Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
El mundo aún no está preparado para un blog como éste.
30 noviembre 2010
Asteroides por todas partes
| Reacciones: |
26 noviembre 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (18ª solución): Nuestra estrategia de búsqueda no es la correcta
| Reacciones: |
Aun en el hipotético caso de que una CET estuviera emitiendo señales de radio y nosotros sintonizáramos los canales correctos, ¿hacia dónde deberíamos apuntar con nuestros telescopios? Resultaría descorazonador apuntar a Sirio cuando la civilización que vive en Vega estuviese tratando de captar nuestra atención. Hay dos posibles estrategias a seguir: o bien apuntar a estrellas individuales o bien llevar a cabo un barrido sistemático de todo el cielo. Evidentemente, la sensibilidad de una búsqueda de este segundo tipo es claramente inferior a la del primero.
El proyecto pionero Ozma de Frank Drake solamente escudriñaba dos únicas estrellas: Tau Ceti y Epsilon Eridani. Más recientemente, el proyecto Phoenix explora cerca de un millar de estrellas de tipo solar en un rango de unos 200 años luz, desde 1,2 a 3,0 GHz con un incremento de 0,7 Hz. En total, más de 2500 millones de canales. Sin embargo, la mayoría de proyectos SETI actualmente operativos son del tipo barrido y los que se planean para el futuro también. ¿Nos estamos equivocando? ¿Quizá no estamos encontrando signos de CETs porque no buscamos con la sensibilidad suficiente?
Pues parece ser que no estamos del todo equivocados. Según un trabajo de Nathan Cohen y Robert Hohlfeld publicado en la revista Sky and Telescope en 2001, la estrategia correcta consiste en mirar a cuantas más estrellas sea posible. La estrategia se basa en el siguiente argumento: en la naturaleza, a menudo, encontramos que los objetos con un valor grande de alguna cierta propiedad son raros, mientras que los objetos con un valor pequeño de esa misma propiedad abundan. Así, las brillantes estrellas de clase espectral O son escasas y, en cambio, las débiles estrellas de clase M parecen ser ubicuas. ¿Cuáles de todos estos objetos resultan más fácilmente detectables? Bien, todo depende de la intensidad de las fuentes raras en comparación con las más comunes. Un buen ejemplo de esto lo constituyen los objetos tipo cuásar, fuertemente emisores de ondas de radio, incluso a las inimaginables distancias a las que se encuentran.
Permanece, no obstante, una cierta sensación de desasosiego con los rastreos globales del cielo y tiene que ver con la frecuencia concreta a la que deberíamos prestar atención. En la 17ª solución a la paradoja de Fermi ya hablamos de la banda de frecuencias conocida como "el charco", donde se concentran la gran mayoría de las búsquedas en otras galaxias. Pero quizá exista una frecuencia mejor para la comunicación intergaláctica y es la que propusieron en 1973 Drake Y Sagan: los 56,8 GHz. Esta frecuencia está íntimamente ligada al fondo cósmico de microondas. Si una CET de una galaxia lejana emitiese en una frecuencia relacionada con la anterior, seguramente sería detectada en cualquier instante futuro. Por otro lado, no tendría mucho sentido buscar en galaxias demasiado lejanas (recordad que cuanto más lejor miramos en el universo, más atrás en el tiempo nos remontamos) ya que en ellas quizá no haya transcurrido el tiempo suficiente como para haberse desarrollado una CET suficientemente avanzada. Desafortunadamente, la atmósfera terrestre muestra una gran absorción por parte del oxígeno en la banda de los 60 GHz, lo cual quiere decir que nuestros radiotelescopios no pueden buscar en la frecuencia de 56,8 GHz. Nuestra única opción consiste en hacerlo desde el espacio.
Finalmente, no se puede dejar de señalar uno de los mayores desarrollos en este campo desde el proyecto Ozma. Se trata de SETI@home, fundado por David Gedye, que ha captado como ninguno el entusiasmo de cientos y cientos de miles de aficionados. Estos participan descargando un programa en sus ordenadores de casa y/o de la oficina. El programa, en sus inicios funcionaba como un salvapantallas ordinario cuando el ordenador estaba "inactivo"; realiza análisis y cálculos de paquetes de datos tomados por el radiotelescopio de Arecibo. Actualmente, se encuentra integrado en la plataforma BOINC, junto a otros muchos y variados proyectos de búsqueda. Una vez completado el paquete, éste se envía de nuevo a SETI@home, donde se integra con el resto de los resultados procedentes de todo el mundo. SETI@home constituye, así pues, el mayor y más potente de cuantos ordenadores virtuales hay en el mundo. Su inmensa potencia de cálculo ha permitido a los astrónomos llevar a cabo una de las búsquedas más afinadas de CETS jamás lograda hasta la fecha. De hecho, el programa rastrea una banda de frecuencias centrada en 1,42 GHz y con una anchura de 2,5 MHz a intervalos de tan sólo 0,07 Hz.
