30 diciembre 2010

Queridos Reyes Magos: os pido que me traigáis un libro de divulgación y, por favor, cambiad el carbón por un universo en una cáscara de nuez

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Ahora que se acaba el año 2010 (odisea 2) y aprovechando estas patéticas fechas en que la gente suele hacerse regalos y esas otras memeces que me encantan, quiero compartir con todos vosotros algunas de mis lecturas desde la última vez que tuve el placer de recomendaros unos cuantos libros que engrosaran vuestras patéticas bibliotecas. Al fin y al cabo, casi todo lo que he aprendido en esta mierda de vida se encuentra bien en los libros, bien en la cama. Y como estoy seguro de que sobre esta última no aceptaréis ni consejos ni propuestas, me centraré en aquellos.

Veréis, desde el pasado mes de setiembre, en mis ratos libres han pasado por delante de mis redondas y lirondas gafas los siguientes libros que os comento muy brevemente a continuación:


¿Está usted de broma, señor Feynman? (Richard P. Feynman)

Un libro autobiográfico divertidísimo y plagado de anécdotas sobre la azarosa vida del premio Nobel de física, Richard Feynman. Ameno ensayo sobre cómo funcionaba una de las mentes más brillantes que ha dado la especie humana a lo largo de su historia. Dotado de una mente inquisidora perenne, en el libro nos relata con una gracia a prueba de bomba (colaboró activamente en el Proyecto Manhattan) sus experiencias científicas, pero también vitales: habilidoso descerrajador de cajas de caudales, miembro de una escuela de samba brasileña, ligón y pendenciero...

En resumen, un libro muy recomendable, aunque la edición en español esté un tanto plagada de multitud de erratas tipográficas.

Incertidumbre (David Lindley)

Una estupenda historia del desarrollo de la mecánica cuántica, en especial, de la que tuvo que ver con la escuela de Copenhague, liderada por Niels Bohr y en la que jugaron papeles decisivos físicos como Werner Heisenberg, Wolfgang Pauli, Albert Einstein y Erwin Schrödinger, entre otros.

Muy amena y recomendable cien por cien.

The Science of Heroes (Yvonne Carts-Powell)

Como el propio título indica, se trata de un libro en el que se repasan todos los superpoderes de los personajes de la popular serie de TV y se intentan justificar, discutir o rechazar sus supuestas bases científicas.

Libro para frikis sin remedio. No pude evitar leerlo.

In search of the multiverse (John Gribbin)

Libro extraordinariamente interesante y estimulante acerca del modelo de multiverso en la física moderna. Lectura breve, pero quizá excesivamente dura en algunos momentos. Difícil de entender para aficionados con escasa base.


El universo en una cáscara de nuez (Stephen Hawking)

No soporto a Hawking como divulgador. Creo que a medida que se hace mayor, nos gasta pesadas bromas con sus libros. Como no se puede reír con la cara, lo hace con las letras impresas. Los capítulos en los que habla sobre cuerdas, membranas, p-branas, curvas cerradas temporales y la puta madre de Tarzán en verso, son simple y llanamente tomaduras de pelo al personal. ¿He sido claro?

Eso no está en mi libro de ciencias (Kate Kelly)

El más flojito de todos (guiño, guiño: casi que prefiero a Hawking). No es de extrañar el título, ya que todo lo que se habla en el interior del libro no merece en absoluto estar en libro de ciencias alguno. Poquita ciencia y mucha historia de la idem. Debería de haberse titulado de otra forma. Lo compré engañado, lo leí engañado y le corregí multitud de erratas tipográficas. Completamente prescindible.

La guerra de los agujeros negros (Leonard Susskind)

Otra joya absoluta. La historia concerniente a la cuestión de si la información (en el sentido físico más absoluto del término) desaparece al evaporarse un agujero negro. Contada con pelos y señales por uno de sus protagonistas principales y explicada con una claridad cristalina. El mismísimo Stephen Hawking debería aprender de Susskind en todos los aspectos, como de hecho tuvo que hacer. Cómo la teoría de cuerdas o los principios de complementariedad de agujero negro y holográfico zanjaron la cuestión.

Los nuevos viajeros en el tiempo (David Toomey)

Un extenso repaso al viaje en el tiempo, desde el punto de vista de la relatividad general y también la mecánica cuántica. Por sus páginas desfilan todo tipo de artilugios para viajar en el tiempo (cilindros, tubos, agujeros de gusano, cuerdas cósmicas, etc.), paradojas, autoconsistencia, violación de la causalidad y muchas cosas más.

La pega que le veo es que, posiblemente, intente abarcar demasiado terreno en muy poca extensión (menos de 300 páginas), con lo que en muchos aspectos se queda corto, sobre todo en claridad de exposición. Cabe asimismo achacar lo anterior al perfil no científico del autor (es profesor de inglés), aunque es muy loable la enorme cantidad, calidad y variedad de referencias bibliográficas. De todos modos, un gran libro.

Conversaciones de física con mi perro (Chad Orzel)

Impresionante. Clarísimo. Divulgación de alta calidad, con un estilo sencillo pero enormemente riguroso. Mecánica cuántica de alto nivel al alcance de casi todo el mundo: medición, superposición de estados, incertidumbre, efecto túnel, entrelazamiento, teletransporte, etc. Y un último capítulo glorioso dedicado a la pseudomecánica cuántica con la que los charlatanes nos intentan vender los móviles perpetuos o las medicinas alternativas. Imprescindible.

Y, a partir de aquí, os toca decidir a vosotros. ¡A leer!



28 diciembre 2010

Cuando un amigo se va...

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El 13 de junio de 2006 nacía este blog. Por aquel entonces, tan sólo con unas pretensiones muy modestas, simplemente constituir un complemento de los temas que tocábamos en clase. Dos años antes, en setiembre de 2004, había comenzado a impartir en mi universidad la docencia de la asignatura más increíble con la que un estudiante de ciencias aficionado a la ciencia ficción puede soñar: física en la ciencia ficción.

Física en la ciencia ficción ha cumplido hace unos días, justo antes de las vacaciones de Navidad, su séptimo curso. Al tratarse de una asignatura de libre elección, no formando parte del plan de estudios oficial de la licenciatura en física que se impartía en la facultad de ciencias, ha estado siempre sometida a la voluntad de los estudiantes que cada curso se mostraban dispuestos a matricularse en una materia diferente, con una metodología de trabajo distinta a todo lo que es tradicional en las aulas universitarias.

Hace un par de años se comenzó a elaborar el nuevo plan de estudios del grado en física, enmarcado en el añorado EEES (Espacio Europeo de Educación Superior), más conocido como Plan Bolonia. Una de las características de esta nueva forma de "enseñar" en el ámbito universitario europeo y, sobre todo, español incluía entre sus condiciones la no inclusión de asignaturas de libre elección en sus planes de grado oficiales. Física en la ciencia ficción estaba sentenciada.

