26 enero 2010

¿Qué sucedería si la fuerza de la gravedad aumentase con la distancia?

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Todos los que habéis estudiado alguna vez un poquito de física no tendréis demasiado problema en recordar la llamada ley de la gravitación universal, enunciada por Isaac Newton hace más de 300 años y publicada en 1687 en sus célebres "Principia", quizá la obra científica más influyente de la historia de la humanidad. La leyenda que acompaña a esta ley (por cierto, que desde hace tan sólo unos días ya no es leyenda, pues hay constancia escrita de que sucedió realmente) cuenta que a Newton se le ocurrió mientras escuchaba el ruido de una manzana al precipitarse al suelo desde una rama de su árbol madre (nótese la velada referencia a "Avatar"). Se preguntó cuál podía ser la fuerza que podía explicar la caída de la manzana y el movimiento de la Luna alrededor de la Tierra. Y la encontró. Una ley sencilla, bella. Expresada en pocas palabras venía a afirmar que entre dos cuerpos cualesquiera del universo existía una fuerza atractiva, una acción a distancia que aumentaba proporcionalmente con los valores de las masas de ambos cuerpos pero que, en cambio, disminuía en razón inversa con el cuadrado de la distancia que los separaba.

Esta fuerza tenía la misma naturaleza, ya fuera entre la manzana y la Tierra o entre ésta y la Luna. Todos los cuerpos del universo se movían siguiendo órbitas determinadas por la ley de la gravitación universal. Fue el propio Newton quien dedujo cómo serían las formas geométricas de las órbitas o trayectorias que deberían describir los planetas, asteroides y cometas alrededor del Sol o también una manzana dejada caer cerca de la superficie terrestre, así como si se la lanzase con impulsos diferentes desde lo alto de una montaña. Dichas trayectorias sólo podían ser de tres clases: parábolas e hipérbolas (curvas abiertas) y elipses (curvas cerradas). Esto último, es decir, que las órbitas eran elípticas en el caso de los planetas y el Sol ya había sido descubierto por Johannes Kepler en 1609, cuando enunció las dos primeras leyes del movimiento planetario que llevan su nombre, basándose para su deducción en las precisas observaciones llevadas a cabo por el astrónomo danés Tycho Brahe. En la primera de ellas, Kepler establecía que todos los planetas del sistema solar se desplazaban alrededor del Sol siguiendo caminos con forma elíptica, estando siempre el Sol situado en uno de los dos focos de la susodicha curva. La circunferencia era un caso particular de la elipse, aquél en el que ambos focos coincidían en un mismo punto (el centro de la circunferencia). Nueve años después, en 1618, Kepler completaría su trabajo con el enunciado de una tercera ley. Ésta establece que el tiempo que emplea cada planeta en dar una vuelta completa alrededor del Sol depende de la distancia mutua entre ellos. Más exactamente: el cuadrado del período de rotación es directamente proporcional al cubo del semieje mayor de la órbita. Así, la duración de los años en otros planetas más alejados del Sol que la Tierra es cada vez mayor a medida que su distancia a nuestra estrella aumenta. En cambio, Mercurio (88 días) y Venus (225 días) tienen años más cortos que los terrestres.

Como ya dije, Johannes Kepler descubrió sus leyes de forma empírica, basada en observaciones astronómicas extraordinariamente precisas en aquella época. Sin embargo, no tenía ni idea de cuál era la razón profunda en la que descansaban sus descubrimientos, es decir, no conocía la forma matemática que debía tener la fuerza de interacción entre el Sol y los planetas. Así que en el año 1684 decidió acudir a Newton, quien le informó casi de inmediato que la misteriosa fuerza que Kepler estaba buscando verificaba la célebre ley del inverso del cuadrado. Hacía años que Newton mantenía una serie de agrias discusiones y batallas filosóficas con Robert Hooke. Al parecer, éste último le había propuesto a Newton la idea de la variación de la fuerza con el inverso del cuadrado de la distancia y le había sugerido la resolución del problema matemático. Newton jamás reconoció el valor y las ideas de Hooke.