Así y todo, aún no hemos logrado escuchar nada en absoluto...
NOTA: Agradezco a Manuel (Ciencia Kanija) como es debido la puntualización referente a SETI@home y BOINC.
24 noviembre 2010
Si sabes física puedes ser un buen asesino...
| Reacciones: |
Ayer, 23 de noviembre, se cumplieron 4 años de la muerte de Alexandr Litvinenko, el exagente del FSB ruso. La noticia alcanzó las portadas de todos los grandes medios de prensa de todo el mundo. Había sido envenenado con una sustancia radiactiva denominada polonio-210.He escrito un pequeño post en Amazings.es con la intención de explicar un poquito la física involucrada en aquel cruel y espantoso crimen. ¡¡Podéis disfrutarlo aquí!!
23 noviembre 2010
El consultorio del profesor Enigma (14): Solución
| Reacciones: |
Tras unos días muy ajetreados en los que se ha celebrado una nueva edición de la Semana de la Ciencia en toda España y en la que he vuelto a tener el privilegio de colaborar impartiendo tres conferencias tituladas "La física de lo... ¿imposible?", heme aquí otra vez dispuesto a retomar el asunto que había dejado pendiente.En esta ocasión se trataba de una escena de la película Dune (Dune, 1984), dirigida por el singular David Lynch. En esta escena de acción aparece uno de los iconos de la ciencia ficción: el escudo de fuerza. No comentaré nada especial acerca de su fundamento teórico ya que el tema lo abordé en una ocasión anterior, dedicándole un par de entradas que os invito, si es que aún no lo habéis hecho, a leer.
Bien, una vez dejadas claras las bases, paso inmediatamente a comentar la escena en cuestión. En ella vemos al joven Paul Atreides siendo adiestrado en la lucha con escudo por Gurney Halleck. Pulsando un botón alojado en los cinturones de ambos contendientes, éstos se ven rodeados en el acto por una especie de estructura en forma de prisma rectangular que les protege ante los golpes de su rival. Tras un intercambio de mamporros, chispas y demás pirotecnia, ambos luchadores quedan atrapados en una situación sin aparente salida. Y en este preciso momento, Gurney le enseña a su joven e inexperto discípulo que el escudo puede ser atravesado por un arma intoducida en él lentamente, siendo rechazada en caso contrario, es decir, cuando el golpe se ejecuta de forma rápida y repentina.
¿Hasta qué punto es razonable la afirmación de Gurney? ¿Posee alguna base científica o, por el contrario, se trata una vez más de pura palabrería digna de la más audaz ciencia ficción? Veamos.

Aunque ya sois conscientes de las dificultades que presenta diseñar una estructura como es un campo de fuerzas, vamos a ignorarlas todas y supondremos que éste tiene un origen magnético, es decir, representa una zona del espacio (no entraré a considerar la disposición geométrica del propio campo de fuerza, porque es un aspecto irrelevante para lo que quiero contaros) en la que se ha establecido (por el método que sea) un campo magnético. La forma de visualizar una región del espacio como ésta consiste en suponer que dicho campo crea líneas de fuerza cuya influencia sobre los objetos presentes disminuye con la distancia, a medida que nos alejamos de la fuente que da lugar al campo.
Cuando se introduce un objeto metálico, conductor de la electricidad, en la región de influencia de un campo magnético, se generan en el primero una serie de corrientes eléctricas denominadas corrientes de Foucault. El efecto que producen estas corrientes que comienzan a circular por el interior del objeto metálico es el de crear su propio campo magnético. Y aquí viene la parte buena, porque este campo magnético inducido es tal que produce una fuerza que se opone a que el cuerpo metálico siga penetrando en la región "protegida" por el campo magnético original. Más aún, se puede demostrar (tal como se demuestra aquí, por ejemplo) que la fuerza que rechaza al objeto metálico es mayor cuanto más grande sea la velocidad a la que éste se introduce, frenándolo al mismo tiempo que lo calienta. Es precisamente esta energía disipada en forma de calor la que reduce la velocidad del cuerpo "invasor".
No tenéis más que identificar el campo magnético original con el escudo de fuerza y el cuchillo con el objeto metálico del párrafo anterior para entender perfectamente que la escena reflejada en la película posee un fuandamento científico bastante serio (y esto es de celebrar). Si el arma se introduce a demasiada velocidad en el escudo, las corrientes de Foucault se encargan de rechazarla de forma violenta, protegiendo al luchador amenazado. En cambio, si el cuchillo se introduce lentamente, la fuerza repulsiva a que dan lugar esas mismas corrientes eléctricas inducidas no será suficientemente intensa como para detenerlo y penetrará sin remedio. Lo malo es que si ambos contendientes conocen el secreto, el duelo tendrá lugar de tal forma que el escudo no presentará ventaja alguna y resultará completamente superfluo. ¿No os parece?