Este último curso, el segundo ya con Plan Bolonia en acción, la matrícula ha registrado su valor más bajo, con tan sólo 14 alumnos inscritos, más de un 50% de caída con respecto al curso anterior. Con toda probabilidad, el próximo curso 2011-2012 la asignatura habrá desaparecido para siempre.

Hace muchos meses que vengo reflexionando, meditando y dando vueltas a la cuestión sobre si realmente tiene sentido mantener este blog cuando su razón de ser, que no es otra que la docencia de la asignatura antes aludida, desaparecerá en el más absoluto de los olvidos. Y, aunque reconozco que el dolor es inmenso, he llegado a una decisión. Sabía que algún día tendría que llegar este instante.

Los que me conocéis desde hace algún tiempo, sabéis que soy un tipo inquieto, activo y preocupado por llevar la ciencia, en general, y la física, en particular, al rango más amplio de gente posible. Creo que la física es la base de todas las ciencias naturales y que todo el mundo tiene el derecho a conocerla y a comprenderla. Pero, por estas mismas razones y muchas otras que ahora no vienen demasiado a colación, creo que debo ser consecuente con mi propia forma de pensar y dirigirme hacia nuevos horizontes.

Por supuesto, mi idea es dedicarme a nuevos proyectos que tengo aparcados desde hace mucho tiempo y que ya es hora de que vean la luz. También tengo la osadía de empezar con un nuevo blog, más rico, más variado, más versátil, no tan restringido a una forma de divulgar y contar las cosas tan encasillada como éste. Me gustaría contar cosas sobre historia de la ciencia, de la física y de los físicos que la han hecho posible, anécdotas, noticias, descubrimientos. Y también alguna que otra cosilla sobre películas, para no olvidar mis raíces. Cuando me decida a dar el paso definitivo, no utilizaré la pequeña celebridad que he obtenido con éste y comenzaré partiendo de cero, con un nombre desconocido y de la misma manera que empecé con FCF. Deberéis buscarme e intentar reconocerme "como al león por sus garras".

Hasta aquí hemos llegado, tanto vosotros, sin los que no hubiera tenido sentido esta aventura, como yo. Para mí ha sido un auténtico placer y os digo que jamás me olvidaré de estos años y de esta experiencia tan apasionante que he vivido.

Espero que sepáis comprender mis sentimientos y, sobre todo, que FCF haya abierto un pequeño hueco en vuestros corazones, haciendo un poquito más grande el amor por esta creación única del intelecto humano: la física.

Un abrazo y hasta siempre.

21 diciembre 2010

50 soluciones a la paradoja de Fermi (21ª solución): Todos escuchan pero nadie transmite

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Hasta ahora hemos discutido las dificultades para tratar de detectar una potencial señal procedente de una CET, pero no hemos considerado lo difícil que puede ser enviarla, al menos con alguna esperanza de ser advertida. ¿No podría ser que todo el mundo esté a la escucha y, en cambio, nadie transmitiendo?

Nuestras señales llevan viajando años por el espacio. Las primeras emisiones de radio y televisión se encuentran ahora a años luz de la Tierra. Pero es muy discutible que hayan sido detectadas, incluso aunque las CETs estén a la escucha. A causa de la forma en que se transmiten las señales y también a la rotación misma de nuestro planeta, se necesita una enorme fortuna para que una transmisión alcance una estrella distante. Además, el gran ancho de banda y la relativamente baja potencia de nuestras emisiones pondrían en serios apuros hasta a un telescopio como el de Arecibo, si estuviese situado tan sólo un poco más allá de la órbita de Plutón. Las CETs deben estar, pues, no demasiado lejos, tener bastante suerte y disponer de mejor tecnología que la nuestra. Y la cosa aún pinta peor, ya que nuestras emisiones tienden a disminuir a causa de la nueva tecnología por cable.

¿Qué debemos hacer entonces si queremos que capten nuestras señales? Más que preocuparnos por ser afortunados, lo más sensato parece ser descubrir o investigar en cómo poder enviar señales más potentes y con poco ancho de banda. Aprendiendo sobre la manera de transmitir podremos entender mejor cómo escuchar.

Supongamos que decidimos utilizar señales de radio. El primer problema que nos encontramos es la frecuencia en la que emitir. Una vez decidida ésta, ¿qué tecnología se requiere?

Al no saber de antemano dónde puede encontrarse una CET, la manera más segura para transmitir es en todas direcciones por igual. Una señal de banda estrecha susceptible de ser detectada por una pequeña antena a una distancia de unos 100 años luz requeriría una potencia de emisión que superaría la que se produce actualmente en todo el mundo. Así pues, está totalmente fuera del alcance de nuestra tecnología disponible. Incluso si fuésemos capaces, ¿afrontaríamos semejante derroche de energía en un proyecto sin ninguna garantía de éxito?

Por supuesto que si una CET estuviese escuchando con una antena similar a la nuestra en Arecibo, los requerimientos energéticos anteriores se verían reducidos. Es más, si conociésemos la posición de una antena extraterrestre similar a la de Arecibo, la nuestra podría fácilmente enviarle una señal. Pero el problema es que no la conocemos y que nuestras emisiones son enormemente direccionales, en haces muy estrechos, para nada isótropos.

La emisión isótropa, en todas direcciones, garantiza que todo el mundo pueda ser capaz de escuchar, pero resulta extraordinariamente cara; por contra, la transmisión direccional es mucho más barata, aunque excluye a una gran porción de la potencial audiencia. Estos son los dos extremos de la estrategia de transmisión. Por descontado, podemos adoptar cierta posición intermedia, asumiendo ciertos compromisos pero, de todas formas, las transmisiones de radio interestelares no resultan para nada sencillas.

A la luz de estas dificultades, puede que las CETs decidan que sean otros los que hagan el trabajo duro de transmitir. Quizá la galaxia sea un hervidero de civilizaciones esperando por una llamada. De todas maneras, ésta parece una solución bastante improbable a la paradoja de Fermi. Las dificultades pueden parecer insuperables para una civilización como la nuestra, pero no tiene por qué ser así para otra de tipo K3, por ejemplo.

Incluso con nuestro actual nivel de desarrollo tecnológico, podríamos generar un pulso láser que superase en intensidad al Sol. Lo mismo podría hacer otra CET y sería fácilmente detectable con un telescopio óptico. La radiación láser es, en muchos sentidos, un mecanismo de transmisión muy superior a las ondas de radio.

Sin embargo, el inconveniente más serio que presentan las comunicaciones ópticas es que el haz resulta extremadamente estrecho. Así que la civilización que transmite debe conocer con precisión la ubicación exacta de la civilización receptora, con lo cual volvemos al mismo problema que presentaban las ondas de radio cuando no se dispone de enormes cantidades de energía.

Aún peor, cuando se envía un pulso luminoso hacia una estrella a años luz de distancia, es preciso tener en cuenta que dicha estrella ni está ahora en esa posición ni estará cuando la señal enviada la alcance. La civilización transmisora deberá poseer información precisa acerca de las velocidades estelares de sus posibles objetivos. de ahí la importancia de reunir información sobre otros sistemas planetarios con ayuda de sondas y otros instrumentos a nuestro alcance.

