
Mi amigo, el profesor Gibberne, “estaba buscando simplemente un estimulante general del sistema nervioso para levantar el ánimo de las personas abatidas por las tensiones de estos tiempos agresivos.” […]
Experimentando con la acción de ciertas drogas sobre el sistema nervioso, Gibberne me dijo lo siguiente:
“Y lo que yo quiero y lo que, si es humanamente posible, pretendo obtener es una droga que estimule todo el sistema, que te despierte durante un tiempo desde la coronilla hasta la punta del dedo gordo del pie, y que te haga dos o tres veces superior a los demás.” […]
Y cuando estaba a punto de ofrecerme su sorprendente pócima, añadió:
“Debo advertirte, en primer lugar, que cierres los ojos inmediatamente después de ingerirla; espera un minuto o así y ábrelos con cuidado. Uno ve todavía. El sentido de la vista depende de la longitud de la vibración, y no de la cantidad de impactos. Si se tienen los ojos abiertos, se puede producir un choque en la retina, acompañado de una horrible y vertiginosa confusión. Mantenlos cerrados.” […]
“Y la siguiente advertencia es que permanezcas quieto. No empieces a moverte de un lado a otro. Si lo haces, puedes sufrir un tremendo golpe. Recuerda que irás varios miles de veces más rápido de lo que has ido en toda tu vida; el corazón, los pulmones, los músculos, el cerebro, todo. Y te pegarás un golpe espantoso sin saber cómo. No te darás cuenta, ¿comprendes? Te sentirás exactamente igual que ahora. Sólo que todo lo que hay en el mundo te parecerá que va muchos miles de veces más despacio de lo que ha ido nunca. Esto es lo que la hace endiabladamente extraña.” […]
Decidí pues hacer caso a mi amigo y, tras ingerir la fórmula , todo estaba silencioso, sólo se percibía “ese débil golpeteo, ese sordo tamborileo, como si la lluvia cayese sobre objetos diversos.” Sucedieron entonces cosas increíbles. Pude observar cómo una cortina levantada ligeramente por el viento pareció quedar fosilizada en aquella posición. Al abrir la mano con la que sujetaba un vaso, éste ni se movió, quedando suspendido en el aire, inmóvil.
“Hablando en términos generales – dijo Gibberne – un objeto en estas latitudes recorre dieciséis pies en el primer segundo de caída. Este vaso está cayendo ahora a una velocidad de dieciséis pies por segundo. Sólo que para ti todavía no ha caído más que una centésima de segundo. Esto te dará una idea de la velocidad de mi Acelerador.” […]
“Todo mi ser funcionaba muy deprisa. Mi corazón, por ejemplo, latía mil veces por segundo, pero no me causaba ningún malestar.” […]
Entonces me di cuenta de la cantidad de travesuras que podría llevar a cabo con mi nuevo poder recién adquirido. Mi amigo me lo confirmó:
“No nos verán. ¡Gracias a Dios! Sencillamente porque iremos mil veces más deprisa que el juego de manos más rápido que se haya realizado jamás.” […]
Con la emoción de un crío, el profesor comenzó a correr sin caer en la cuenta de algo evidentemente obvio en nuestro estado. Le advertí:
- “¡Gibberne! ¡Si sigues corriendo de esa manera, se te incendiarán las ropas! ¡Tus pantalones de lino se están chamuscando!” […] “¡Dos o tres millas por segundo! ¡El rozamiento del aire!
[…]
Con el paso del tiempo, los efectos del nuevo Acelerador del profesor Gibberne eran cada vez más duraderos. Así que la cosa dejó de resultar graciosa y pasó a convertirse en algo más que un problema. La única solución viable tendría que pasar por la síntesis de un antídoto, una pócima capaz de provocar el efecto contrario.
“El Retardador, evidentemente, tendrá el efecto contrario del Acelerador. Empleado en solitario permitirá al paciente vivir en unos pocos segundos varias horas de tiempo ordinario y mantenerse en una inacción apática, en una helada ausencia de vivacidad en medio de los ambientes más animados o irritantes.” […]
Al cabo de un tiempo, el esfuerzo de mi amigo tuvo recompensa y todo volvió a la normalidad. A pesar de ello, resultaba evidente que algo había cambiado para siempre, pues “… los procedimientos más criminales pueden ser realizados con total impunidad escurriéndose, por así decirlo, a través de los intersticios del tiempo. Como todas las drogas potentes, será susceptible de abuso.”
NOTA: El texto de esta entrada está adaptado y modificado libremente por mí tomando el relato original de H.G. Wells titulado "El nuevo acelerador". Las frases entrecomilladas están extraídas literalmente del anterior relato.