Aunque no conozco y (aún) no he conseguido encontrar las fuentes originales, parece ser que las primeras ideas de Hooke sobre la forma concreta de la ley de la fuerza gravitatoria suponían que ésta era semejante a la ejercida por un muelle sobre un cuerpo sujeto a él por un extremo. Así, imaginaba a la Tierra unida por un gigantesco muelle al Sol. En 1660, Hooke había encontrado que dicha fuerza elástica era proporcional al estiramiento del muelle. Como en el caso de un planeta y el Sol el estiramiento del muelle era mayor cuanto mayor resultaba la distancia entre los dos astros, la gravedad aumentaba con la distancia en lugar de disminuir con el cuadrado de ésta, tal y como sabemos hoy en día.

Pero quizá os estéis preguntando cómo es posible que a alguien se le pueda ocurrir semejante idea, una idea aparentemente enloquecida y surgida de la más audaz historia de ciencia ficción, digna de la película más creativa del género en los últimos años (Roland Emmerich aparte, claro). Si habéis estado atentos a las fechas, os habréis percatado que desde 1609, fecha de las dos primeras leyes de Kepler, ya se sabía sobradamente que las órbitas planetarias eran elípticas. ¿Cómo entonces alguien osaba proponer una ley de la gravitación tan distinta de la newtoniana (aún no conocida por entonces)? Pues la razón era muy simple. La fuerza gravitatoria elástica sugerida por Hooke predecía también órbitas elípticas para los planetas. En efecto, como bien habréis aprendido también en los libros de física básica, cuando un cuerpo está sujeto a una fuerza de tipo elástico como la dada por la ley de Hooke, y siempre que el movimiento sea en una sola dimensión, la trayectoria seguida por dicho cuerpo será una línea recta y el movimiento recibe el nombre de armónico simple. En cambio, si la trayectoria que sigue el cuerpo se encuentra contenida en un plano, como es el caso de la Tierra o cualquier otro planeta alrededor del Sol, entonces lo que se tiene es una superposición de dos movimientos armónicos simples, ambos perpendiculares entre sí. Cuando se combinan estos dos movimientos armónicos simples surge una elipse como trayectoria (existen otras combinaciones distintas conocidas como curvas de Lissajous, pero no vienen a cuento ahora). ¿Consideráis ahora a Hooke un insensato? ¿No, verdad? Bien, pues quizá con lo que os voy a contar a continuación vuestra opinión cambie.

La verdad es que la ley de gravitación sugerida originalmente por Hooke (ya os he contado que posteriormente él mismo rectificaría y le sugeriría a Newton una ley inversa con el cuadrado de la distancia) no es coherente con las leyes de Kepler más que en el carácter elíptico de las órbitas. ¿Por qué? Por varias razones. La primera es que cuando se resuelven las ecuaciones de movimiento surge la primera contradicción y ésta no es otra que, a diferencia de lo que afirmaba Kepler, ahora el Sol ya no se encuentra en uno de los focos de la elipse, sino en el centro de la misma. La segunda, y más grave si cabe, tiene que ver con la tercera ley de Kepler. Efectivamente, si alguna vez habéis deducido esta ley suponiendo una aproximación de órbita circular y utilizando la ley de gravitación universal junto con la expresión de la fuerza centrípeta, solamente tenéis que llevar a cabo un cálculo exactamente igual pero sustituyendo la ley de fuerza de Newton por la de Hooke. Comprobaréis inmediatamente que ahora el tiempo que tarda el planeta en describir una vuelta alrededor del Sol es siempre el mismo, independientemente de la distancia que le separe de la estrella. Todos los planetas tendrían años de igual duración.

Y así, de esta manera tan elegante y efectiva trabaja la ciencia. Se observa un fenómeno, se experimenta (si se puede), se elabora un modelo teórico-matemático que explique las observaciones y se predicen nuevos fenómenos potencialmente observables. Si estos fenómenos no se explican con el modelo teórico propuesto, éste se abandona y se busca uno que lo haga. Hooke era un científico de tomo y lomo. Propuso su teoría. Vio que ésta se ajustaba a algunas de las observaciones pero, en cambio, contradecía otras ya comprobadas por otros medios (las leyes de Kepler, en este caso). Así, pues, encaminó sus esfuerzos hacia otro modelo más acertado y, consecuentemente, más próximo a la verdad. ¿Alguna pseudociencia voluntaria que lo haga mejor?

