma adecuada un número arbitrario de botellas de Leyden se lograba almacenar electricidad a voluntad. De esta forma, comenzaron a proliferar los experimentos y, sobre todo, algo que se pondría muy de moda en la época: las exhibiciones en público. Así, en 1729, Stephen Gray llegó a suspender horizontalmente a un joven mediante hilos de un material no conductor. Cerca de sus pies situaba un tubo de vidrio, mientras que al lado de su nariz disponía un electroscopio de hojas. Cuando se cargaba el tubo por fricción, el electroscopio se movía atraído por la nariz del muchacho. Jean-Antoine Nollet (1700 ?-1770) llevó a cabo delante del mismísimo Luis XV de Francia un espectáculo en el que colocando en fila unidos a 180 soldados, hizo pasar a través de todos ellos una descarga eléctrica. Posteriormente, realizaría algo similar con ayuda de 700 monjes formando una cadena humana de casi un kilómetro de longitud. En 1778, Franz Anton Mesmer (1734-1815) llegaba a París. Procedía de Viena, donde había sido desacreditado. Mesmer afirmaba que existía una fuerza que recorría todos los seres. Esta fuerza debía estar equilibrada, compensada y fluir armónicamente por el cuerpo humano para asegurar una buena salud. A dicha fuerza la llamó "magnetismo animal". Armado con esta teoría, se dedicaba a ejercer de curandero, realizando llamativos experimentos con ayuda de imanes y electrodos con los que pretendía curar pacientes aquejados de histeria o ceguera. En una ocasión, llegó a hacer a una mujer ingerir un líquido en el que previamente había diluido una cierta cantidad de hierro. Luego colocaba imanes junto a su cuerpo, con los cuales ella aseguraba sentir misteriosas sensaciones recorriendo sus entrañas. Más de dos siglos después, aún ciertos individuos sin escrúpulos siguen practicando experiencias similares. La ignorancia y la incultura se extienden como plagas entre las mentes débiles. En 1784, el rey Luis XVI ordenó una investigación sobre la efectividad y fundamento científico de los experimentos de Mesmer. En la comisión encargada se hallaban personas del prestigio de Antoine Lavoisier o Benjamin Franklin. Su dictamen no dejó lugar a dudas.

Cuatro años antes, en el año 1780, el italiano Luigi Galvani (1737-1798) descubrió por casualidad que cuando una rana muerta estaba suspendida por un hilo metálico, al ser tocado éste accidentalmente con el escalpelo con el que la estaba diseccionando, sus patas se contraían de la misma forma que cuando aún se encontraba con vida. Al principio, Galvani había supuesto que la electricidad se hallaba presente de forma natural en el cuerpo del animal y que residía en su cerebro. Sería su paisano Alessandro Volta quien, repitiendo los experimentos, llegaría a una conclusión muy diferente. Prescindiendo de la rana, acabó construyendo la mítica pila voltaica. La rana simplemente conducía la electricidad generada por la pila.

El sobrino de Galvani, Giovanni Aldini, obtuvo la cátedra de física en Bolonia en 1798. Llevó a cabo experimentos con animales de sangre caliente. Con una cabeza de buey y estimulando distintas partes del cerebro, consiguió que el animal mostrase gestos faciales que parecían sugerir que el animal vivía aún. Aldini aplicó terapia con descargas eléctricas a enfermos aquejados de depresión y fue el primero en hacer experimentos similares al de la cabeza de buey con seres humanos fallecidos, en particular con tres ajusticiados por decapitación. Por aquel entonces, llegó a correr la idea de que reanimar a un cadáver con éxito podía depender del tiempo transcurrido desde su muerte. Por fin, el 17 de enero de 1803 Aldini pudo aplicar la "galvanización" a George Forster, un ajusticiado por haber ahogado a su esposa e hijo en un canal. No hubo resurrección.

Solamente parecía restar un problema para crear vida y acercarse a Dios y era volver a poner en marcha un corazón parado. Comenzaron a surgir teorías, de las cuales sobrevivieron dos, cada una de ellas con sus fervientes partidarios. La primera y más pesimista afirmaba que el corazón era totalmente insensible a la estimulación eléctrica. La otra otorgaba una cierta esperanza, afirmando que el corazón efectivamente respondía a la electricidad, tras grandes dificultades, pero únicamente de forma muy leve.