15 noviembre 2010
El consultorio del profesor Enigma (14)
| Reacciones: |
Hace ya muchas semanas que no os proponía ninguno de los desafíos de la sección "El consultorio del profesor Enigma". Bien, creo que ésta es una buena ocasión para hacerlo, ya que tengo unos días bastante ocupados con la "Semana de la Ciencia" que se celebra todos los años por estas fechas y de la que soy un asiduo colaborador como conferenciante. En esta edición lo haré con tres conferencias tituladas "La física de lo ¿imposible?", que se celebrarán mañana día 16 y el jueves día 18 a las 10:00 en el Edificio Severo Ochoa en el Campus de "El Cristo" de la Universidad de Oviedo. Sus destinatarios principales son los chavales de ESO y Bachillerato, pero siempre que haya aforo podrán asistir algunas personas más. La tercera de las conferencias, organizada en colaboración con la delegación de estudiantes en Asturias de la Real Sociedad Española de Física, tendrá lugar en la Facultad de Ciencias también el próximo jueves a partir de las 16:00. Os espero a todos los que podáis y queráis acudir. En fin, voy al grano. Aquí os dejo una escena mítica de la película Dune (Dune, 1984) en la que quiero que penséis durante estos días tan ajetreados. Como no he podido encontrar un fragmento doblado al español, he decidido traducirlo libremente y justo debajo os regalo la transcripción. Corresponde al metraje comprendido entre los minutos 3:10 y 4:30. Espero que sirva de ayuda a la hora de discutir la escena y resulte más fácil vuestra aportación. No es nada sencillo, ya lo advierto. ¡Suerte y hasta dentro de unos días!
- Nada de música. Voy a guardarlo para el viaje. Prácticas con escudo.
- Gurney, Ya hemos practicado esta mañana. Ahora no estoy de humor.
- ¿No estás de humor? El humor es válido para las bestias y para el amor, no para la lucha.
- Lo siento, Gurney.
- No basta con que lo sientas.
- ¿Qué le pasará a Gurney? No está fingiendo.
- Y ahora, defiéndete en serio...
- ¿Es esto lo que quieres?
- Bien, la hoja sólo atraviesa el escudo lentamente. Pero mira... nos hemos unido los dos en la muerte. Parece que ya has hallado el talante.
11 noviembre 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (17ª solución): Están transmitiendo pero no sabemos en qué frecuencia tenemos que escucharles
| Reacciones: |
Si las CETs utilizan verdaderamente ondas o radiación EM para comunicarse con otras, entonces existen varios tipos diferentes de señales que podemos rastrear. La más fácil de detectar sería aquella que los alienígenas enviasen deliberadamente hacia nosotros. No resulta demasiado osado suponer que una CET cercana decidiese enviar señales en dirección al Sol, una buena estrella candidata a albergar planetas con vida. Al fin y al cabo, nosotros mismos somos capaces de detectar planetas extrasolares de determinado tamaño, similares a Júpiter o Saturno. Un segundo tipo de señal sería aquella que no tuviese, en principio, ninguna intención de comunicarse con otras posibles CETs, algo similar a lo que sucede con nuestras propias transmisiones de radio o televisión, las cuales viajan al espacio aunque no sea el propósito principal para el que fueron creadas.
Con nuestro nivel actual de desarrollo tecnológico, no tiene demasiado sentido buscar señales de este tipo. Deberíamos centrarnos en hacer, en primer lugar, lo más sencillo y esto no es otra cosa que intentar detectar señales enviadas con el claro e inequívoco propósito de comunicarse. Ahora bien, ¿en qué longitud de onda optarán las CETs por transmitir? ¿En qué frecuencia debemos escuchar?
Lo primero que hay que tener en cuenta es que el espectro electromagnético es tremendamente amplio. La luz visible, que abarca desde los 750 THz (violeta profundo) hasta los 430 THz (rojo), tan sólo constituye una minúscula región del mismo. Los rayos ultravioletas, los X y los gamma poseen frecuencias aún más altas, hasta unos cinco órdenes de magnitud más que el color rojo. Por el contrario, los infrarrojos, las microondas y las ondas de radio se encuentran en el extremo opuesto, con frecuencias que caen hasta los 100 MHz.
Los seres humanos empleamos todas estas frecuencias para muy diferentes propósitos, desde aplicaciones médicas hasta la apertura de una puerta de garaje. Parece haber una determinada frecuencia para cada cosa. Así que ¿cuál es la más adecuada para las comunicaciones interestelares?
A finales de la década de los años 1950, Philip Morrison y su colaborador Giuseppe Cocconi fueron de los primeros en plantearse la cuestión anterior. Se les ocurrió la idea de utilizar los rayos gamma, cuya ventaja principal consistía en que pueden atravesar el polvo interestelar presente en el plano de la galaxia. ¿Por qué no enviar un haz de radiación gamma al espacio?
Asimismo, consideraron todo el resto de frecuencias del espectro EM. Concluyeron que la luz visible no resultaba muy apropiada ya que se confundiría fácilmente con la procedente de las estrellas. Los telescopios de rayos aún no existían por entonces, así que optaron por la banda de las ondas de radio. El radiotelescopio de Arecibo, con su gigantesca antena, parecía el instrumento más apropiado de la época.