21 enero 2010

El consultorio del profesor Enigma (10): Solución

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Pues ha llegado el día, queridos y sapientísimos, agudos y sagaces lectores. Me he sorprendido muy gratamente con las respuestas que habéis proporcionado al profesor Enigma.

Bien, vayamos por partes. El extracto corresponde a unas cuantas viñetas de un cómic de Tintín, en concreto el titulado "Hemos pisado la Luna", del no tan magistral (científicamente hablando) Hergé. ¡Enhorabuena a los que disteis en el clavo!

Vayamos ahora con la física. En esto también habéis apuntado el gazapo muchos de vosotros. Efectivamente, utilizar un sólo cohete lateral no es nada efectivo si uno quiere hacer rotar o girar al cohete y que se detenga cuando ha girado 180º. Recordad que el movimiento de un objeto en la atmósfera es bastante diferente al que ejecutaría en ausencia de la misma, en el vacío del espacio, donde toda aerodinámica de los fuselajes resulta totalmente inútil. Así pues, para producir la rotación de la nave (tal y como pretenden en el cómic, es decir, poniendo la proa mirando hacia la Tierra) de nuestros amigos se requieren, al menos, dos reactores laterales. Deben ser laterales porque si sus líneas de acción pasasen por el centro de gravedad de la nave tampoco producirían un movimiento rotacional (ésta es una buena oportunidad para que repaséis las leyes de Newton, si es que no os ofende demasiado). Abundando algo más en el tema, en el caso de que un solo cohete lateral consiguiese hacer rotar a la nave de Tintín, esta rotación se mantendría indefinidamente, mientras no se opusiese otra fuerza contraria. Por eso se requiere más de un cohete lateral, para poder frenar la rotación en el momento adecuado.

Como nota curiosa os puedo decir que el transbordador espacial que utiliza la NASA para realizar maniobras en el espacio va equipado a lo largo de todo su fuselaje nada menos que con 44 microcohetes que le permiten desplazarse y hacer correcciones en sus desplazamientos. Igualmente, las mochilas con las que van ataviados los astronautas que ejecutan paseos espaciales fuera de la nave, disponen de 24 propulsores que funcionan expulsando nitrógeno gaseoso.

Por último, discutamos un poco sobre alguna cuestión apuntada en alguno de los comentarios. La distancia de 240.000 km a la que se alude en el post no está expresada de forma incorrecta, es decir, no son millas, sino efectivamente km. Ahora bien, ¿resulta razonable realizar la maniobra de cambio de sentido o inversión del cohete a semejante distancia de la Tierra? La verdad es que el movimiento de una nave con destino a la Luna tiene algunas complejidades que no vienen a cuento aquí ahora, pero sí que me gustaría decir algunas cosas.



A lo largo del cómic de Hergé, se ve que en ocasiones los protagonistas activan y desactivan los propulsores principales de la nave, sin mucho sentido. Esto hace que el cohete adquiera aceleraciones que producen efectos muy curiosos en el interior del mismo. Un cohete que lanzásemos en dirección a la Luna estaría "cayendo" casi todo el tiempo hacia la Tierra, ya que ésta en ningún momento dejar de ejercer su enorme influencia gravitatoria. Sin embargo, a medida que se va acercando a la Luna, la fuerza ejercida por la Tierra va disminuyendo y, en cambio, la ejercida por la Luna va aumentando cada vez más. Cuando el cohete alcance una distancia a la Luna aproximadamente igual a la novena parte de la que le separa de la Tierra ambos cuerpos (Tierra y Luna) ejercerán el mismo tirón gravitacional sobre aquel, con lo cual el cohete comenzará a "caer" hacia la Luna. Podría uno sentirse tentado de decir que debe ser en ese punto donde el cohete debe invertir su sentido y comenzar a frenar, pero esto no es estrictamente necesario ni imprescindible y, por lo tanto, no constituye un gazapo propiamente dicho. Uno puede viajar hacia la Luna a una velocidad de locos, extremadamente alta (os recuerdo de nuevo que nuestros enloquecidos amigos aceleran la nave a veces, haciéndola ganar velocidad) y comenzar el proceso de frenado a lo bestia y a la distancia que le venga en gana, aunque no sea demasiado razonable.

En cuanto al tema del retardo de las señales debido a la distancia a la Tierra, tampoco es un gazapo. Se supone que el personal del centro de control sabe esto y puede adelantar o atrasar los mensajes para compensar.