Merece la pena, asimismo, mencionar que los seres humanos ya hemos enviado anteriormente señales hacia el espacio (me refiero a señales deliberadas, no emisiones de tipo radiofónico o televisivo). Así, la primera tuvo lugar en 1974, cuando Frank Drake dirigió un mensaje hacia el cúmulo globular M13. Utilizó una frecuencia de 2,38 GHz y la señal se prolongó durante 3 minutos y tan sólo contenía 1679 bits de información. Alcanzará su destino en unos 24.000 años.

En 1999, Yvan Dutil y Stephane Dumas, utilizando la antena Evpatoria, en Ucrania, enviaron otro mensaje con gran cantidad de información matemática y física en unos 400.000 bits a 5 GHz con destino a cuatro estrellas diferentes.

Es digno de mención el hecho de que Drake fue ampliamente criticado por no haber consultado su acción y no haber pedido opinión al resto de naciones de la Tierra. Quizá emisiones a gran escala, a escala planetaria fuesen las únicas con una razonable probabilidad de ser detectadas. Puede que las CETs solamente decidan transmitir una vez alcanzado un cierto nivel de unidad y consenso a escala planetaria. ¿Y si ésta fuese la razón por la que aún no les hemos logrado oír: ellos sólo escuchan no porque tengan dificultades técnicas, sino más bien por razones de carácter ético o político?

No parece, de todas formas, una resolución probable de la paradoja de Fermi, pues no resulta razonable atribuir un comportamiento semejante a todas las civilizaciones. Todo lo que podemos afirmar es que transmitir una señal hacia el inmenso espacio, con la esperanza de que alguien la intercepte, no resulta nada sencillo. Cierto es también que no es imposible. Algunas civilizaciones podrían estar ahí afuera, señalando su presencia, pero, entonces, ¿cómo es que aún no les hemos escuchado?



16 diciembre 2010

Por qué no vemos viajeros del tiempo: 10 razones como 10 soles

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ADVERTENCIA: En caso de que la extensión del post te resulte excesiva a primera vista, piensa que al llegar al final del mismo siempre podrás retroceder en el tiempo, volver al instante en que no habías comenzado a leer y abandonar la idea. ¡Suerte!


En 1985 Arthur C. Clarke escribía: "el argumento más convincente contra la posibilidad del viaje en el tiempo es la llamativa ausencia de viajeros". Al fin y al cabo, parece bastante razonable suponer que si existiesen verdaderamente las máquinas del tiempo, más temprano que tarde se podrían replicar y enseguida comenzarían a pulular los viajeros del tiempo por todos lugares y épocas.

En 1992, Stephen Hawking enunciaba su conjetura de la protección de la cronología. Básicamente, lo que afirmaba era que los viajes en el tiempo estaban prohibidos por las leyes físicas (al menos, a nivel macroscópico). De no ser así, deberíamos estar invadidos por hordas de turistas procedentes del futuro, cosa que no observamos en absoluto.

La proposición de Hawking se basaba en ciertos argumentos extraídos tanto de la teoría general de la relatividad como de la mecánica cuántica. Si se consideraba la geometría del espaciotiempo tal y como se hace habitualmente en la relatividad, lo que técnicamente se denomina una variedad diferenciable cuatridimensional de Hausdorff (esto sólo lo digo para darle apariencia de rigor al resto del post...), entonces se llega a la conclusión de que cualquier máquina del tiempo imaginable (bien sea un agujero de gusano de Morris-Thorne, las cuerdas cósmicas de Gott, la curvatura espacial de Alcubierre o un tubo de Krasnikov) permitiría al viajero del tiempo aventurarse hacia el pasado solamente, como mucho, hasta el momento de la construcción de la máquina. Esto significa que, a menos que alguien haya desarrollado ya secretamente una máquina del tiempo, entonces, para visitarnos a nosotros, los viajeros del futuro tendrían que utilizar máquinas del tiempo naturales o construidas por civilizaciones extraterrestres mucho tiempo atrás. Como no tenemos constancia de la existencia de ninguno de estos artefactos o estructuras que nos permitiesen recorrer lo que se denominan, en la jerga de los científicos que se dedican a estudiar estos temas, curvas cerradas de tipo tiempo, parece que la conclusión lógica es que deben estar prohibidas por las leyes que gobiernan el universo.

Y no os vayáis a pensar que solamente la física se ha encargado de rebatir la existencia del viaje en el tiempo. Han surgido respuestas incluso desde el mundo de la economía. M.R. Reinganum, economista, propuso en 1986 que si los viajeros del futuro nos hubieran visitado podrían perfectamente haber usado información privilegiada para hacer derrumbarse los intereses de las entidades financieras. Debido a que lo que observamos habitualmente parece todo lo contrario, los viajeros deben forzosamente no existir. Pensad tan sólo en los oscuros deseos de fama y fortuna sin fin que logra Biff Tannen con ayuda del almanaque de resultados deportivos en Regreso al futuro II (Back to the Future II, 1989) o los ingeniosos protagonistas de la película más desconcertante sobre viajes en el tiempo jamás filmada: Primer (Primer, 2004)

En cambio, si cruzamos la calle y nos dirigimos a la acera de enfrente (en el sentido estricto de la expresión y no en el figurado...) vemos que los escritores de ciencia ficción han imaginado, desde siempre, una gran variedad de fenómenos físicos que podrían ser la causa de la aparente imposibilidad de observar viajeros del tiempo procedentes del futuro, en el caso de que existiesen. Entre algunas de esas causas se pueden citar, por ejemplo, efectos colaterales del viaje, que les harían invisibles o incluso sufrir amnesia, como los protagonistas de la serie Perdido en el tiempo (Quantum Leap, 1989-1993), quienes únicamente pueden permanecer en nuestro tiempo durante periodos arbitrariamente cortos. También otros motivos, que tienen que ver con que su manifestación física es poco clara o imperfecta, de tal modo que solamente son visibles o audibles como fantasmas, espíritus o fenómenos paranormales.

Algunas de estas ideas se pueden encontrar, por ejemplo, en "The Founding of Civilization", el relato publicado en 1968 por el autor ruso R. Yarov, en el que una ley física impide a los viajeros del tiempo detenerse en cualquier instante. Así, las máquinas viajan constantemente, sin parar. Los afortunados testigos de sus fugaces presencias las interpretan de muy distintas maneras: los más supersticiosos, como ovnis, naves espaciales extraterrestres, espectros y otras criaturas sobrenaturales; por contra, los más escépticos solamente ven fenómenos atmosféricos un tanto inusuales. Huy, huy, huy. ¿A qué me suena todo esto?