Aun centrándose en la región del espectro EM correspondiente a las radioondas, el rango de frecuencias aún era demasiado amplio, desde 1 MHz hasta 300 GHz y esto eran malas noticias. Si una CET optase por transmitir debería hacerlo en un margen estrecho de frecuencias ya que, en caso contrario, la señal quedaría oculta por el ruido de fondo, al igual que sucede cuando se intenta sintonizar una emisora en un aparato receptor doméstico mientras se encuentra gran cantidad de ruido entre cada par de emisoras bien definidas.
Las fuentes naturales que emiten en un rango más estrecho de frecuencias son los denominados máseres interestelares (su ancho de banda ronda los 300 Hz); cualquier cosa con un ancho de banda inferior bien podría constituir una señal procedente de una CET.
Tampoco tendría mucho sentido emplear un ancho de banda inferior a 0,1 Hz ya que en este caso los electrones presentes en las nubes de polvo interestelar tenderían a dispersar la señal. Así pues, tenemos un enorme número de radiocanales en el que buscar durante mucho tiempo, quizá demasiado. No obstante, Cocconi y Morrison también se dieron cuenta de que por debajo de 1 GHz la galaxia es extremadamente "ruidosa", mientras que por encima de 30 GHz la que resulta "bulliciosa" es nuestra propia atmósfera. Si una CET nos enviase señales de frecuencia superior a estos 30 GHz, probablemente no fuésemos capaces de detectarlas ni de identificarlas debidamente. De hecho, la región más "silenciosa" se sitúa entre 1 GHz y 10 GHz. Lo más razonable parece buscar ahí justamente.
Aún refinaron más el rango de frecuencias. señalaron que las nubes de hidrógeno neutro emiten radiación fuertemente a 1,42 GHz (la línea del hidrógeno). Cualquier civilización inteligente sabría esto ya que el hidrógeno es el elemento más abundante en el universo. Poco después, se dieron cuenta de que el radical hidroxilo radia a 1,64 GHz. Como el hidrógeno y el hidroxilo pueden unirse para formar moléculas de agua, símbolo de vida, parecía bastante lógico buscar entre estos dos valores de la frecuencia, entre 1,42 GHz y 1,64 GHz. A esta región pasó a denominarse "el charco".
Más o menos por la misma época en que Cocconi y Morrison realizaban sus estudios teóricos, Frank Drake los llevaba a la práctica y se dedicaba a escuchar en esas mismas frecuencias. Utilizando el telescopio de Green Bank, apuntó hacia dos estrellas: Tau Ceti y Epsilon Eridani. Su proyecto Ozma fue el primer intento por detectar las señales procedentes de una CET. Había nacido el proyecto SETI.
En la actualidad, desafortunadamente, la situación parece mucho más complicada. Los astrónomos han descubierto miles de líneas espectrales que emanan de más de 100 tipos de moléculas distintas en el espacio interestelar. Ejemplos importantes incluyen los 22,2 GHz a los que tiene lugar una determinada transición de la molécula de agua; igual interés presentan los múltiplos de la frecuencia correspondiente a la línea del hidrógeno. Lo cierto es que, aunque muchos autores piensan que "el charco" es el lugar natural para buscar, podemos perfectamente vernos forzados a intentarlo en toda la ventana, desde 1 GHz hasta 30 GHz.
A lo largo de los más de 40 años que llevamos escuchando, ninguna señal inequívocamente extraterrestre y de origen inteligente ha sido aún identificada. Pero esto no significa necesariamente que no se hayan detectado. De hecho, el mismo Frank Drake fue testigo de la detección de una procedente de Epsilon Eridani, al poco tiempo de comenzar su observación. Finalmente, la señal fue atribuida a un origen terrestre. Aunque quizá la señal más famosa sea sin duda la célebre "Wow!" que el 15 de agosto de 1977 encontrase Jerry Ehman en el observatorio Big Ear de la universidad estatal de Ohio. Un pulso intenso de 37 segundos de duración. Aún hoy en día no se sabe a ciencia cierta cuál fue su origen, aunque lo más probable es que se tratase de un satélite artificial. Nunca más volvió a encontrarse un segundo pulso procedente de la misma región del cielo.
Todo lo anterior parece de lo más razonable y parece estar bien fundamentado. Ahora bien, ¿no podría también existir una alternativa a las emisiones de radio, igualmente atractiva para los alienígenas? La respuesta es afirmativa.
A principios de la década de 1960, Arthur Schawlow, Charles Townes y Theodore Maiman descubrieron la radiación láser. Aunque los primeros dispositivos eran bastante toscos, en la actualidad resulta evidente que una CET podría perfectamente optar por comunicar su presencia mediante el empleo de pulsos láser, prefiriendo incluso este método al de las señales de radio. No solamente podría mantenerse a lo largo de distancias interestelares, sino más importante aún, representaría una prueba inequívoca de una señal artificial, de origen no natural creada por una raza inteligente. Podríamos, pues, crear una especie de SETI a frecuencias correspondientes a la región visible del espectro EM.