Entre los que no creían en ninguna de las dos teorías, se encontraba Andrew Ure (1778-1857), un químico y cirujano escocés muy popular por sus clases en la universidad. Ure creía que los experimentos estaban equivocados porque, según él, fallaban debido a que la electricidad se aplicaba directamente al músculo cardíaco. En cambio, si se aplicase al nervio que conducía al músculo, la contracción de éste sería grande, vigorosa y muy probablemente sostenida. La oportunidad de comprobar su teoría llegaría el miércoles 4 de noviembre de 1818, fecha fijada para la ejecución por ahorcamiento de Mathew Clydesdale en Glasgow, Escocia. Las leyes promulgadas en 1752 establecían que los ajusticiados no fuesen enterrados sin más, sino que sus cuerpos debían ir directamente desde el patíbulo a la sala de disección. En el caso de Clydesdale, su cuerpo sería entregado al profesor de anatomía de la universidad de Glasgow, James Jeffray, quien llevaría a cabo la disección, mientras Andrew Ure pondría a prueba sus conocimientos sobre galvanismo mediante una pila voltaica compuesta por 270 discos. Aquel mismo año de 1818 vería la luz una de las más inmortales (nunca mejor dicho) obras de la literatura universal: Frankenstein o el moderno Prometeo.


Fuente: Raising the Dead, by Andy Dougan. Birlinn Limited, 2008.

09 septiembre 2009

Retrato lunar con arbol, niño, bicicleta y peluche alienígena

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En el post anterior, dejaba camuflada entre líneas una cuestión que guarda relación con una de las hipótesis aducidas por los conspiranoicos lunares. Se trata del asunto de la visibilidad de los restos del alunizaje del Apolo XI desde la Tierra.

¿A qué distancia del suelo se encuentran E.T. y Elliott en la imagen?

04 septiembre 2009

Y cuarenta años después, el timo continúa... ¡vaya conspiración de lunáticos!

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El pasado 20 de julio se cumplieron 40 años de la llegada del primer ser humano (ah, el ansiado lenguaje de género) a la Luna, un viaje de casi 400.000 kilómetros. A pesar de todo el tiempo transcurrido desde entonces y de todos los conocimientos científicos acumulados durante cuatro décadas, la verdad es que algo muy mal debemos de estar haciendo los científicos que nos dedicamos a la divulgación. Y me refiero a que actualmente, en el año 2009, sigue habiendo muchísimas personas que aún agitan el estúpido estandarte de la conspiración, de que todo fue una especie de broma bien orquestada. De hecho, tan sumamente bien orquestada que hasta unos tipos tan sumamente inteligentes como los soviéticos (dominan el ajedrez desde que se alimentan por el cordón umbilical) se la tragaron.

Afortunadamente, sigue habiendo divulgadores tenaces, incansables, siempre dispuestos a seguir luchando diariamente contra la ignorancia, las opiniones infundadas, las falacias y la perniciosa y dañina pseudociencia, esa palabra que alude a cosas tan repugnantes para un científico que ni siquiera se merece llevar incluida la terminación "ciencia" en ella. Pues bien, uno de esos divulgadores de capa y espada, uno de esos paladines del pensamiento crítico es mi amigo y colega Eugenio Manuel Fernández Aguilar, a quien conocí hace ya unos meses a través de su magnífico blog Ciencia en el XXI. ¿Y por qué está aquí Eugenio, os estaréis preguntando? Pues porque justamente unos días antes de cumplirse el cuadragésimo aniversario de la mayor hazaña que haya logrado terrícola alguno (de nuevo, el maravilloso lenguaje de género, tan ansiado en la universidad), mi amigo Eugenio saltó al universo alternativo de los autores de libros de divulgación, con una obra imprescindible y altamente recomendable.



En efecto, su primer libro (y ojalá no el último) resplandece bajo el estimulante y sugerente título de La conspiración lunar ¡vaya timo!. En él, su autor, aficionado voraz al mundo de la exploración espacial y la astronáutica, arremete con energía, sin piedad, pero con sentido del humor, contra una enorme cantidad de argumentos a favor de la conspiración. Armado con una ingente cantidad de información contrastada y debidamente referenciada en el texto, un sentido de la lógica apabullante, una claridad y sencillez envidiables en el lenguaje y, sobre todo, con el poderoso brazo de la ciencia, las 50 hipótesis (como Eugenio las prefiere denominar) más profusamente aludidas por los partidarios de la teoría conspiranoica van cayendo por su propia estupidez. Y digo estupidez porque hay que ser verdaderamente estúpido para creerse más de una y más de dos de tales hipótesis. Sin embargo, algo que yo liquidaría simplemente calificándolo de estupidez contumaz, me hace admirar aún más a Eugenio porque este estupendo profesor de secundaria es capaz de rebatir esas enloquecidas majaderías sin perder un ápice de su magnífica paciencia. Por muy extravagante que sea el argumento, ahí está Eugenio porfiando en demostrar racionalmente lo que sea preciso, para que no le quepa la menor duda ni a la madre del conspiranoico que lo parió.