En "El zorro y el bosque", de Ray Bradbury, se utiliza un dispositivo de bloqueo psicológico para asegurar que los viajeros del tiempo no puedan transmitir información tecnológica ni dar a conocer detalles acerca del viaje en el tiempo a los habitantes del pasado. Algo similar se puede leer en la obra de 1942 "Mi nombre es Legión", del siempre sorprendente Lester del Rey.

Podríamos continuar durante párrafos y párrafos enumerando cientos de propuestas y soluciones a la aparente paradoja de la ausencia de viajeros del tiempo. De hecho, bien se podría escribir una extensa monografía sobre el tema. Pero no es éste el objetivo de este post (aunque no lo parezca, ¡JUAS!). Bien, dejando a un lado todos los argumentos anteriores y suponiendo por un momento que tanto las máquinas como los viajeros del tiempo existiesen, la pregunta que inevitablemente se nos plantea es: ¿podemos imaginar, con cierta base científica, algún motivo por el que no tengamos pruebas de que aquellas hayan sido utilizadas? Os expongo, a continuación, siete de ellos que se pueden encontrar en el libro de David Toomey citado en la fuentes.


El viaje en el tiempo requiere el uso de agujeros de gusano naturales o preexistentes que nunca han sido descubiertos.

Las curvas cerradas de tipo tiempo existen en algún lugar del universo, pero no han sido encontradas. Es posible que tengan una vida muy breve, que sean extraordinariamente raras o que estén fuera del alcance de nuestros telescopios.


El viaje en el tiempo es inaceptablemente caro o peligroso.

Es posible que se descubran curvas cerradas de tipo tiempo, pero que se encuentren a unas distancias tan grandes que viajar hasta ellas por el espacio ordinario sea prohibitivamente caro. Por otra parte, aunque se demostrase que el viaje en el tiempo es económicamente viable podríamos considerar que no vale la pena correr el riesgo que representa para nuestras vidas. Tal vez una civilización suficientemente avanzada decida intentarlo, se produce un accidente y se pone fin al intento para siempre.

En 1980 G. Fulmer señalaba la posibilidad de la existencia de alguna limitación física aún desconocida que impidiese el viaje en el tiempo: quizá el gasto de energía de la máquina dependiese matemáticamente de la cuarta potencia del tiempo que uno pretendiese recorrer, haciendo posibles únicamente viajes muy breves. Cabría la posibilidad de que esto se descubriese dentro de muchos años y, en consecuencia, aún no hayan tenido tiempo de alcanzarnos sus efectos.

El gran Robert Heinlein usa el argumento anterior en su novela "Puerta al verano", con una ley algo menos restrictiva (inversa con el cuadrado de la distancia temporal). Isaac Asimov, asimismo, emplea ideas similares en su relato "Botón, botón", en el que una máquina es capaz de rescatar y traer al presente objetos procedentes del pasado, siempre que su peso sea extremadamente reducido (la ley matemática, en este caso, es una exponencial inversa).

Otra idea muy interesante es la que sugiere que el flujo temporal tiene forma de espiral. No podemos movernos por él con velocidad "normal" a lo largo de su longitud, pero sí que resulta posible saltar entre los tramos de la espiral adyacentes más próximos entre sí.

Poul Anderson en "Flight to Forever" cuenta la historia de un viajero del tiempo quien, tras desplazarse cien años al futuro, descubre con horror que es incapaz de retornar nuevamente a su época porque el consumo energético es exponencialmente creciente para el viaje al pasado. En cambio, el periplo al futuro resulta enormemente más económico y mucho menos restrictivo. Decide, pues, seguir adentrándose en el futuro con el propósito de hallar alguna vez una civilización suficientemente avanzada que le pueda prestar ayuda. Nunca lo logra y entonces acaba viajando con destino al final del universo, el Big Crunch, cuando todo desaparece y asiste a un nuevo Big Bang, el nacimiento del nuevo universo y de un nuevo ciclo temporal. Emprende, una vez más, otro viaje al futuro que le llevará hasta un instante justamente anterior a aquél en el que decidió partir la primera ocasión. La experiencia le deja tan aterrorizado y traumatizado que decide eliminar todo vestigio de su increíble aventura. A partir de este momento, nadie vuelve a intentar el viaje en el tiempo.

¿Alguno de vosotros se atrevería a montarse en la máquina del tiempo, si conocieseis de antemano sus riesgos, peligros y posibles consecuencias? ¿No preferiríais optar por utilizar cobayas, aunque fuesen humanas, tal y como hace, por ejemplo, D.C. Compton (1971) en su "Hot Wireless Sets, Aspirin Tablets, the Sandpaper Sides of Used Matchboxes, and Something That Might Have Been Castor Oil", donde emplea al arquetípico "tonto del pueblo" como primer viajero del tiempo de la historia?

¿Y qué me decís de la idea de D. Platcha, expuesta en su "The Man from When", donde sugiere la posibilidad de utilizar tan sólo una única vez el viaje en el tiempo, a sabiendas de que la Tierra será totalmente destruida en un futuro muy próximo, unos 18 minutos?


El viaje en el tiempo deja de ser interesante.

El mismísimo Kip Thorne, uno de los pioneros en el campo del estudio científico riguroso de las máquinas del tiempo, abandonó el tema a principios de la década de 1990 para dedicarse a investigar la cuestión de las ondas gravitacionales. Posiblemente otros científicos hagan lo mismo y vayan perdiendo interés por las máquinas del tiempo, dirigiendo su atención y esfuerzos hacia otros asuntos. También podría darse un cambio de tendencia generalizado y la cultura científica experimental se dirigiese o enfocase hacia temáticas más filosóficas que físicas, por ejemplo.

En los últimos 4-5 siglos el conocimiento y el progreso científico-tecnológico nos ha habituado, de alguna manera, a pensar de un determinado modo, a ver el mundo bajo una óptica muy diferente a como se hacía muchos siglos atrás. Durante largos periodos como la Edad Media en la Europa occidental, incluso se detuvo el progreso de la ciencia. El método científico, tal y como lo conocemos actualmente, nació con Galileo Galilei (1564-1642). Es posible que no sea algo tan sólido como nos gustaría imaginar.

Suponed que, por algunas de las razones anteriores, solamente unos cuantos viajeros en el tiempo acaban emprendiendo el viaje. Quizá únicamente unos cuantos viajan a épocas posteriores a la nuestra y su presencia es ampliamente divulgada y conocida o, por el contrario, pasa desapercibida; o puede que otros pocos viajan a nuestra época a épocas anteriores a la nuestra, pasando por diversos motivos, inadvertidos. ¿No podría constituir esto razón más que sobrada para haberse puesto el punto y final a los poco interesantes y estimulantes viajes en el tiempo?


El viaje en el tiempo está prohibido, aunque resulta posible.