Esto es lo que ha hecho, en realidad, Stuart Kingsley con su proyecto COSETI. Los astrónomos profesionales han prestado atención a la sugerencia (parece ser que el equipo necesario podría estar al alcance de los aficionados) y están comenzando a desarrollar proyectos a gran escala.
Otros más audaces y osados, como John Ball, han llegado a sugerir que los fogonazos de rayos gamma que podemos contemplar desde la Tierra constituyen señales de CETs. Por contra, casi todos los astrofísicos se muestran de acuerdo en que su origen es natural.
En más de 40 años de búsqueda a lo largo y ancho de billones de canales de frecuencia no hemos encontrado nada. El silencio continúa. Algunos autores afirman que estos resultados negativos no tienen otro significado que la absoluta ausencia de civilizaciones avanzadas de tipo K2 o K3, no sólo en nuestra galaxia, sino también en nuestro Grupo Local de galaxias. Resulta discutible, por supuesto. Lo que asimismo parece no menos cierto es que, si dentro de unos cuantos años más, el sielncio persiste, podremos descartar casi con toda seguridad la existencia de civilizaciones de tipo K1 en un radio aproximado de unos 100 años luz...
08 noviembre 2010
Yo no soy Carl Sagan y esto no es un blog de ciencia...
| Reacciones: |
Con todo mi agradecimiento y admiración para mi segunda neurona, PilarZ, la única mujer del mundo hecha de auténtica aleación Z. Sin su empujón no lo hubiera escrito. Tete, a ti también te quiero y te admiro.Hace días que este post me ronda la cabeza, pero en cada ocasión que me he situado delante del teclado de mi ordenador a escribirlo no sabía muy bien cómo comenzar y siempre acababa dejándolo para otro momento. Así que pensé: ¿por qué no comenzar justamente así, explicando mi incapacidad para llevar a cabo lo que pretendía? Y aquí estoy, con el primer párrafo escrito. Ahora ya es todo mucho más fácil.
Bien, pasado el mal trago y vencido el célebre síndrome de la página en blanco, dejadme que os cuente unas cuantas cosas que me bullen en mi interior y que no puedo aguantar por más tiempo. Hace unas semanas alguien me dijo en Twitter (ahora no recuerdo quién fue exactamente, pero esto tampoco es relevante) que este blog era lo más parecido a Carl Sagan. La verdad es que sufrí una sacudida y no daba crédito a lo que estaba leyendo. Compararme a mí con uno de mis ídolos de juventud, uno de los maestros de tantas y tantas generaciones de personas aficionadas a la ciencia y a su divulgación a lo largo y ancho de todo el mundo. Pensé que era muy bonito, un piropo tremendo y me sentí muy halagado. Pero una vez pasada la euforia, me detuve por un momento a reflexionar y, por supuesto, caí en la realidad, en la terrible, acerada y dura realidad. Por supuesto, no soy digno ni en un uno por ciento. ¿Quién demonios soy yo? ¿Qué es exactamente este blog? ¿Cuál es nuestra misión? ¿Tiene sentido alguno escribir esta página? ¿Para qué y para quiénes? ¿Realmente desempeñamos, tanto FCF como yo mismo, un trabajo que merezca la pena, que sirva de faro a alguien que lo necesite de veras? ¿Se nos echaría de menos si desapareciésemos?
No son preguntas meramente retóricas, no os vayáis a pensar. Son interrogantes que me pasan continuamente por la cabeza, pero sé de sobras que las respuestas pueden ser de todas las clases, tanto en un sentido como en el contrario. Soy consciente de que hay gente que lee FCF y gente a quien gusta FCF, incluso a la que le gusta mucho FCF. Pero, siendo sinceros, ¿esa gente necesita de veras FCF? Sinceramente, no lo creo. La blogosfera está cada día más llena de blogs de divulgación científica, de estupendos blogs de divulgación científica. Cierto es que casi ninguno son como éste, y me explico: unos traducen artículos de otras webs y nos los hacen llegar estupendamente en el idioma de Cervantes; otros se dedican a contarnos de forma más o menos agradable y amena curiosidades científicas llamativas, chocantes, impactantes; en algunos casos hay blogs más sesudos y profundos, no al alcance de todo el mundo, que intentan hacernos llegar las últimas publicaciones de las revistas científicas más prestigiosas. Pero FCF es distinto a todos ellos. Y es que este blog no se limita a ser un noticiario (y no quiero restar un ápice de interés y mérito a esta labor, absolutamente necesaria), sino que intenta, y yo lo hago con la mayor ilusión e interés de lo que soy capaz dentro de mis limitaciones, incluir esas noticias en los posts de forma sutil, haciendo que formen parte del propio cuerpo del post. Y más importante que esto es la labor educativa, formativa de FCF. Aquí no sólo se dan noticias, no sólo se integran los últimos descubrimientos procedentes de las más recientes publicaciones. Aquí se explican las leyes de la física, los principios rigurosos que están detrás de esas publicaciones prestigiosas.
