31 mayo 2010

¿Es el Infierno endotérmico o exotérmico?

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Y como lo prometido es deuda, más aún cuando se está hablando de las Sagradas Escrituras, pasaré a continuación a desvelar el final de esta trilogía que tan ocupado me ha tenido en las últimas dos semanas.

Hasta ahora he venido siguiendo un procedimiento científico, basado en datos o indicios extraídos directamente de algunos pasajes de la Biblia. En el primer post de los tres que componen esta magna obra, el modelo propuesto era más tosco, lo cual conducía a la conclusión de que la temperatura del Cielo era claramente superior a la del Infierno. Posteriormente, con ayuda de un modelo algo más sofisticado, en el segundo post llegamos a una conclusión totalmente opuesta. En este caso, era el Infierno el que se mostraba bastante más calentito que el Cielo. ¿Qué demostraba todo lo anterior? ¿Estábamos aplicando de forma correcta las leyes físicas? ¿Dónde nos estábamos equivocando? Aunque os podríais entretener un buen rato en intentar contestar a las cuestiones previas, yo os daré mi respuesta: ni os molestéis, hemos estado todo el tiempo discutiendo estupideces sin sentido, chorradas, pamplinas. Estudiar física utilizando las palabras de la Biblia como disculpa es un entretenimiento completamente ocioso y no persigue otra cosa que la pura diversión, una mera masturbación mental sin ningún propósito eyaculador. Así pues, espero que de este acto soez no brote vástago alguno.

Por otro lado, como el fo… y el cantar todo es empezar, creo que le he cogido el gusto a esta sodomía descontrolada y continuaré aún un día más con ella. De esta forma, si queréis seguir jugando conmigo a esta cochinada os propongo a continuación la siguiente pregunta: ¿Es el Infierno endotérmico o exotérmico?

Como quizá algunos de vosotros no estéis duchos en el lenguaje pornodinámico, os diré que la pregunta anterior hace referencia a si en el Infierno tienen lugar reacciones en las que éste acaba absorbiendo calor o, por el contrario, desprendiéndolo. En el primer caso, significaría que la temperatura aumentaría continuamente hasta que el mismísimo Infierno explotase haciéndose añicos, cosa nada deseable ya que la ilusión de mi vida es ver consumido por las llamas abrasadoras a más de uno de esos que se han condenado para siempre al cometer ese pecado capital llamado Plan Bolonia. En el otro extremo, en el hipotético caso de que el Averno se comportase exotérmicamente, el destino de tan deseable lugar sería el frío más helador. Sí, ya sé que también se puede desear el fenecimiento de los malvados por congelación, pero suele ser menos dolorosa, te vas quedando somnoliento y puede ser hasta placentero. Prefiero que se abrasen.

Bien, discutiré muy brevemente las condiciones que hacen que se puedan dar cada una de las dos condiciones anteriormente expuestas. Para ello, de nuevo es preciso hacer algunas suposiciones razonables. En primer lugar, admitiré que las almas tienen masa o peso, ya sabéis, al menos 21 gramos. En segundo lugar, una vez que un alma ha ido a parar al Infierno, ya nunca más lo abandona, no tiene ninguna posibilidad de salir de allí, ni siquiera la ínfima probabilidad que le otorgaría el principio de incertidumbre de Heisenberg. Por último, y dado que hay varias religiones en el mundo que afirman que todo aquel que no pertenezca a dicha religión está condenado sin remedio a las llamas de las calderas de Pedro Botero, supondré que todo el mundo acaba allí, ya que no tengo ningún motivo para afirmar que una religión tiene más razón que otra. De esta manera, como todo el mundo acaba fiambre antes o después, afirmo sin duda alguna que el Infierno irá aumentando exponencialmente su población.