Encuentros entre sociedades de niveles tecnológicos radicalmente diferentes provocan casi inevitablemente que las menos avanzadas sean las que se lleven la peor parte y sufran un mayor trauma. Éste es un tema recurrente en la ciencia ficción más reflexiva, de carácter más social que científico. Sociedades muy seguras de su lugar en el universo se desintegraron al entrar en contacto con otras previamente desconocidas con ideas y formas de vida muy diferentes; otras sociedades que sobrevivieron a la experiencia pagaron el precio de unos cambios traumáticos en sus valores, actitudes y comportamiento.

Tal vez, si falla la conjetura de la protección de la cronología de Hawking, surja una preocupación ética de amplia aceptación en contra del viaje en el tiempo, o una ley que lo prohíba. ¿Y si la civilización capaz de viajar en el tiempo, para proteger a los habitantes del pasado o mismamente al propio pasado, hubiese prohibido el viaje en el tiempo? ¿Acaso nuestra civilización no ha creado reservas naturales donde preservar especies en vías de extinción? Si el refugio es "perfecto" el refugiado ni se dará cuenta. ¿No puede ser éste nuestro caso?

Aunque quizá las generaciones futuras nos consideran éticamente atrasados y peligrosos, y optan por mantenernos en un aislamiento forzoso para protegerse ellos mismos de nuestra nefasta presencia e influencia.


Los viajeros en el tiempo procuran pasar inadvertidos.

Podrían utilizar varias estrategias que no violan las leyes físicas conocidas. Tal vez nos observan desde el espacio, a cierta distancia, o mediante robots que de alguna forma consiguen permanecer invisibles a nuestros instrumentos. Tal vez están mucho más cerca pero drogan, hipnotizan de forma rutinaria a todo posible testigo de su presencia. ¿No podría darse la posibilidad de la existencia de una Comisión de Control del Tiempo, encargada de regular los viajes al pasado para evitar posibles transformaciones del presente y futuro, tal y como nos muestra el sin par Jean Claude Van Damme en Timecop, policía en el tiempo (Timecop, 1994)?

Paul Davies, el célebre científico y divulgador, ha sugerido que civilizaciones muy avanzadas, con el fin de ahorrar energía y hacer más eficiente el viaje, podrían reducir su propio tamaño.

O tal vez podrían estar ya entre nosotros, disfrazados, camuflados, tras haber sido cuidadosamente instruidos en nuestro idioma y costumbres. La reciente película Outlander (Outlander, 2008), protagonizada por Jim Caviezel tiene en cuenta las premisas anteriores. Kainan (Caviezel) se estrella con su nave espacial en la Noruega de la época vikinga. Con ayuda de tecnología muy avanzada se autoimplanta a través del globo ocular todos los conocimientos necesarios para pasar lo más desapercibido posible, aprende el idioma y se viste con las ropas adecuadas.

Los escritores de ciencia ficción, una vez más, han propuesto varias hipótesis sobre la identidad de los viajeros del tiempo. Así, encontramos a los equivalentes futuros de nuestros propios antropólogos o historiadores, como en Timeline (Timeline, 2003), basada en la novela "Rescate en el tiempo" del prolífico Michael Crichton; o a clases particularmente aventureras de turistas que se dedican a presenciar grandes catástrofes del pasado, como en Huída a través del tiempo (Grand Tour: Disaster in Time, 1992), algunos de los cuales nos visitan durante días, semanas o meses y luego se van; en cambio otros se quedan más tiempo y unos pocos, incluso, se quedan entre nosotros para siempre. De vez en cuando, alguno delata involuntariamente su procedencia, al escapársele algún hecho o tecnología del futuro. Nosotros, en cambio, les tomamos por locos y los encerramos en un sanatorio mental, como se refleja en Doce monos (Twelve Monkeys, 1995); les confundimos con alguna clase de demonios al estilo de lo que sucede en Timerider. El jinete del tiempo (Timerider: The Adventure of Lyle Swann, 1982); o les consideramos brujos y son condenados a morir abrasados en la hoguera, tal cual le sucede a Un astronauta en la corte del rey Arturo (The Spaceman and King Arthur, 1979). Afortunadamente, la avanzada tecnología de su traje espacial le salva en el último momento. Claro que siempre cabe la posibilidad de que los viajeros del tiempo sean simios evolucionados a partir de la especie humana y permanezcan ocultos trabajando en circos ambulantes, al estilo de Huída del planeta de los simios (Escape from the Planet of the Apes, 1971).


La civilización humana no sobrevive el tiempo suficiente como para desarrollar el viaje temporal.

En la célebre ecuación de Drake encontramos entre sus factores el de la longevidad de una civilización, es decir, el tiempo que sería capaz de vivir antes de desaparecer o, simplemente, autodestruirse.

Durante la época de la Guerra Fría, especialmente los soviéticos, eran muy pesimistas en lo referente al valor de dicho parámetro en la ecuación de Drake. Otros, en cambio, pensaban que el período de peligro nuclear de una civilización era relativamente breve y, una vez superado, podría sobrevivir durante bastante tiempo.

Pero no solamente a causa de un holocausto nuclear podría desaparecer nuestra civilización. Hay otras posibilidades, como el impacto de un meteorito tal como un asteroide o un cometa; una plaga natural o artificial; una supernova o similar; etc.

En relación a esto último, en 1982, M. Shaara relata en "Time Payment" la posibilidad real del viaje en el tiempo, tanto al pasado, como al futuro. Sin embargo, para explicar el "problema" que se plantea ante la aparente ausencia de viajeros procedentes del futuro, los protagonistas de la obra llegan a la conclusión de que únicamente existen dos posibilidades: o bien el viaje en el tiempo es tan peligroso que todos los que lo han probado han perecido en el intento, o bien es que en el futuro no existe absolutamente nadie para poder viajar. Este segundo argumento viene reforzado por el hecho de que, en la novela, la acción se desarrolla en un futuro lejano, cuando nuestro Sol se encuentra en sus últimas fases de evolución, a punto de convertirse en una nova.


Los viajeros del tiempo prefieren viajar a épocas distintas a la nuestra.

Esta posibilidad ataca directamente a nuestra autoestima como seres humanos. Quizá debamos asumir que no les interesamos en absoluto.

Si comprimiésemos la edad del universo en un solo año (a esto se le conoce como año cósmico), el sistema solar se formaría a mediados del mes de septiembre. Todo lo que se registra en la historia escrita, es decir, el surgimiento y decadencia de las grandes civilizaciones, aparece en los últimos diez segundos del 31 de diciembre.

Si nuestros descendientes futuros de dentro de 3.000 millones de años quisieran visitarnos sería algo parecido a que nosotros mismos visitáramos la Tierra en la época en que surgieron los primeros organismos unicelulares. ¿Podríamos o seríamos capaces de reconocer a los viajeros procedentes de un futuro tan lejano? ¿Cómo se comunicarían con nosotros? Es más, ¿se mostrarían siquiera interesados? Si dispusiéramos de un año entero para visitar y conocer, ¿querríamos visitar los últimos diez segundos del último día? ¿A quién no le apetece perderse las campanadas y las uvas de la suerte cósmicas?