Hace unos días leí una web donde se decía que FCF no es un blog de ciencia, sino más bien de sociedad, donde se corta y se pega de otros sitios, donde no se citan las fuentes ni las referencias bibliográficas utilizadas. No os diré la procedencia de semejantes comentarios porque no quiero hacerle publicidad en absoluto a semejante mentecato ignorante y atrevido, pero en cambio sí que tengo que reconocer que quizá no le falte un poquito de razón. Probablemente dicho comediante no tenga muy clara la definición de ciencia, ni tampoco la de sociedad. Quizá semejante panoli sabiondo de pacotilla formado en alguna escuela de mediocres no distinga muy bien entre lo que sale de mi cerebro y es creación absoluta y original de mi propio intelecto y lo que piensa que hacen los demás (él incluido). Seguramente este anormal poco dotado intelectualmente piense que cada vez que comento y explico por qué Superman no puede levantar la falla de San Andrés y acudo a las centenarias leyes de la mecánica newtoniana, debo citar sin remedio los Principia Mathematica de sir Isaac Newton. Pues no, amigo mío, no. Estás muy equivocado. Se citan fuentes cuando tu trabajo está claramente inspirado en el de otros, no cuando aplicas tus milenarios conocimientos a resolver problemas y cuestiones que te planteas en determinado momento, aunque otros se las hayan planteado antes que tú. ¿O acaso hay que citar a Pitágoras cada vez que movemos el sofá de una esquina a otra de nuestro salón cruzando en diagonal, en lugar de llevarlo a lo largo de las paredes laterales? ¿Hay que citar los Elementos de Euclides en cada ocasión que empleemos la geometría en nuestra vida diaria? ¿Dónde está escrito que las fuentes tengan que ir necesariamente colocadas al final del post? ¿No sabes que una fuente se puede citar en el propio campo del texto, en forma de hiperenlace? ¿O es que eres tan sumamente necio que no admites formas nuevas y originales de cita y/o referencia?
Aún me sigo preguntando qué entiende exactamente este individuo por un blog de ciencia. ¿Será una versión de Nature o Science, en versión web? ¿Tiene que hacer ciencia un blog de ciencia? ¿No sirve contar ciencia, simplemente ( y no es poco)? Si esta es su definición de blog de ciencia, entonces estoy de acuerdo con el autor de las críticas. Pero entonces también tengo que decir que, personalmente, no conozco ningún blog de ciencia. ¿Existe alguno? ¿Quién hace ciencia en su blog? ¿La hace Phil Plait, el celebérrimo autor de Bad Astronomy? Seguramente sí, ya que en su último libro "La muerte nos llega del cielo" no cita absolutamente fuente alguna, ni referencia bibliográfica ni nada que se le acerque. Quizá haya investigado por sí mismo y haya llegado personalmente a todos los resultados de investigación de los que habla en el texto. ¿Quién lo sabe? También tengo libros en mi biblioteca particular que se disculpan al principio por no citar todas sus fuentes, pues las han perdido o simplemente no las recuerdan. ¿Debo llevarme las manos a la cabeza y enloquecer dando gritos y clamando venganza? ¿Debería renunciar a hablar o escribir sobre algo que aprendí alguna vez en algún sitio que no recuerdo y que ya forma parte de mi conocimiento asimilado?
Lo que sí sé y muy bien es que todos mis artículos, todos mis trabajos los tengo escritos a mano de mi puño y letra en cuadernos de papel. Todos y cada uno de ellos comienzan por la fuente original de donde salió la información, escrita en brillante tinta roja. Pero no se trata de copias, ni plagios. Siempre pretendo utilizar esas fuentes para ir más allá de donde lo dejaron sus autores. Siempre persigo un fin didáctico, divulgativo y, sobre todo, sincero y honesto con mis lectores. En determinadas ocasiones lo consigo mejor y, en cambio, otra veces la cosa no funciona tan bien como desearía. Pero de aquí a decir que este blog se basa en el "corto, copio y pego", que no es ciencia, va un mundo.
La ciencia es esa luz en la oscuridad de la que hablaba Carl Sagan, ese faro que ilumina nuestro camino por el universo, que nos hace mejores, más críticos, más escépticos. En definitiva, más seres humanos y menos animales irracionales. La ciencia no constituye únicamente un compendio de conocimientos rigurosos, basados en leyes universales, puestas a prueba una y otra vez. La ciencia es una forma de pensar, una manera de afrontar la vida, la privilegiada posición que se nos ha otorgado en el mundo, un estilo único e inconfundible de proceder. Se diferencia absolutamente de las pseudociencias, desafortunadamente cada vez más populares.