18 enero 2010

El consultorio del profesor Enigma (10)

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Nuestros protagonistas de hoy viajan a bordo de un cohete con destino a la Luna. Tras una serie de peripecias, y cuando se hallan a una distancia de 240.000 km de la base terrestre, se disponen a realizar la maniobra de inversión del cohete, que les permitirá frenar su caída inevitable. Antes de proceder a encender los retrocohetes, deben hacer rotar la nave, situando la proa mirando hacia la Tierra. En ese momento, se puede escuchar desde el control de la misión:

"Tierra a cohete lunar: preparados para poner en marcha el reactor lateral... Faltan diez segundos... nueve... ocho... siete... seis... cinco... cuatro... tres... dos... uno... CERO."

El cohete comienza a rotar y se vuelve a escuchar por la radio:

"¡Atención! Preparados para apagar el reactor lateral... Faltan diez segundos... nueve... ocho... siete... seis... cinco... cuatro... tres... dos... uno... CERO."

Desde el cohete se envía el siguiente mensaje a la Tierra:

"Cohete lunar a Tierra: la maniobra de inversión... ¡ha salido a la perfección! estamos en la posición correcta para reducir progresivamente la velocidad y alunizar sin peligro."

¿De qué maravillas estamos hablando y cuál o cuáles son los gazapos? ¡Suerte y a por ello!

11 enero 2010

Ande el centro de la Tierra caliente y ríanse los neutrinos de la gente

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Año 2009: El eminente geólogo Adrian Helmsley viaja hasta la India para encontrarse con su amigo, el doctor Satnam Tsurutani. Sin tiempo que perder, nada más bajarse del taxi, mientras llueve a mares, y con la promesa arrancada a la sumisa y eficiente esposa de Satnam de una cena a base de un más que probable infecto y pestilente pescado al curry, ambos científicos se dirigen prestos a los punteros laboratorios hindúes de investigación, sitos a 3.400 metros de profundidad, en el bochornoso interior de una mina de cobre. ¿Qué han descubierto? Dejemos que el mismo doctor Tsurutani nos lo diga:

“Es la primera vez que los neutrinos [procedentes del Sol] provocan una reacción física.”

Por si semejante advertencia no hubiese cuajado en el sorprendido Helmsley y, quizá para quitarle definitivamente las ansias del pescado al curry, los dos científicos descienden aún más, otros 1.800 metros más. Una vez allí, Tsurutani procede a abrir una escotilla en el suelo. Y… ¡sorpresa! Agua en plena ebullición, con buenos borbotones de burbujotas ansiosas y bien rechonchas. Como debe ser, con dos borbotones. Para no perder la costumbre, cómo no, otra perlita (no de Huerva, del indio más bien). Aquí va:

“Los neutrinos [procedentes del Sol] han mutado en una nueva partícula nuclear.”

¿Qué es todo esto? ¿Estos tíos alucinan, fuman, beben, se pinchan o qué? Pues no, ninguna de ellas. Simplemente, son actores, marionetas danzando sin fin en el imaginario mundo creado por Roland Emmerich en su última película: 2012.

Al parecer, una serie de catastróficas desdichas está empezando a suceder por todo el globo terráqueo. Como perfectamente lo explica el iluminado de turno, que nunca falta en las películas de carácter apocalíptico, el indescriptible Charlie Frost (personaje interpretado por Woody Harrelson), lo que está aconteciendo y aún acontecerá más y peor, no es otra cosa que el vaticinio hecho por el antiguo pueblo maya hace miles de años: una gran catástrofe global cuando se alcance el final de los tiempos, el final de la cuenta larga de su calendario, el 21 de diciembre de 2012. Durante los meses previos, los planetas del sistema solar, junto con el mismo Sol, se alinearán con nada menos que el centro galáctico. Entre sus numerosos efectos se pueden contar la mayor tormenta solar de la historia, terremotos, inundaciones devastadoras, ascenso del nivel del mar, tsunamis, disminución vertiginosa del campo magnético terrestre, inestabilidad polar extrema y muchos más.