Por supuesto que podemos considerarnos importantes y dignos de ser visitados y conocidos. Al fin y al cabo, somos la forma de vida más compleja conocida. Ahora bien, en el futuro lejano ¿también lo seríamos? O, por el contrario, ¿habría otras especies inteligentes en la Tierra? ¿Qué probabilidad existiría de que se desarrollaran? Los mamíferos no colonizaron la Tierra hasta que no desaparecieron los dinosaurios, hace unos 65 millones de años.


Otras razones. Especialmente, las tuyas

Si habéis llegado hasta aquí leyendo, quizá estéis pensando que a vosotros mismos se os están ocurriendo justamente en este momento decenas de otras nuevas razones para justificar la no existencia de los viajeros del tiempo o la misma imposibilidad de sus máquinas. De hecho, me sentiría muy frustrado si así no fuese, ya que os considero a todos dignos lectores de este blog.

Algún avispado, incluso, se habrá dado cuenta de que no he mencionado en ningún momento la interpretación de los universos paralelos, aludida profusamente por muchos autores. Prefiero dejarla para una futura ocasión. De momento, quedaos con tres películas donde se aborda el asunto. Se trata de Timemaster, el señor del tiempo (Timemaster, 1995); El único (The One, 2001) y Déjà vu (Déjá vu, 2006).

Como quiero predicar con el ejemplo, y aun a sabiendas de que lo que a partir de aquí se diga ya haya podido ser tratado en alguna obra literaria o película desconocidas por mí, permitidme mis propias aportaciones. Aquí van:


  1. ¿Y si cada vez que alguien intentase viajar al pasado quedase irremediablemente atrapado en su propio presente? ¿Cómo podríamos ser capaces de localizarle? Cada vez que lo pretendiésemos, su presente ya se habría desvanecido ante nuestros ojos, ya que nos encontraríamos en su futuro.
  2. La muerte no existe. Cuando fallecemos, en realidad, somos transportados al futuro por una civilización extraterrestre que deja aquí únicamente nuestro cuerpo, un mero envoltorio. No es exactamente la misma idea que en la película Millennium (Millennium, 1989) pero se parece.

¿Os atrevéis a proponer las vuestras?


Fuentes:

Time Machines. Paul J. Nahin. Springer, 2ª edición corregida. 2001.

Las 100 mejores películas de viajes en el tiempo. Francisco Javier González-Fierro Santos. Cacitel. 2006.

Los nuevos viajeros en el tiempo. David Toomey. Ediciones de Intervención Cultural. 2008.

Mi puto cerebro, Sergio L. Palacios (Ph. D.), Journal of mental taraos and absolutely superior intelects, Vol. 69, p. 69-96. November 2010.



09 diciembre 2010

50 soluciones a la paradoja de Fermi (20ª solución): Aún no llevamos el tiempo suficiente escuchando

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En 1991 Frank Drake declaraba públicamente su esperanza de ser testigo de la primera señal de una CET antes del año 2000. Hoy, veinte años más tarde, seguimos a la espera, a pesar de contar cada vez con más medios. Quizá la respuesta a la paradoja de Fermi sea que las CETs están ahí afuera, comunicándose unas con otras o también intentando ponerse en contacto con nosotros, pero simplemente no hemos escuchado el tiempo suficiente. De hecho, ésta es la posición adoptada por los entusiastas de SETI, algo que, por otro lado, resulta de lo más lógico y coherente.

Considerad, por ejemplo, algunas de las dificultades que se encuentra el radiotelescopio de Arecibo (el buque insignia del proyecto de búsqueda de inteligencia extraterrestre)) a la hora de captar una posible señal alienígena. Una es que el área que puede cubrir tan sólo constituye una porción muy pequeña del cielo; otra consiste en que para cada región explorada existen millones de frecuencias que sintonizar; y otra está relacionada con la forma particular de la señal a captar, es decir, puede tratarse tanto de una ráfaga o un fogonazo (de radiación gamma, por ejemplo) en lugar de un haz continuo. Para detectar el susodicho fogonazo, el telescopio debe estar, obviamente, apuntando al sitio exacto en el instante preciso. Dada la enorme combinación de posibilidades, lo más probable es que únicamente hayamos chequeado algunas pocas de ellas y no hayamos tenido demasiada suerte. Puede que sencillamente sea una cuestión de paciencia.

De todas formas, algunos investigadores y aficionados son de la opinión que el argumento anterior no constituye una respuesta satisfactoria. En cierto modo, el quid de la paradoja se basa en que llevamos esperando por evidencias alienígenas durante millones de años: ellos mismos, o sus sondas espaciales, o al menos sus señales, deberían ya estar aquí. Pruebas de su existencia, sean de la forma que sean, deberían llevar aquí desde antes que la especie humana comenzase a preguntarse por ellas.

Consideradlo de otra forma: ¿cuántas CETs pueden poblar la galaxia? Según estimaciones de Sagan y Drake, podría haber un millón de ellas con un desarrollo tecnológico similar o superior al nuestro, de forma que, en promedio, debería encontrarse una CET en un radio inferior a los 300 años luz de la Tierra. Estimaciones más conservadoras, de unas mil CETs, implicarían la existencia de seres inteligentes en un radio de unos mil años luz. En el caso de que fueran longevos, quizá miles de millones de años, deberían poseer un nivel tecnológico prácticamente indistinguible de la magia (tal y como afirmaba Arthur C. Clarke). Incluso aunque no deseasen viajar o no pudiesen, seguramente podrían hacerse ver fácilmente. Entonces, ¿por qué no lo hacen? Por otro lado, dichas civilizaciones podrían ser efímeras y desaparecer en lapsos de tiempo relativamente cortos. ¿Y si no sobreviviesen lo suficiente para llegar a comunicarse?

Si existen ahí afuera ahora mismo un millar de civilizaciones y si la proporción de formación de civilizaciones tecnológicas ha sido más o menos constante a lo largo de la historia de nuestra galaxia, entonces cerca de diez mil millones de ellas han vivido y desaparecido solamente en la Vía Láctea. ¿Resulta probable que ninguna haya dejado rastro alguno de sus logros, de su mera existencia? Si así fuere, no dejaría de ser triste, muy triste. ¿No estáis de acuerdo?

03 diciembre 2010

50 soluciones a la paradoja de Fermi (19ª solución): La señal ya está ahí, entre los datos

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Durante los últimos casi 50 años, los proyectos SETI de búsqueda de inteligencia extraterrestre han reunido ingentes cantidades de datos. ¿Cabría la posibilidad de que en algún lugar, entre millones de señales, aguardase oculta la huella de una CET, una que aún no hayamos reconocido o identificado como tal?