Ahora bien, acudiendo una vez más al modelo del gas ideal, y manteniendo la idea de que el Averno se encuentra a una presión y una temperatura constantes, por fuerza debe mantenerse asimismo constante el cociente entre el peso de las almas y el volumen disponible. Si esto no sucediese, volveríamos a las conclusiones expuestas en el cuarto párrafo. Efectivamente, sea por un momento mayor el número de almas que entran en el recinto que el ritmo al que se expande y, consecuentemente, se incrementa el volumen o espacio requerido para “acomodarlas” (si es que se puede estar cómodo en un sitio como el Infierno, jijijiji…). En esta situación, ambas temperatura y presión comenzarían a aumentar, aumentar y aumentar como si no hubiese un mañana y el mismísimo Infierno se convertiría en un ídem, despedazándose por completo. En el reverso de la moneda, estaría el caso en que el ritmo de expansión superase al aumento en el número de almas nuevas que ingresasen en las filas de Lucifer. Esta situación conduciría irremediablemente a un descenso continuo en la presión y temperatura, generándose una nevera de proporciones bíblicas.


CONCLUSIÓN FINAL: Extraedla vosotros mismos. Y ya sabéis, ante todo sed científicos. Si no os creéis nada de todo lo que aquí se refiere, siempre podéis iros al Infierno, eso sí armados con un buen termómetro.


Fuente (para la trilogía completa): Heaven is Hotter than Hell. Los chistes y las anormalidades son originales míos.



24 mayo 2010

La termodinámica del Infierno

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En el post anterior nos habíamos estado echando unas risillas a costa de la temperatura en los cielos de los justos así como en los infiernos de los que saben lo que es bueno. Sin embargo, haciendo de malvado diablo, tengo que reconocer que no os conté toda la verdad. Y ¿por qué? Pues, como ya alguno de vosotros apuntasteis en los comentarios (a pesar de la advertencia que os hice y por la que os habéis condenado para siempre) la temperatura a la que una sustancia cambia de estado depende normalmente del valor de la presión. Así, el punto de ebullición para el azufre que os di en la última entrada es el correspondiente a la presión atmosférica normal, es decir, cuando su valor es de una atmósfera. A medida que la presión aumenta, el punto de ebullición también se incremente en consecuencia. Esto explica, entre otras muchas cosas, por qué en los fondos oceánicos, a varios miles de metros de profundidad (donde la presión es enorme) y cerca de las fumarolas volcánicas (donde la temperatura alcanza varios cientos de grados centígrados) el agua se mantenga aún en estado líquido.

Bien, volviendo entonces al problema que nos ocupa, ¿cuál es la presión que reina en el Averno? ¿Existe algún indicio en las Sagradas Escrituras que nos pueda ayudar a la hora de determinarla? Desafortunadamente, la información es más bien escasa. Lo poco que sabemos es que para los judíos, el Infierno se localiza en el valle de Jehoshaphat. Es exactamente allí donde se encuentra el Gehenna, el lugar del tormento eterno.

Hace unas cuantas décadas, Neiht, autor belga nacido en Bruselas en 1877, publicó un artículo titulado "A Mathematical Proof of the Non-Existence of Hell" (algo así como "Una demostración matemática de la no existencia del infierno"). En este estudio, Neiht estima que la superficie que abarca el susodicho valle de Jehoshaphat ronda los 60 millones de metros cuadrados. Utilizando la célebre fórmula del interés compuesto, también llegó a estimar la cantidad de almas condenadas al fuego eterno desde el principio de los tiempos y extrapolando hasta el año 2000 de nuestra era. Para no aburriros con los detalles, os diré simplemente que el valor obtenido ronda los 30 trillones (incluso están excluidos de este cálculo los puros de alma, que se estiman en una séptima parte del total de almas que han poblado la Tierra).

Llegados a este punto, puede que muchos de vosotros os estéis preguntando para qué demonios (nunca mejor dicho) sirve conocer el número de almas pecadoras condenadas y la extensión del Gehenna. Pues es bastante sencillo, ya que una vez conocidos estos datos y con ayuda de unas pocas ideas termodinámicas, se puede llegar a determinar la presión reinante en el Averno. ¿Cómo? Leed, leed...