¿Alguna explicación? ¿Por qué los mayas lo sabían? ¿Era su ciencia más avanzada que la actual? ¿Conocían los neutrinos? ¿Los cultivaban con esmero y dedicación en sus huertos? ¿Hacían uso de ellos en sus ofrendas divinas o en sus sacrificios?

No, mis queridos lectores. No se daba ninguna de las premisas anteriores. ¿Qué narices tiene que ver un calendario, o mejor dicho, el final de un calendario con la llegada del día del juicio final? Cuando un calendario se termina, se comienza otro. ¿No es la sencillez de argumentos lo que hace bella a la ciencia? ¿Qué demonios tiene que ver que se alineen los planetas para que aquí empiece a enloquecer la naturaleza? ¿También sufren cataclismos semejantes los demás planetas, o sólo el tercero a partir del Sol? ¿Se deben estas hecatombes a efectos gravitatorios? ¿Las mareas tienen algo que ver? Tan sólo un detalle: la masa del mayor de los planetas de nuestro sistema solar, Júpiter, es mil veces inferior a la del Sol y su distancia a la Tierra es casi 4 veces la que nos separa de nuestra estrella. Por lo tanto, el efecto gravitatorio de Júpiter sobre la Tierra es 16.000 veces menor que el debido al Sol. Los efectos de los demás planetas aún son menores que el que produce Júpiter, con lo cual podríamos despreciarlos y tener en cuenta sólo el efecto de éste. Por otro lado, ¿qué es más peligroso, estar alineados con otro planeta, o hacerlo con el centro de la galaxia, ese punto G enorme y oscuro que nos acecha a casi 25.000 años luz de distancia? ¿No estamos siempre alineados con él? ¿No se puede trazar siempre una línea recta que pase simultáneamente por un punto de una circunferencia y por su centro? ¿No se llama a esta línea el radio de la circunferencia? Entonces, ¿no hemos estado siempre en sintonía, en onda con el punto G?

Pero dejemos las trivialidades que conoce cualquier niño de primaria y detengámonos un poco más en el asunto de los neutrinos. ¿Qué es un neutrino? Este es un concepto que quizá no sea conocido por los niños de primaria, al menos no los de ahora. Bien, los neutrinos son unas partículas subatómicas un tanto misteriosas y enigmáticas. Pueden producirse de forma natural en el interior de la Tierra, como productos de la desintegración beta (la emisión de un electrón o un positrón por parte del núcleo atómico de un isótopo radiactivo) en el uranio-238, el torio-232 o el potasio-40. También pueden generarse neutrinos cuando los rayos cósmicos que bombardean constantemente nuestro planeta desde el espacio exterior interaccionan con los núcleos atómicos de la atmósfera, dando lugar a partículas inestables que decaen emitiendo tales neutrinos. Pero la fuente natural más importante de neutrinos es nuestro Sol. Se estima que unos 65.000 millones de neutrinos golpean cada centímetro cuadrado de la Tierra cada segundo de nuestra vida. ¿Cómo se producen estas increíbles partículas?

La mayor parte de ellos se crean a través del proceso de fusión nuclear que tiene lugar en el interior del Sol, en su núcleo. Allí tiene lugar la denominada cadena protón-protón. A lo largo de esta secuencia, dos núcleos de hidrógeno (dos protones) se fusionan para dar otro de deuterio (un isótopo del hidrógeno), al que acompañan un positrón (la antipartícula del electrón) y un neutrino (denominado más correctamente un neutrino electrónico). El positrón se combina casi inmediatamente con un electrón del plasma solar, liberando dos fotones gamma y energía. El deuterio, por su parte, se puede combinar con otro protón para dar lugar a un núcleo de helio-3, un fotón gamma y energía. Posteriormente, este helio-3 puede fusionarse de otras tres formas distintas, dependiendo de la temperatura a la que se encuentre el núcleo de la estrella. Por ejemplo, a temperaturas comprendidas en un rango de 10 a 14 millones de grados, se fusionan dos núcleos de helio-3 dando lugar a otro de helio-4 (el isótopo estable), acompañado de dos protones; para temperaturas de entre 14 y 23 millones de grados el helio-3 se fusiona con helio-4, dando como producto un núcleo de berilio-7 y un fotón gamma. Este berilio-7 atrapa un electrón y surge litio-7 junto con un neutrino. Finalmente, el litio-7 se fusiona con un protón y da lugar, de nuevo, a otro núcleo de helio-4. Existen otras dos opciones, mucho más raras. En la primera de ellas, que sólo es dominante a temperaturas por encima de 23 millones de grados, el helio-3 se fusiona con helio-4 para formar berilio-7, que se fusiona con un protón y da boro-8, el cual decae en berilio-8, un positrón y un neutrino. El berilio-8, posteriormente, decae en dos núcleos de helio-4. La importancia de esta reacción consiste en que los neutrinos así emitidos son muy energéticos. Únicamente, el 0,11% de la energía de nuestro Sol se produce a través de esta reacción. Más energéticos aún son los neutrinos que se producen en la cuarta y última forma, que consiste en la fusión de un núcleo de helio-3 con un protón, dando lugar a un núcleo de helio-4, un positrón y un neutrino. La probabilidad de que suceda esta reacción de fusión es de tan sólo 3 partes por cada 10 millones.