El papel de este blog está muy claro, desde el primer post que escribí ya hace casi cuatro años y medio. Su objetivo es el mismo que persigo en mis clases en la universidad: fomentar y desarrollar aptitudes y actitudes científicas en los cerebros de mis estudiantes. ¿Ambicioso? Puede, pero ¿qué se pierde por intentarlo?
No es una misión fácil, pero no por ello se ha de renunciar. Siempre me han gustado los retos, desde que descubrí que dentro de mi cráneo había algo capaz de pensar por sí mismo. Proponerme intentar llevar la física a personas de todo tipo de perfil intelectual puede ser osado, incluso pecar de iluso, pero bien sabéis que lo he intentado con todas mis fuerzas. Aún lo sigo intentando, pero últimamente he visto mis enormes fuerzas flaquear. Y entonces, como la mayor de las contradicciones, es cuando me ha vuelto a iluminar la luz de la razón y me he dicho: ¿Qué cojones? A la mierda todos los putos mediocres del mundo. Vale, yo no soy Carl Sagan y puede que este no sea un blog de ciencia. ¿Y a quién hostias le importa? Vale, a mí me importa, porque tengo un ego como un tren de mercancías, pero así y todo yo soy el menos importante. Lo verdaderamente importante es la ciencia. Y aquí va a seguir habiéndola, guste o no, agrade más o menos, salga de las fuentes que salga. Eso sí, serán citadas debidamente cuando sea menester. Como lo han sido siempre...
Fuente: Mi puto cerebro, Sergio L. Palacios (Ph. D.), Journal of mental taraos and absolutely superior intelects, Vol. 69, p. 69-96. November 2010.
04 noviembre 2010
50 soluciones a la paradoja de Fermi (16ª solución): Están transmitiendo pero nosotros no sabemos cómo escucharles
| Reacciones: |
La paradoja de Fermi no se refiere únicamente a la falta de evidencias de visitas extraterrestres, sino también a la falta de pruebas, de señales de su posible existencia. Si el viaje interestelar resulta, de hecho, irrealizable, algo que las CETs podrían llegar a descubrir relativamente pronto a lo largo de su historia, entonces ¿por qué ocultarse? No parece haber ninguna necesidad para temer una invasión por parte de otras CETs ya que éstas no pueden afrontar el viaje y, por tanto, no pierden nada por transmitir señales y, a cambio, la recompensa no es poca: comunicarse con civilizaciones igualmente avanzadas. Además, la telecomunicación es mucho más barata que el viaje interestelar. ¿Como es que aún no les hemos escuchado? Probablemente la razón sea que no tenemos ni idea acerca del tipo de señal concreta por la que optarían dar señales de su existencia y, consecuentemente, tampoco cómo escucharles. Al fin y al cabo, si una persona viajase desde los años 30 del siglo pasado a nuestra época y decidiese montar una emisora receptora de radio, ¿cómo sabría de la existencia de la FM, por ejemplo? ¿Y qué decir de los dispositivos basados en la radiación láser, las fibras ópticas o los satélites de comunicaciones?
¿No resultaría perfectamente posible que a nosotros nos sucediese algo similar con otras CETs? Más aún, ¿no podrían ellas optar por ocultar, de alguna manera, sus transmisiones a las civilizaciones poco desarrolladas como la nuestra para no interferir en nuestro desarrollo?
Evidentemente, la cosa cambia si lo que pretenden, por el contrario, es ser escuchados. Una cosa sí debemos dar por sentado y es que todas las civilizaciones deben obedecer las mismas leyes de la física en cualquier lugar del universo. Así, el número y tipos de señales que se pueden llegar a utilizar no es tan amplio como podría pensarse en un principio. Examinaré a continuación cuatro clases: señales electromagnéticas (EM), ondas gravitatorias, haces de partículas y taquiones.
1. Señales EM
Parecen la forma más obvia de intentar establecer una comunicación. Las ondas EM se propagan a la máxima velocidad posible (la velocidad de la luz) y pueden hacerlo a lo largo y ancho de las enormes distancias intergalácticas. Si no fuera así no veríamos las estrellas y galaxias que, de hecho, vemos en el cielo.
Los seres humanos empleamos prácticamente la totalidad del espectro EM en nuestras observaciones astronómicas: infrarrojo, visible, rayos X y gamma, etc. ¿Por qué no vamos a poder hacer lo mismo que hacemos con objetos naturales con las hipotéticas señales artificiales procedentes de otras CETs? De hecho, ya tratamos en un post anterior la posibilidad de que los alienígenas construyesen esferas de Dyson. Pues bien, la esfera debe radiar hacia el exterior la energía que toma prestada de su estrella central. Más probablemente en forma de radiación infrarroja a causa de su temperatura (sobre los 200-300 K). Así que una buena manera de encontrar estas radiaciones podría ser buscando en la banda de las longitudes de onda alrededor de los 10 micrómetros.