Como en todo problema físico, hay que hacer algunas suposiciones más o menos razonables y que nos permitan aplicar los modelos físicos conocidos. Por un lado, supondremos que los condenados se encuentran en estado gaseoso y, más aún, se comportan como las partículas constituyentes de un gas ideal. Asumiremos, asimismo, que la temperatura del Infierno se mantiene constante en todo momento. Por otro lado, si queremos saber cómo se disponen las almas en el volumen abarcado por el valle de Jehoshaphat asumiremos una superficie rectangular de aproximadamente 30 cm x 20 cm = 600 cm2 y una altura promedio de un metro (para incluir tanto a adultos como a niños, ñej, ñej, ñej...). Distribuyendo a todos ellos en dos capas, una encima de otra nos aseguramos de que nadie en absoluto dejará de estar en contacto con las abrasadoras paredes del Averno. Ya conocemos, pues, tanto el valor del volumen ocupado por los impíos como el del volumen disponible. Únicamente resta aplicar la ley de Boyle-Mariotte y despejar en ella la presión que estábamos buscando. Hecho esto, se llega a que esta presión ronda los 15.000 millones de atmósferas, una cifra tan sólo al alcance de los interiores estelares.

Pero vayamos un poco más allá, aunque quizá más allá del Infierno no haya absolutamente nada. Haciendo uso de la ecuación de Clausius-Clapeyron resulta relativamente sencillo determinar la presión necesaria para que a una determinada temperatura una sustancia cambie de estado o fase. Como en el post anterior concluíamos que la temperatura del Infierno rondaba los 525 ºC a la presión normal, basta sustituir este número en la susodicha ecuación para concluir que la presión requerida andaría ligeramente por debajo de las 3 atmósferas, un valor muy por debajo del obtenido en el párrafo anterior. Y ¿qué significa esto? Pues ni más ni menos que el texto correspondiente al Libro de las Revelaciones 21:8 al que aludíamos hace unos días, tiene por fuerza que estar indicándonos que la temperatura reinante en el Infierno debe superar en mucho los 525 ºC para que el azufre se mantenga en estado líquido. Moraleja: todo lo que habíamos afirmado hasta hoy era una sucia y cochina mentira y en realidad el Infierno está realmente muchísimo más calentito que el Cielo. Justo como debe ser para que nuestra inquebrantable fe siga intacta en su sitio, es decir, al otro lado de la razón...


NOTA: Este post también formará parte del VII Carnaval de la Física. Es el segundo de una trilogía. Al final de la misma, enunciaré las fuentes. No se admitirán comentarios con SPOILERS ni tampoco de creyentes furibundos.

21 mayo 2010

¿Está más caliente el Cielo que el Infierno?

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Y la luz de la luna será como la luz del sol, y la luz del sol siete veces mayor que la luz de siete días, el día que soldará Jehová la quebradura de su pueblo, y curará la llaga de su herida.” [Isaías, 30:26].

Juguemos un poco con las cosas de la Biblia a ver qué conclusiones irreverentes se pueden extraer con ayuda de las implacables leyes de la física. Antes de nada, me gustaría advertir al lector creyente en las pamplinas religiosas del peligro inminente que supone para su mente pura traspasar la línea que marca este párrafo. Así pues, a partir de aquí, querido, ya no habrá retorno y te condenarás sin remedio. Advertido quedas.

Bien, si has llegado hasta aquí, espero fervientemente que disfrutes todo lo que te voy a contar y ojalá la perorata sirva para que de una vez por todas abandones tu fe ciega en los asuntos de Dios y del Demonio y empieces por fin a creer en la ciencia, esa luz en la oscuridad, la terrible oscuridad de la ignorancia y la sinrazón.

Tomemos el versículo de Isaías con el que he comenzado este post. ¿Qué significa exactamente semejante frase? Para una mente científica un tanto cachonda y desquiciada como la mía (y espero que también la de muchos de vosotros) está claro. Significa que el Cielo está recibiendo de la Luna tanta radiación como la que la Tierra recibe, a su vez, del Sol. Además, como el Sol brilla 7 x 7 = 49 veces más de lo normal, la conclusión es que la radiación recibida por el Cielo es 50 veces mayor que la que nos proporciona el Sol a los desamparados seres que habitamos en este triste valle de lágrimas.