La gran mayoría de los neutrinos solares es generada en la primera de las fases enumeradas en el párrafo anterior. La energía que poseen estos neutrinos es relativamente pequeña, lo cual hace que sean extremadamente difíciles de detectar. Evidentemente, a mayor energía, más fácil detección. La pega es que los neutrinos más energéticos son los que se producen en las reacciones más raras y menos probables (las dos últimas descritas).

Hasta muy recientemente se pensaba que los neutrinos eran partículas que no tenían masa y, por tanto, debían desplazarse a la velocidad de la luz. Sin embargo, hoy sabemos que esto no es así, sino que su masa, aunque extremadamente pequeña, no es nula. Además, a esto unen su escasísima interacción con la materia. Casi todos los 65.000 millones de neutrinos que llegan a la Tierra y chocan cada segundo con cada centímetro cuadrado de su cara expuesta al Sol salen por la otra cara sin haber interaccionado prácticamente con los más de 12.500 kilómetros de materia con los que se han encontrado en su camino. Definitivamente, nuestros viejos amigos Helmsley y Tsurutani han descubierto Roma, América o “la primera reacción física de los neutrinos”. Porque de otra forma no se explica que éstos “estén calentando el centro de la Tierra y actuando como un microondas”. Quizá de esta peculiar guisa se puedan entender los borbotones galopantes del agua a 5.200 metros en el interior de la Tierra. Pero si a esa profundidad, el agua casi hierve sola, “de la caló que hase”… ¡Vaya una forma cutre de detectar neutrinos! ¿No sería mejor poner chocolate “fondant” y, por lo menos, fabricar Nocilla?

Así pues, se necesitan un buen montón más de neutrinos que los miles de millones que nos atraviesan procedentes del Sol a cada momento. ¿Dónde conseguirlos para que los guionistas de 2012 o los agoreros y demás chiripitifláuticos de las profecías mayas puedan ir a esconderse, a llorar y a exhortar al resto de los gilipollas que no nos damos por enterados? ¿Hay algún lugar en el Universo capaz de producir una densidad de neutrinos suficiente para “microondizar” el interior de nuestro planeta? Pues claro que sí: una supernova.

Una supernova es uno de los fenómenos cósmicos más increíblemente poderosos. Aunque existen varios tipos de supernovas y no quiero entretenerme innecesariamente en describirlos, me centraré exclusivamente en unos pocos aspectos que son los que me interesan ahora. Durante la fase en la que se produce el colapso de la estrella, ingentes cantidades de electrones colisionan constantemente contra protones en el núcleo de la misma. Se generan así neutrones y también neutrinos. En una explosión de supernova, más del 90% de la energía que se libera se la llevan consigo estos neutrinos. La magnitud de la catástrofe es tan inimaginable que en unos pocos segundos se genera aproximadamente un flujo de unos 10^58 (1 seguido de 58 ceros), cantidad enormemente superior a la de nuestro propio Sol. Aunque la densidad de la supernova es muchísimo mayor que la densidad de la Tierra, solamente un escaso 1% de los neutrinos interaccionan en el interior de la estrella explosiva; el restante 99% salen de allí como “neutrino por su casa”, sin enterarse de lo que han encontrado por el camino. Y ésta es la parte buena, pues aunque hubiera una supernova tan próxima a nosotros como está el Sol, la única amenaza no sería la lluvia de neutrinos, sino que tendríamos que tener en cuenta asimismo los escombros procedentes de la explosión, la radiación X y gamma, la luz cegadora, los rayos cósmicos que destruirían completamente nuestra capa de ozono atmosférica, dando lugar a cascadas de muones, unas partículas subatómicas más temibles que los propios neutrinos debido a su alto poder de penetración y su enorme facilidad para mutar y dañar el ADN de todos los seres vivos.