Los detectores terrestres pueden ser inducidos a error por multitud de señales espúreas procedentes de nuestro propio planeta: radiación procedente de teléfonos móviles, radares militares, etc. Los astrónomos permanecen alerta con respecto a estas fuentes de interferencias y, normalmente, suelen identificarlas como lo que son. Sin embargo, restan unas pocas tentadoras excepciones. Por ejemplo, el proyecto META (Megachannel Extra-Terrestrial Assay) llegó a registrar varias señales no aleatorias y, posiblemente, transmisiones inteligentes. Analizó 60 billones de señales y únicamente encontraron 11 candidatos. Asimismo, Benjamin M. Zuckerman y Patrick E. Palmer examinaron más de 600 estrellas de tipo solar a 1,42 GHz, identificando también una decena de señales potencialmente artificiales. Y no olvidemos la célebre señal "Wow!".

El problema es que, siempre que los astrónomos redirigen sus telescopios en la dirección de la que provienen las señales, ya no vuelven a encontrar nada. Nunca se repiten. ¿Quizá eran señales procedentes de emisiones intermitentes, que simplemente cruzaron por delante de la Tierra antes de dirigirse a otro sitio? ¿O tal vez se trataba simplemente de fuentes de interferencias de radio que aún no han sido debidamente identificadas?

Otra dificultad surge con la interpretación de los datos procedentes de los telescopios. Recolectamos fotones de fogonazos de rayos gamma y atribuimos su origen a enormes cataclismos cósmicos; fotones de estrellas que muestran un exceso de radiación infrarroja y deducimos que están rodeadas de polvo; hallamos cualquier espectro térmico e inferimos su procedencia de un cuerpo negro. ¿ No podríamos explicar todas las observaciones anteriores en términos de actividad de una CET? Ya hemos visto que gente como John Ball sugieren que las CETs podrían comunicarse mediante haces o pulsos de rayos gamma; el mismo Freeman Dyson cree que el exceso de radiación infrarroja podría provenir de gigantes esferas artificiales que rodean a la estrella madre y el planeta hogar de la civilización alienígena.



En definitiva, la dificultad estriba en que estamos atrapados en la superficie de una pequeña roca, en el fondo de una gruesa capa atmosférica, mientras tratamos de comprender el universo mediante la interpretación de las señales recibidas por nuestros telescopios. Esto constituye todo un desafío. En ocasiones, los científicos pueden equivocarse, pero si podemos explicar las observaciones en términos de fenómenos puramente naturales, entonces no tenemos necesidad alguna de postular la existencia de CETs. La navaja de Occam ataca de nuevo. Así que cuando detectamos, por ejemplo, que los espectros de casi todas las galaxias muestran un desplazamiento hacia el rojo, basta con explicarlo en términos de la expansión del universo, una explicación suficientemente fantástica y plena de belleza en sí misma. No se requiere suponer ninguna hipótesis fantástica.

Debemos tener esperanza en que las CETs avanzadas emitirán sus señales de comunicación de forma no ambigua y claramente distinguibles del ruido de fondo. Debemos esperar que sus señales sean intensas; si nuestra generación actual de detectores es insuficientemente sensible para esta tarea, entonces habremos desperdiciado casi 50 años de observación. Además, debemos confiar en que repitan sus señales a menudo. Sería una auténtica lástima que ya hubiéramos registrado una señal y no pudiésemos probar que procede de una civilización alienígena.

01 diciembre 2010

El sistema de Hoth y su campo de asteroides

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Los dos vídeos que os dejé para vuestro gozo y disfrute en la entrada anterior muestran muchas similitudes: asteroides, más asteroides, muchos asteroides, asteroides amontonados, asteroides bailarines y asteroides asesinos, entre otros asteroides y algunos asteroides más en un mar de asteroides.

Como todos habréis seguramente identificado sin ningún tipo de problema, las escenas corresponden a la ya inmortal saga de Star Wars, del no menos inmortal George Lucas. Permitidme centrarme en el clip correspondiente a la quinta de las seis películas de la que consta la serie, El imperio contraataca (The Empire Strikes Back, 1980). En él, vemos al inconfundible Han Solo en compañía de sus amigos a bordo del Halcón Milenario, mientras tratan de huir del feroz ataque de las tropas imperiales. Como suele ser habitual, el sistema de propulsión mediante salto hiperespacial de la nave no funciona. Para no estar en clara desventaja con respecto al enemigo, Solo decide adentrarse en un campo de asteroides, donde tiene muchas más posibilidades de salir bien parado.

El susodicho huerto de piedras, que es más bien a lo que se asemeja el pretendido campo de asteroides, pertenece al sistema estelar de Hoth, el mismo planeta helado, hogar de tauntauns y wampas, donde se ocultan las tropas rebeldes que luchan contra el malvado Imperio. Hoth es un mundo muy peculiar, con tres lunas y que sufre un incesante bombardeo de meteoritos. Debido precisamente a esta enorme frecuencia de impactos, el mismísimo Luke Skywalker, durante una de sus misiones de exploración, llega a confundir una sonda imperial con uno de estos meteoritos.

Creo recordar, si no me falla la memoria, que en cierto lugar os cuento precisamente que la Tierra recibe a diario una dosis nada despreciable de castañazos meteoríticos, más o menos varios miles de toneladas. Y todo ello aun a pesar de que estamos bastante bien protegidos por planetas gigantes como son Júpiter y Saturno, los cuales ejercen una impagable labor de escudos anti cuerpos amenazadores, bien desviándolos, bien atrayéndolos hacia sus propias superficies, evitando así que impacten contra otros planetas más pequeños del sistema solar.

Si alguno de vosotros, al leer el párrafo anterior, se ha sentido tentado de pensar que varios miles de toneladas de piedras y rocas podrían hacer que se incrementase peligrosamente la masa de la Tierra, llegando a modificar la gravedad en su superficie, quiero deciros que no alberguéis temor alguno en vuestros corazones, pues se necesitaría la friolera de varias decenas de billones de años para acumular tan sólo un exiguo 1% de la masa total de nuestro planeta.



Pero volvamos a Hoth. Evidentemente, parece que su actividad meteorítica es claramente superior a la de la Tierra y también que los cuerpos rocosos que impactan contra la superficie deben ser considerablemente mayores, ya que los seres humanos no vamos por la calle observando meteoritos caer a tierra, precisamente por el reducido tamaño que presentan la mayoría de los que penetran en nuestra atmósfera.

Parece haber entre la comunidad científica una unanimidad bastante grande en que cuanto más joven sea un sistema planetario, mayor número de impactos tendrán lugar. Si los modelos actuales sobre la formación de los planetas son correctos, un sistema joven poseerá aún muchos pedazos de roca y hielo, fundamentalmente, que aún no han sido capturados e incorporados por los planetas. En cambio, un sistema más antiguo, de más edad, habrá seguramente anexionado ya muchos de esos escombros y restos o, alternativamente, los habrá expulsado hacia las regiones exteriores de su sistema solar.