Creo recordar que en algún post anterior os he hablado acerca de los cuerpos negros (no, no son esos cuerpos negros en los que estáis pensando). Dicho en términos muy sencillos, se trata de un modelo que utilizamos los físicos para describir un cuerpo que es capaz de absorber toda la radiación electromagnética que incide sobre él. Al mismo tiempo, se comporta de tal manera que la radiación que emite es una función de su temperatura. Estos cuerpos siguen la llamada ley de Stefan-Boltzmann, que relaciona la energía emitida por los mismos con su temperatura. Para que se alcance el estado de equilibrio el cuerpo negro debe absorber tanta energía como la que emite. Así pues, si se considera el Cielo como un cuerpo negro perfecto, debe perder calor en forma de energía térmica radiada a un ritmo 50 veces superior al que lo hace la Tierra, ya que también lo absorbe a un ritmo 50 veces superior. La conclusión es más que evidente. Ved y creeréis: aplicando la anteriormente aludida ley de Stefan-Boltzmann se obtiene fácilmente la temperatura a la que se debe encontrar el Cielo de los cristianos, sin más que tomar como temperatura de referencia para la Tierra unos 27 ºC. El valor arrojado por la física es justamente de 525 ºC. A esta temperatura, ¿quién va a querer ir al Cielo cuando se muera? ¿Por qué Dios ha creado el Paraíso para los que le son fieles a una temperatura semejante? ¿Es que nos va a proporcionar a las buenas personas trajes ignífugos?

Casi mejor prefiero el Infierno. Y no penséis que esto que digo es una afirmación gratuita. Muy al contrario, todo lo que aquí afirmo está pensado, meditado y razonado profundamente. Veréis. Resulta que las sagradas escrituras no son demasiado prolíficas a la hora de proporcionar datos fidedignos sobre la temperatura del Averno. Sin embargo, no resulta demasiado descabellado suponer que ésta no debe exceder de los 445 ºC, ya que de nuevo la física nos dice que este es el punto de ebullición del azufre, es decir, la temperatura a partir de la cual el sulfuroso elemento abandona su estado líquido para pasar a convertirse en gas. Efectivamente, según el Libro de las Revelaciones, en su capítulo 21, versículo 8 dice así:

Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.”

Nadie me negará que no está claro. El Infierno es un lago de fuego y azufre, y si es un lago, lo normal es que el azufre se encuentre en estado líquido. La moraleja que salta a la vista es que ni el mismísimo Dios ha puesto el cuidado necesario en hacer más soportable la temperatura de su aburrido Cielo y ha creado su antítesis nada menos que 80 ºC más fresquito. Lo justito para que las diablesas y otras criaturas de mal vivir estén suficientemente calentitas pero, en cambio, no te abrasen como los angelotes y querubines sin sexo…


NOTA: Este post formará parte del VII Carnaval de la Física. Es el primero de una trilogía. Al final de la misma, enunciaré las fuentes. No se admitirán comentarios con SPOILERS ni tampoco de creyentes furibundos.

19 mayo 2010

208

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Pues sí, el título de esta entrada lo dice todo, prácticamente. ¿De qué estoy hablando? Pues muy sencillo, del número de ejemplares que se han vendido a lo largo de todo el año pasado, 2009, de mi libro La guerra de dos mundos: el cine de ciencia ficción contra las leyes de la física (Robinbook, 2008).

Si recordáis este post, veréis que las cifras del primer año fueron mucho más esperanzadoras e ilusionantes (2048 ejemplares), lo cual demuestra bien a las claras que lo que vende, en este campo de la divulgación científica, es la novedad y no tanto la calidad, salvo raras excepciones.