En 1991 los japoneses Jugaku y Nishimura publicaron un estudio sobre la búsqueda de potenciales esferas de Dyson en el catálogo de fuentes estelares emisoras de radiación infrarroja. En 1996 Mauersberger y sus colaboradores también publicaron sus resultados en el número 306 de la revista Astronomy and Astrophysics acerca de la búsqueda realizada a la frecuencia de 203 GHz. Ninguna de las dos publicaciones arrojó resultados inesperados. Al fin y al cabo, las CETs podrían muy bien conocer la forma de exprimir completamente la energía de su estrella y no dejar escapar radiación por encima de la correspondiente al fondo cósmico de microondas (próximo a una temperatura de 3 K). Aun así podríamos buscar puntos en el cielo que emitiesen justo por encima de esta temperatura residual del Big Bang.
En 1980 Whitmire y Wright propusieron otra solución. Supusieron que una CET que utilizase profusamente reactores nucleares de fisión para producir energía podrían optar por deshacerse de los residuos enviándolos a bordo de cohetes con el fin de arrojarlos sobre su estrella madre. En tal caso, cuando observásemos el espectro de esta estrella deberíamos encontrar rastros de elementos como el praseodimio o el neodimio. Y podríamos hacerlo durante miles de millones de años.
2. Ondas gravitatorias
Las dos únicas fuerzas fundamentales en el universo cuyo rango de acción es infinito son la electromagnética y la gravitatoria (las otras dos, las interacciones nucleares fuerte y débil, tan sólo presentan un alcance comparable a las diminutas dimensiones del núcleo atómico). ¿Por qué no optar por enviar señales de tipo gravitatorio para comunicarse?
Para construir un sistema de transmisión de ondas gravitatorias es necesario disponer de masas enormes (del orden de la masa de una estrella) y "perturbarlas" violentamente. No sabemos a ciencia cierta si una CET sería capaz de realizar semejante hazaña ni por qué iba a molestarse siquiera en intentarlo cuando, en definitiva, las ondas EM pueden llevar a cabo la misma misión y resultan mucho más fáciles de generar. Además, las ondas gravitatorias son mucho más difíciles de detectar. De hecho, en la Tierra todavía no lo hemos logrado y, si llegásemos a hacerlo con LIGO, aun así tan sólo será posible detectar los más violentos fenómenos astronómicos.
3. Haces de partículas
Los rayos cósmicos en forma de electrones, protones y núcleos atómicos, entre otros, pueden alcanzar la Tierra desde distancias interestelares sin problemas. Sin embargo, partículas cargadas eléctricamente no parecen constituir una forma de comunicación demasiado fiable ya que no sería posible garantizar el destino de dichas partículas. Los campos magnéticos presentes por toda la galaxia harían que sus trayectorias fueran completamente imprevisibles.
En cambio, los neutrinos (partículas subatómicas sin carga eléctrica) parecen una mejor opción, aunque ésta se desvanece cuando se considera lo extraordinariamente poco que interaccionan con la materia. Así y todo, los astrónomos han logrado desarrollar telescopios de neutrinos con los que han sido capaces de detectar estas elusivas y escurridizas partículas. ¿No podría una CET optar por enviar señales moduladas de haces de neutrinos? Quizá, pero una vez más cabe preguntarse de nuevo por qué no optarían mejor los alienígenas por hacerlo con la ayuda de ondas EM, mucho más baratas y menos exigentes desde el punto de vista tecnológico.
4. Taquiones
Podríamos, en todo caso, especular un tanto audazmente, que las CETs con un grado extraordinario de desarrollo científico-tecnológico serían perfectamente capaces de utilizar taquiones para comunicarse entre sí.
Si estas hipotéticas partículas existiesen y resultase posible modular un haz de ellas para transmitir información, sin duda constituirían una opción tremendamente atractiva en lo que respecta a las comunicaciones interestelares. Las señales taquiónicas obviarían de un plumazo la irritante pega del retraso de las señales electromagnéticas (que pueden llegar a ser de cientos o miles de años debido al valor finito de la velocidad de la luz). Desafortunadamente, no parece existir evidencia alguna de la existencia de taquiones.
Quizá ahí afuera hayan decenas de CETs comunicándose unas con otras mediante el empleo de ondas gravitatorias, neutrinos o incluso taquiones. O quizá estén enviando otras clases de señales con las que ni tan siquiera soñamos. Como no somos capaces de detectar estas señales, cabe la posibilidad que ésta sea la razón por la que aún no hemos escuchado a los alienígenas. Por otra parte, incluso para las civilizaciones avanzadas, la forma más lógica de comunicarse (siempre desde el punto de vista de los seres humanos, con nuestro actual grado de desarrollo) parece ser a través de las ondas EM. Son relativamente baratas, fáciles de producir y de detectar por civilizaciones más primitivas.
Por todas estas razones expuestas en los párrafos previos, deberíamos optar por sintonizar la radiación EM procedente de allende las galaxias. Ahora bien, siempre permanecerá en el aire una inquietante y perturbadora pregunta: ¿en qué frecuencia debemos escuchar?