Como podréis imaginar, de entre las 50 hipótesis desmontadas, con las que más he disfrutado, como no podía ser de otra forma, han sido con las que se precipitaban en el oscuro abismo de la torpeza y la sinrazón gracias al uso de conocimientos elementales de física. En concreto, las hipótesis con los números 1,2,3,4,17,26,31,35 y 36 son brillantemente rebatidas con unos conocimientos de física elemental al alcance de casi cualquier persona que tan sólo los pretenda. La cantidad de cosas raras que dejan de serlo simplemente siendo conscientes de que el campo gravitatorio lunar es seis veces menos intenso que el terrestre, ¿verdad Eugenio? Con la cantidad de veces que decimos esto en clase los profesores... Otras cosas que no saben o no quieren saber los conspiranoicos, es que los combustibles no siempre van acompañados de llamas, que los polvos en la Luna no duran más que en la Tierra (sí, sí, has leído bien, aquí dice lo que dice, tómalo como quieras que cuando leas la hipótesis 2 ya lo entenderás), que todas las naves que van a la Luna y vuelven después a la Tierra, lo hacen bien descargaditas (los que hayáis leído mi blog desde el principio o mi libro ya sabéis esto y lo que cuesta en kilos de combustible viajar allende las galaxias, ya sea a bordo de la Enterprise o del Apolo XI, que para el caso es parecido), que el calor en el vacío del espacio solamente se transmite por radiación, que los astronautas viajan al espacio embutidos en trajes espaciales que cuestan un potosí (y que por algo será), que los cinturones de Van Allen no son tan fieros como los pintan, etc., etc., etc.

Especialmente ilustrativas son las demostraciones en las hipótesis 26 y 31. ¿Cómo puede haber alguien que crea que los restos del Apolo XI deberían ser visibles desde la Tierra? ¿A qué distancia del suelo se encuentran E.T. y Elliott en la imagen de al lado? ¿Se puede ser tan simple como para creer que ralentizando a la mitad las imágenes de un vídeo se consigue simular el movimiento sobre la superficie lunar? Pero si eso ya lo hacían los guionistas de Espacio 1999 y quedaba más cutre que poner la lista de boda en un "Todo a un euro", por favor.



Como gran aficionado que soy a la fotografía, otras hipótesis que me han encantado son aquellas que están relacionadas de una forma u otra con la óptica y las cámaras. En este sentido, os recomiendo especialmente la hipótesis 18 (¡cuántos retratos y paisajes he estropeado por no usar un simple parasol!), la 19, una de las más difundidas y más fácilmente rebatibles por cualquiera que intente tomar una instantánea del cielo nocturno, la 21 y, por encima de todas, la 23 (que nadie se la pierda porque es de las que hacen afición).

Tan sólo me gustaría poner en el debe del libro de Eugenio una pequeña pega. Es la que tiene que ver con el tamaño de las ilustraciones. En ocasiones, las dimensiones de las fotografías, por un lado estupendamente impresas a todo color, resultan, por otro, un tanto demasiado reducidas, no apreciándose con demasiada claridad los efectos descritos en el texto. Sin embargo, la dificultad desaparece rápidamente sin más que acudir al banco de imágenes en alta resolución de la NASA (fácilmente localizables gracias a las referencias de catálogo proporcionadas por el mismo Eugenio), a disposición libre y gratuita de cualquiera que lo pretenda consultar.



Resumiendo, y para finalizar, que Eugenio pretende y, desde luego, consigue poner en su lugar a los partidarios de la conspiración, esos tipos a los que la cultura persigue sin cesar pero que inevitablemente siempre se muestran más rápidos que ella, unos individuos que una y otra vez nos acusan a los que no creemos en patochadas absurdas de no poseer "mentes abiertas", cuando en realidad, como dice el dicho, una gran cantidad de mentes abiertas deberían cerrar por obras. ¿Acaso se puede decir algo más de unos necios que no atinan ni a saber que en la Luna también crecen los bigotes de los hombres?