A día 31 de diciembre de 2009 permanecen en las librerías y en la editorial aún cerca de 700 ejemplares sin vender y, por tanto, antes de que se agote la 1ª edición. Al parecer, será también la última. Y digo esto con una cierta sensación de desazón, de desesperanza. Siempre pensé que mi libro podría ayudar a mucha gente, especialmente a los jóvenes y a sus profesores de enseñanza secundaria, pero tras conocer las cifras de este pasado año, mi opinión ha cambiado. Incluso he llegado al punto de replantearme (una vez más) la publicación de una secuela que tenía entre ceja y ceja bajo el título de Einstein vs. Predator. Sinceramente, no me quedan muchos arrestos para volver a la carga.

Las razones del, para mí, escaso éxito de ventas de mi libro pueden ser variadas. Por un lado, quizá la campaña de márketing por parte de mi editorial no haya sido todo lo impactante que un libro de este género podría haber dado lugar. Por otro lado, puede que yo mismo no haya contribuido tampoco de forma decisiva al conocimiento de mi propia obra. Tan sólo los que sois lectores habituales de este blog desde hace tiempo conocéis probablemente el libro y algunos de vosotros incluso me habéis corroborado que sois poseedores afortunados de un ejemplar (unos cuantos dedicados y firmados). Asimismo, es probable que mis expectativas sobre la calidad del libro hayan estado por encima de lo que es la realidad y me haya estado auto-engañando todo este tiempo. Puede que el libro no interese todo lo que yo creo que podría haber interesado. Al fin y al cabo, libros como La guerra de dos mundos abundan en idioma inglés, y con unas calidades infinitamente superiores.

Supongo que tendréis cada uno vuestra particular opinión del asunto y habrá ideas, críticas y posturas de todas clases. Por ello, he decidido recopilar algunas reseñas sobre mi libro que he encontrado por el vasto mundo de Internet. Quizá a algunos os sirvan de acicate para adquirir uno de los 764 ejemplares que desde la oscura soledad polvorienta de las estanterías de las librerías y las cajas del almacén de la editorial gritan desconsoladamente: ¡¡¡Cómprame!!!

  1. Portal de ciencia ficción
  2. Cinissimo
  3. Ciencia Kanija (con entrevista incluida)
  4. Historias de la Ciencia
  5. Literatura fantástica
  6. Universo cuántico
  7. Google Books
  8. Cien de cine (página 10)
  9. La linterna mágica
  10. La ciencia de la vida
  11. Libertad digital

10 mayo 2010

Cómo captar la atención de una inteligencia alienígena

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El ser humano lleva ya algunas décadas enviando mensajes a las estrellas. Unas veces de forma no intencionada (emisiones de radio o televisión) y otras con todo el conocimiento de causa, como ocurre con el disco que viaja a bordo de la sonda Voyager, actualmente en los límites del sistema solar. Un disco que está recubierto con una fina película del isótopo 238 de uranio, cuya finalidad es que la potencial raza alienígena que lo encontrase fuese capaz de determinar su edad.

En el disco que viaja a bordo del Voyager se encuentra grabada información en forma de imágenes y sonidos: el canto de una ballena jorobada, el latido de un corazón, un beso, la explosión de un volcán, etc. Entre las imágenes se encuentran las siluetas (en blanco y negro) de una pareja de seres humanos: un hombre y una mujer. La idea original había partido de los científicos, que habían propuesto enviar las imágenes de un hombre desnudo y una mujer embarazada cogidos de la mano, pero se desechó por ideas puritanas y mojigatas. La NASA propuso entonces enviar imágenes de estatuas célebres (el David de Miguel Ángel y unas cuantas más), pero de nuevo se rechazó la proposición por miedo a que fueran malinterpretadas. ¿La razón? Quizá los extraterrestres pudiesen interpretar que los seres humanos se convertían en piedra por desnudarse.

Estas simples anécdotas nos llevan a plantear la siguiente pregunta: ¿cuál sería la forma más sencilla de establecer comunicación con una raza alienígena? La respuesta en que la gran mayoría de expertos parece coincidir es las matemáticas. Se piensa que si una raza inteligente está dotada de conocimiento científico y tecnológico, por fuerza debe haber descubierto el lenguaje matemático. Personas de la talla de Martin Gardner, Rudolf Carnap o Clifford Pickover sostienen que la naturaleza se puede describir con simples fórmulas, que las matemáticas gobiernan la naturaleza, desde una escala molecular hasta una galáctica.