De todas maneras, aun si teorizáramos que el sistema al que pertenece Hoth es joven nos encontraríamos con una aparente inconsistencia lógica. En concreto, la mera existencia de criaturas vivas complejas, como los anteriormente aludidos tauntauns y wampas. Estas especies bien evolucionadas, son autóctonas y se han desarrollado en el planeta. Para ello se requiere un lapso de tiempo no precisamente pequeño, quizá de miles de millones de años, tal y como sucedió en la Tierra. Así que la hipótesis de que el sistema solar al que pertenece Hoth es joven, no parece sostenerse o, al menos, resulta bastante improbable. Pero, entonces, si el sistema no es joven sino todo lo contrario, ¿cómo se explica la enorme actividad meteorítica? Bien, vayamos por partes.


Una primera posibilidad es que Hoth no esté acompañado por planetas gigantes del tipo Júpiter o Saturno que ejerzan las anteriormente citadas labores de protección. De no ser por ellos, se estima que nuestro maravilloso planeta podría recibir hasta mil veces más impactos que en su estado actual.

La segunda opción puede ser intuida a partir de la propia película, en concreto observando con atención la escena de la batalla en el campo de asteroides. ¿No parece bastante plausible que sean fragmentos de estos mismos asteroides los que caen en forma de meteoritos sobre la helada superficie de Hoth? Al fin y al cabo, en la Tierra tiene lugar algo muy similar. La mayor parte del material que se precipita sobre nosotros proviene de nuestro propio cinturón de asteroides, esa región situada entre las órbitas de Marte y Júpiter. De entre los millones de cuerpos rocosos que pueblan esta zona, menos de una docena presentan diámetros mayores de 300-400 km; unos 250 poseen tamaños que rondan los 100 km; la gran mayoría de los restantes no superan el kilómetro.

En nuestro sistema solar los mayores asteroides presentan forma esférica (por las razones que ya os conté aquí), mientras que los más pequeños son irregulares. En El imperio contraataca se pueden apreciar estas mismas características (el enorme asteroide que sirve de refugio y escondite al Halcón Milenario tiene un más que evidente aspecto redondo). Y esto no es todo. Otro detalle a destacar es que los asteroides están animados de movimientos de rotación, incluso relativamente complejos. Los períodos de giro medidos en más de 400 de estos cuerpos arrojan un rango de valores que oscila entre algo más de 2 horas y varias semanas. Aunque hay excepciones, en general, los asteroides más pequeños poseen los períodos de rotación más grandes. La razón para esto parece clara: han sufrido un mayor número de impactos y, por tanto, se han fragmentado más veces, perdiendo más energía. Lo anterior no parece cumplirse tampoco durante la trepidante batalla en el campo de asteroides del sistema Hoth, donde grandes rocas giran sobre sí mismas en tan sólo unos pocos segundos y, en ocasiones, las más diminutas sobrepasan claramente en velocidad a los fragmentos más grandes. Como hasta la fecha no se ha observado jamás un asteroide con un período rotacional inferior a 2,2 horas se piensa, con bastante fundamento, que la enorme fuerza centrífuga a la que estuviese sometido acabaría por destruirlo y fragmentarlo. También cabe la posibilidad de que los asteroides de Hoth estén constituidos por materiales muy diferentes a los de los asteroides de nuestro sistema solar, mucho más resistentes.



Otro aspecto interesante a señalar es que, a pesar de los varios millones de objetos que pueblan nuestro cinturón de asteroides, muy raramente se hallan a distancias mutuas inferiores al millón de kilómetros; en promedio se localiza un solo asteroide por cada 300 billones de kilómetros cúbicos. Incluso en un cinturón de asteroides tan disperso como el nuestro, tienen lugar de vez en cuando colisiones. Éstas son infrecuentes, pues en definitiva han tenido lugar a lo largo de más de 4.000 millones de años (no hay más que ver los cráteres en las superficies de muchos de ellos). Durante las etapas iniciales de la formación del sistema solar, los asteroides eran, simplemente, algunos de los planetesimales que orbitaban el Sol. Algunos colisionaron suavemente y se fusionaron, formando cuerpos de mayor tamaño, de forma similar a como los propios planetesimales crecieron para dar lugar a los planetas. Aun así, los científicos creen que el proceso de acreción fue interrumpido por la cercana aparición de Júpiter. Su tremendo campo gravitatorio debió de perturbar las órbitas de los asteroides. Mientras muchos de ellos habían permanecido en órbitas bastante circulares, a partir de la irrupción del gigante gaseoso, se habrían visto desplazados y obligados a ocupar otras más elípticas. De esta forma, más que golpearse entre sí con suavidad y permanecer unidos, se veían forzados a colisionar violentamente a velocidades superiores a los 150.000 km/h, fragmentándose repetidamente.

Podríamos admitir que ciertas fuerzas gravitatorias similares a las anteriores están presentes y actúan en el campo de asteroides del sistema Hoth, ya que tampoco parecen haber dado lugar a planeta alguno. Ni siquiera la extremadamente alta densidad de objetos parece compatible con los cuerpos de gran tamaño que se observan en la película. Si se encontrasen tan próximos entre sí, deberían haber colisionado en múltiples ocasiones, dando lugar a un proceso de erosión mucho más acelerado que en nuestro propio cinturón de asteroides. Poseemos la evidencia de choques entre los asteroides de Hoth en los cráteres de impacto que se observan en sus superficies. Si estos colisionan a velocidades similares a las de los nuestros (y algunos de ellos parecen ser realmente rápidos, a tenor de lo que vemos a través de las ventanas del Halcón Milenario) entonces deberían haberse reducido a escombros muy rápidamente, quizá en menos de unas cuantas décadas. Para mantenerse en esa forma y con esa distribución de tamaños y formas durante miles de millones de años, los choques deberían suceder mucho más frecuentemente o, alternativamente, deberían compensarse el número de colisiones destructivas a altas velocidades con el número de colisiones "constructivas", más suaves. Al fin y al cabo, Hoth es un planeta ficticio del universo ficticio de Star Wars.



Sea como fuere, si multitud de asteroides caen con tan enorme frecuencia sobre Hoth, ¿cómo es que aún no se ha precipitado ninguno de un tamaño suficientemente grande como para haber provocado un evento de extinción global? En la Tierra impactan rocas de tamaño superior a 1,5 km con períodos de unos 300.000 años. Si en Hoth dicha frecuencia fuese mil veces mayor (tal y como ya os señalé anteriormente, en el supuesto de que no existiesen planetas gigantes protectores) los impactos podrían tener lugar cada 300 años solamente. Si el tamaño fuera suficientemente grande, podría levantar una cantidad de polvo tal que, bloqueando la luz solar, diese paso a una era glacial. ¿Acaso un fenómeno como éste es lo que sucedió en Hoth, decenas de años antes de que las tropas rebeldes decidiesen ocultar allí sus bases y por eso contemplamos un mundo congelado? ¿Qué pasaría si volviese a suceder durante su permanencia? ¿Debería mostrarse excesivamente preocupado Darth Vader por atraparlos? ¿O es que pretende salvarles la vida?


Fuente original:
The Science of Star Wars. Jeanne Cavelos. St. Martin’s Griffin. 2000.