A pesar de todo, el Sol no tiene ninguna posibilidad de devenir en una supernova, pues para ello debería poseer una masa bastante mayor que la que ostenta. Y no veo yo manera de alimentarlo para tal propósito. ¿No serán capaces de hacerlo los agoreros o los magufos, engordar al Sol para que explote y se cumpla la profecía, verdad?

Tampoco es una buena solución que exista alguna supernova lo suficientemente cercana a nosotros como para poder llevar a cabo la devastación predicha, ya que la más próxima resulta ser una estrella conocida como Spica, en la constelación de Virgo, nada menos que a 260 años-luz de la Tierra. Como explica Phil Plait en su último libro, una supernova debería encontrarse improbablemente cerca de la Tierra para producir un flujo apreciable de neutrinos que nos pudiese afectar. Por encima de 30 años-luz los efectos ya serían despreciables. Claro que eso es aquí y ahora. Plait también afirma que quizá en el pasado remoto, a lo largo de los 4.500 millones de años de su existencia y debido al movimiento del sistema solar alrededor del centro de la galaxia, quizá la Tierra se haya encontrado hasta en tres ocasiones con un fenómeno tipo supernova a menos de 25 años-luz. De ello hay constancia en el lecho óceanico. En 2004 se encontró en el Pacífico una cantidad anormalmente alta del isótopo hierro-60, el cual se cree casi inequívocamente que procede de una supernova que tuvo lugar hace unos 2,8 millones de años a una distancia no superior a los 50 años-luz.

Conclusión: casi con toda probabilidad, el 21 de diciembre de 2012 no sucederá nada anormal, al menos nada relacionado con neutrinos asesinos y calienta-los-cascos. Dejemos, pues, al doctor Helmsley que se joda y se coma todo el puñetero pescado al curry, sin que se le atragante. Al menos, si se le enfría, siempre lo puede recalentar con unos cuantos miles de billones de neutrinos.

04 enero 2010

Un consultorio para FCF

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Hace tan sólo tres o cuatro días que he conocido una herramienta denominada formspring.me y la verdad es que me está gustando bastante y la estoy disfrutando como un Han Solo con Halcón Milenario nuevo. Se trata de una especie de consultorio, donde todo el mundo que esté registrado y disponga de una cuenta puede hacer preguntas (que pueden ser incluso anónimas).

Puede que os sintáis tentados de pensar que es una tontería, que eso ya lo podéis hacer en los comentarios de los posts del blog, etc. Pues bien, yo creo que no es así del todo. Yo veo los comentarios más bien para que interaccionen los lectores entre sí y os podáis responder unos a otros, aportando distintos puntos de vista e incluso proporcionando enlaces y demás. En cambio, el formspring.me es un engendro en el que siempre debo contestar yo y vosotros solamente podéis hacer las preguntas.

Aunque es una herramienta de reciente creación, yo le veo ya algunas utilidades y aplicaciones, sobre todo en la enseñanza. Quién sabe si será solamente una moda pasajera o llegue a instaurarse de forma definitiva y al final la utilicemos como podemos hacer, por ejemplo, con el correo electrónico, el twitter, facebook, etc.

He colocado un widget en la columna de la derecha del blog, donde podéis hacer las preguntas que queráis. Lo que no aseguro es la respuesta, ya que uno no dispone de tiempo para todo aquello que desearía. También habrá preguntas de difícil respuesta, que requieran una preparación o elaboración o que, simplemente, no tengan respuesta o yo no la conozca. Lo que sí me gustaría es que las preguntas que formuléis no tengan que ver con las entradas del blog (para eso ya están los comentarios), sino para cosas más generales, mis opiniones sobre los temas que queráis y cosas por el estilo.



Por último, también os comunico que he sucumbido al virus Facebook y que podéis seguirme tanto a mí como a este blog en esta red social. ¡Viva el mundo 2.0!