Ahora bien, una vez convencidos de que hay que intentar establecer contacto por medio del lenguaje matemático, ¿cuál sería el mensaje? ¿con qué expresión matemática daríamos el aviso, captaríamos su atención?

En los años 70 del siglo pasado los soviéticos sugirieron enviar al espacio exterior este mensaje:

102 + 112 + 122 = 132 + 142

La razón aducida para semejante ocurrencia era que, aparte de la sencillez de los números que intervenían, el resultado de las dos sumas indicadas era 365, es decir, el número de días en que se dividía el año terrícola. Más aún, los soviéticos llegaban incluso a afirmar que el período de traslación de nuestro planeta alrededor del Sol había sido fijado en este valor preciso por las escrutadoras y agudas inteligencias alienígenas. Así pues, el mensaje llamaría sin duda la atención de éstas, probando nuestra destreza matemática.

Clifford Pickover no comparte las opiniones de los expertos de la extinta Unión Soviética. ¿Qué propone a cambio? Pues ni más ni menos que la fórmula de Euler:

1 + e = 0

Conocida por muchos como “la fórmula de Dios”, "la fórmula más reseñable en matemáticas", o "la más bella fórmula matemática de la historia", fue desarrollada por el matemático Leonhard Euler (1707-1783) y relaciona entre sí cinco de los símbolos matemáticos más importantes, a saber: el 0, el 1, i (la unidad imaginaria), y los irracionales π y e (la base de los logaritmos neperianos). Estos cinco números representan a cada una de las ramas de las matemáticas: la aritmética (el cero y el uno), el álgebra (la unidad imaginaria), la geometría (el número π) y el análisis matemático (el número e).

Los dos últimos plantean alguna dificultad de tipo técnico. En efecto, al tratarse de números trascendentes (contienen un número infinito de dígitos), habría que pensar en alguna manera compacta de representarlos. Para ello se podría acudir al significado geométrico de π como el cociente entre la longitud y el diámetro de una circunferencia. En cuanto al número e quizá se pudiese acudir al concepto de curva logística.

Aunque la belleza intrínseca de la fórmula de Euler se escapa a muy poca gente, parece claro que el mensaje a enviar allende las estrellas debería poseer una extremada simpleza. En este sentido, codificar dicho mensaje en forma de una serie de señales acústicas que correspondiesen a números enteros, como los números primos, por ejemplo, tal y como se refleja en la película Contact (Contact, 1997) parece bastante razonable. De hecho, fue la idea que concibió el mismísimo Carl Sagan, autor de la novela homónima en la que está basada la película de Robert Zemeckis.

La otra cara de la moneda representa a los alienígenas mismos. ¿Qué pasaría si fuésemos nosotros los que recibiésemos antes el mensaje? ¿Sabríamos interpretar “captadores de atención” como los siguientes?

  • 01101010001010001010001000001010000010001010…
  • 2, 71, 828, 1828, 45904, 523536, 0287471, 35266249, 775724709…
  • 77, 49, 36, 18, ?
  • 14, 15, 92, 65, 35, 89, 79, 32, 38, 46, 26, 43, 38 …

Fuente: Todas estas cosas y muchas más las he aprendido en "Aliens: la ciencia tras la vida extraterrestre", de Clifford Pickover, Robinbook, 2009. ¡Cuánto se aprende leyendo...!

P.D. Esta entrada formará parte del IV Carnaval de Matemáticas.

05 mayo 2010

El científico loco en el cine de ciencia ficción

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Quién no recuerda al Dr. Jekyll y su alter ego, Mr. Hyde, los protagonistas de la inmortal novela de Robert Louis Stevenson. O al Dr. Cyclops, empeñado en reducir de tamaño a incautos seres humanos; Victor Frankenstein, el hombre que quiso ser Dios; el Dr. Orloff, angustiado por las cicatrices que deforman el rostro de su hija y que le empujan a asesinar bellas mujeres para apropiarse de sus hermosas pieles; o Jack Griffin, quien descubre una fórmula que le permite volverse invisible.

Todos ellos constituyen ejemplos bien conocidos del denominado "científico loco" (mad doctor o mad scientist) que pululan por la pantalla de cine o entre las páginas de novelas de ciencia ficción. Pero ¿qué están haciendo aquí? Pues no gran cosa, no esperéis que os hable de ellos en más que unas pocas líneas como las del párrafo anterior. Simplemente os quiero decir que estoy preparando un nuevo libro, un libro en el que pretendo hacer una exhaustiva revisión de casi todos los científicos locos que han aparecido a lo largo de la historia del género cinematográfico de ciencia ficción. Todos ellos con sus ideas audaces, viles, enloquecidas, imaginativas, terribles; sus inventos más provocativos, atrevidos, insensatos, devastadores. Pretendo establecer una clasificación no demasiado amplia, según sus debilidades, sus pretensiones, sus sueños. Así, se pueden encontrar los que tienen ideas románticas, pero que salen mal por alguna causa; los malos, malos de verdad que únicamente pretenden dominar el mundo; los genios despistados y bonachones y algunas otras categorías más que ahora no os quiero desvelar.

Por otra parte, asimismo, tengo la intención de filosofar, de divagar un poquito en el libro acerca de la imagen que presentan o nos ofrecen los distintos estereotipos del científico que se reflejan en la pantalla de cine. Una imagen que, desafortunadamente, ha contribuido y sigue contribuyendo a la opinión que la gente "común" (los científicos no profesionales) mantiene sobre nosotros y que creo que nos es claramente desfavorable en la mayoría de las situaciones. En muchas conversaciones que he mantenido en infinidad de ocasiones con personas ajenas a la labor científica, he constatado que la imagen que se tiene del científico es, normalmente, la de una persona del sexo masculino (afortunadamente, esto comienza a cambiar poco a poco), solitaria, un tanto aislada del resto del mundo, un tanto friki, todo el día envuelto en pensamientos fuera de la realidad y rodeado de cachivaches o fórmulas matemáticas. Si hacéis un repaso a la filmografía de la edad dorada del cine de ciencia ficción (la década de los años 50 del siglo pasado), podréis comprobar que este era más o menos el estereotipo del científico protagonista de dichas películas. Los científicos siempre eran hombres y se dejaba para las mujeres el papel de asistentes, secretarias o esposas. Normalmente, los científicos trabajaban solitos en sus laboratorios, que curiosamente siempre tenían en el sótano o en el desván de su propia vivienda. Allí trabajaban sin descanso día y noche, en absoluto aislamiento hasta que daban a luz sus ideas más locas. Estas terminaban casi siempre en un resultado abominable.

Bien, después de esta parrafada cuya única y "loca" pretensión es la de abriros el apetito por el libro (por cierto, aún no tengo ni editor confirmado), paso a sugeriros un juego, que espero os guste. Se trata de que propongáis en un breve comentario cuál es vuestro "científico loco" favorito. Además, como sé a buen seguro que tan sólo unos cuantos de vosotros os sumaréis a esta idea, colgaré una nueva llamada con una frecuencia aproximadamente mensual, para que todos aquellos que se quieran sumar en cualquier momento lo puedan hacer. Prometo que todos los personajes que propongáis aparecerán seguro en el libro, junto con otros cientos que tengo yo localizados. ¡Ánimo!

03 mayo 2010

El consultorio del profesor Enigma (12): Solución

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En fin, que después del comentario de Arturo en el post anterior, y a quien tuve el gusto de conocer hace un par de semanas en las Jornadas de Blogs y Ciencia de Granada, poca cosa me queda por añadir.

Sin embargo, lo intentaré, como deferencia para todos aquellos que no leéis los comentarios, tan sabios en ocasiones, que dejan caer por aquí los siempre inteligentes lectores de este blog.

Bien, en la propuesta del gazapo que os dejaba hace unos días, os decía que prestarais especial atención a los minutos 2:00 y 5:00. En el primero de ellos se puede ver cómo el Sol comienza a ascender por el horizonte e incide sobre las superficies planas de unos pilares en forma de prismas. Estas peculiares estructuras han sido construidas por las hormigas con la osada intención de dirigir el calor del astro rey hacia la cúpula en cuyo interior se encuentran nuestros protagonistas de la película titulada Sucesos en la cuarta fase (Phase IV, 1974) y dirigida por Saul Bass. En el segundo fragmento, durante la conversación que mantiene el doctor Hubbs con el experto en comunicación James Lesko, aquél advierte a éste de que la temperatura ha ascendido 5 grados en una hora y media.

Aprovecharé estas circunstancias para comentar algunas cosas que quizá os interesen y que pueden aprovecharse para divagar un poquito y entretenerse en clase, por ejemplo. En primer lugar, cabe preguntarse por la posibilidad de que la temperatura aumente a ese ritmo. Surge inmediatamente una duda que siempre tiene lugar cuando uno ve una película de habla inglesa: ¿se trata de grados centígrados o de los puñeteros Fahrenheit que usa esta gente? Ya está la discusión montada en clase. A continuación, se plantea el número y tamaño de los prismas que reflejan la luz solar. Hay escenas en la película a partir de las cuales se pueden estimar. Yo me he decantado por 20 prismas, cada uno de un metro cuadrado de superficie. Esto hace un total de 20 metros cuadrados. Lo siguiente es saber la cantidad de energía calorífica que son capaces de reflejar y dirigir hacia la cúpula donde está instalado el laboratorio. Así que hay que investigar un poquito.

Se puede considerar que toda la energía calorífica que llega a nuestro planeta procede del Sol. A la cantidad de energía recibida por unidad de tiempo y de superficie se la conoce como constante solar. Para que la definición sea rigurosa, la medición ha de llevarse a cabo en la parte externa de la atmósfera y en un plano que sea perpendicular a los rayos solares. Cuando se hace esto, el valor obtenido es de unos 1366 W/m2. La forma de calcularla incluye el uso de la conocida ley de Stefan-Boltzmann, siempre que se suponga que la temperatura efectiva del Sol es de unos 5800 K y se conozcan tanto la distancia Sol-Tierra como el radio del primero. Como la Tierra únicamente recibe la luz en su cara diurna y ésta corresponde a la superficie de un círculo, en realidad la potencia por unidad de área que llega a la Tierra es la cuarta parte de la constante solar, es decir, unos 342 W/m2. Ahora bien, no toda esta energía alcanza el suelo de nuestro planeta. Aproximadamente, un 22,5 % es reflejada por las nubes o es difundida por el aire, otro 19,6 % es absorbido por la atmósfera. Así que a tierra llegan unos 198 W/m2. Además, de éstos, 168 son absorbidos por el suelo y los otros 30 reflejados.

Volvamos de nuevo a nuestra disquisición. Redondeemos la cantidad anterior por 200 W/m2. Así pues, como los prismas son planos, podemos considerarlos como espejos perfectos y suponer que son capaces de reflejar toda esta potencia íntegramente hacia la cúpula semiesférica. No la concentran como podrían hacer espejos parabólicos o esféricos, de forma similar a como puede concentrar la luz una lupa con la que todos hemos liquidado hormigas cuando niños (quizá por eso ahora las hormigas de la película se intenten vengar de una forma tan sofisticada). Bien, con las suposiciones anteriores, la potencia dirigida por los prismas es de 4000 watts, más o menos 40 bombillas de 100 watts cada una. ¿Se puede elevar la temperatura 5 grados (sean del tipo que sean) en 90 minutos (5400 segundos)? ¿Qué tamaño ha de tener la cúpula? Os dejaré el post abierto para que sigáis vosotros mismos con la investigación, especialmente los que os dediquéis a la docencia. Vuestros estudiantes disfrutarán con el trabajo. Al menos eso quiero creer…